Exposición
Carlos Sala

Arte como grito contra los tiempos

Cuando Nir Evron era un niño, se perdió en bicicleta a las afueras de Herzeliya, un pequeño pueblo israelí. Creía que sabría volver a casa sin problemas, así que se alejó y alejó hasta que de repente no supo dónde estaba. En una calle de casas bajas, en apariencia deshabitadas, encontró a un viejo sentado en una pequeña mecedora y pensó en acercarse para preguntarle dónde estaba y cómo podía volver a casa. Con nerviosismo, y un cierto temor, aparcó su bicicleta y fue a su encuentro. «Perdone, señor», dijo tímido, pero el hombre, con unas oscuras gafas de sol, parecía no oirle, impertérrito en su silla.

No tuvo más remedio que acercarse un poquito más. «Perdone, señor, no quiero molestarle, pero me he perdido», empezó a decir, acercándose tanto que era imposible que no le viese o al menos oyese. Hacía viento y la mecedora no dejaba de balancearse con fuerza, y sin embargo aquel hombre continuaba quieto, en silencio. Con miedo, acercó su rostro a aquel hombre, y le tocó el hombro temeroso de que estuviese muerto. Ni siquiera así respondió. El pobre niño estaba a punto de ponerse a llorar, lamentando su suerte y preguntándose si alguna vez podría volver a ver a su familia. «Lo siento», dijo, y se dispuso a volver a su bici e irse. No podía hacer nada por aquel hombre. Se suponía que era el viejo quien tenía que hacer algo por él.

Con esa idea en la cabeza, se sintió una persona miserable. Cómo que era aquel pobre viejo quien tenía que ayudarle. Eso no tenía ningún sentido. Y acto sentido volvió a su lado. «¡Ayuda, alguien me oye, socorro!», empezó a gritar. En ese momento, el viejo volvió en sí, admirado por la delicada y desesperada voz de aquel joven. «Es maravilloso», dijo y empezó a aplaudir. Nir Evron saltó de espanto, pero rápidamente se le dibujó un asonrisa en el rostro.

El arte es capaz de despertar conciencias, de hacer aparecer zonas invisibles y no sólo hacerlas visibles, sino que ya no puedas mirar a otro lado, imposibles de ignorar. Sólo se necesita una voz, u n grito, para llamar a orden todas las contradicciones del mundo y enseñar a vivir. Porque la estética es simplemente ética aplicada, o al menos eso debería ser. «¡Ayuda!», gritó de joven Nir Evron, un joven artista israelí que sigue todavía gritando.

CaixaFórum acoge ahora la exposición «Turbolències», un recorrido por una veintena de obras de su propia colección que muestra el compromiso de los artistas por identificar problemas sociales y políticos y denunciarlos a través de su talento. De esta forma, podemos ver obras de gente como Bill Viola, Equipo Crónica, Damián Ortega, Nir Evron, Harun Farocki, Anselm Kiefer, Guillermo Kuitca , Antoni Muntadas, Walter Dahn, José Damasceno, Pedro G. Romero, Thomas Hirschhorn, Paulo Nazareth, Walid Raad, Sophie Ristelhueber o Juan Ugalde.

Comisariada por Nimfa Bisbe, jefa de las colecciones de arte de La Caixa, la muestra incluye tanto pintura como instalaciones, fotografías o vídeo, todas centradas en tres ejes centrales: el conflicto bélico, la memoria histórica y las problemáticas sujetas a las fronteras. Son voces en la oscuridad cuyo eco llega hoy día más nítido y estremecedor, demostrando que el arte contemporáneo nace para despertar de la abulia.