Fotografía
Lucas Haurie

Index para una nueva inquisición

Javier Krahe, un genio venerado con toda justicia en el santoral laico, fue feliz y naturalmente absuelto por la emisión en 2004 de un vídeo grabado en 1977 (¡!), una gamberrada simpatiquísima en la que explicaba cómo cocinar un crucificado. No le habría ido tan bien en los tribunales al añorado cantautor si alguna tontiprogre lo hubiese emplumado por su celebrada «Marieta», canción –huelga decir que en clave humorística– en la que explica que, harto de sus desaires, «cuando por fin fui a degollarla... La bella, la traidora de un soponcio se me había muerto ya». El ayuntamiento de Mairena del Aljarafe (Sevilla) contrató a un músico colombiano anunciado como Maluma que triunfó con un lleno de «sold out» y puso bocabajo al auditorio con un estilo musical denominado reggaetón. Al feminismo desquiciado, qué raro, no le ha gustado y se rasga las vestiduras con el fanatismo de los ayatolás que prohibieron el rock a la juventud teheraní, que era con diferencia lo mejor de Medio Oriente, y reclaman la proscripción de ciertos artistas mediante un nuevo «index» a elaborar bajo el criterio de las supersticiones del momento: verbigracia, el mujerismo. Aplicada esta censura con el carácter retroactivo que exigen las amazonas del #metoo a través de sus monturas autóctonas, terminaría en la hoguera toda la historia de la ópera y un alto porcentaje de la de la copla. El tema estrella de Maluma, al cabo, no es más que una propuesta de «ménage à quatre» a una dama que prefiere encamarse con un rival. Es un plan atractivo y desenfadado. ¿Cabe más tolerancia? ¿Es concebible mayor igualdad? Pues al pobre lo hartan a palos. Y nadie dice nada del borrico que quería hacerse un rosario con los dientes de la amada o con el putañero de «Ojos verdes», que fornica en la mancebía y encima se va sin pagar.