Presentación
Bárbara López

El vinilo se revoluciona

José Antonio y su familia han tenido que adaptarse y encontrar una nueva forma de defender el formato.

Siempre habrá románticos. Por mucho que la música sea cada vez más accesible y por mucho que cada vez nos quepa más parte de nuestra biblioteca musical en bolsillos más pequeños; el vinilo resiste. A pesar de que para una mayoría sea ya un formato obsoleto, hay otros cuantos que siguen siendo devotos. Gracias a ellos, existen tiendas como la de José Antonio y María, La Gramola, en la calle Postigo de San Martín. Alberto, su hijo y encargado de atender el negocio familiar, espera en la puerta del local, vestido con una camiseta ya característica, de Led Zeppelin, y una sonrisa.

Suenan los Rolling al ritmo del ventilador que refresca el ambiente. Podría ser un viaje al pasado, pero al mismo tiempo todo sigue siendo actual. Y es que ésa es una de las magias de este formato musical. A la par que a algunos les recuerda a sus padres, a su infancia, a su juventud, otros lo descubren y caen también en sus redes. Sin embargo es evidente que su época de oro ya pasó. Hoy tiene demasiados rivales como para seguir ocupando el trono de manera indiscutible.

Como cuenta Alberto, el vinilo ha tenido que superar muchas crisis. Primero fue la llegada del CD, música mucho más compacta y fácil de llevar. Posteriormente llegó internet y la piratería, allá por el 2000. Todos parecían asumir que se trataba del principio del fin para los disqueros y su hijo primogénito. Pero el tiempo ha demostrado que no había nada más lejos de la realidad.

José Antonio, fundador del negocio, empezó vendiendo sus propios discos en un puesto del Rastro, como solución a su situación laboral. Él trabajaba en una fábrica, pero la empresa se fue a la quiebra y él, como tantos otros compañeros, quedó en el paro. Pero la música y su ingenio, le dieron la solución.

Corría el año 1980 cuando José Antonio se dio cuenta de que la música, además de gustarle, tenía tirón en el mercado, por lo que decidió poner un puesto de vinilos en el Rastro madrileño. Era una buena manera de mantener a su familia. Cuatro años más tarde pasó a abrir su propia tienda, y hasta hoy. Empezó en la década dorada de la música y le quitaban los vinilos de las manos. Pero los tiempos cambian, y con la evolución del consumo musical, él y su familia han tenido que saber adaptarse y encontrar una nueva forma de defender su formato predilecto. Muchas de sus compañeras de oficio ya no están, pero la Gramola sigue ondeando su toldo amarillo.

Alberto, férreo melómano, explica entusiasmado las estrategias de diversificación y especialización que han tenido que llevar a cabo desde su templo para seguir llenándolo de joyas musicales, y de clientes que las aprecian. En primer lugar, venden muchos vinilos de segunda mano, para que los clásicos sean asequibles para cualquier amante de la buena música, y puedan ir completando sus colecciones. Por otra parte, Alberto supo ver lo que necesitaban hacer para conquistar a los más forofos. Aquellos que ya tienen sus colecciones completas –o casi– lo que necesitan es algo que no puedan encontrar en cualquier otro sitio que no sea la Gramola. Importan vinilos inéditos, generalmente de Alemania y, a veces, de Reino Unido. Canciones de los Beatles grabadas en estudio de los que el público no habían escuchado ni el nombre. Grabaciones de conciertos más íntimos de Amy Winehouse, vinilos de colores de Pink Floyd, o versiones jamás publicadas de los mejores éxitos de Nirvana.

El eterno debate

El debate entre CD y vinilo no es nuevo. Alberto, aunque también vende el formato compacto, se posiciona claramente del lado del más antiguo de la industria. «La magia que tiene un vinilo no podrá igualarla jamás un CD». Esto es algo que también saben las grandes productoras, que desde hace poco, en consecuencia de la observación del mercado, que crece, han vuelto a editar en vinilo.

«El vinilo tiene un sonido más cálido, diferente. No está tan saturado como el CD, que parece más frío, más metálico. Cuando pongo el tocadiscos en casa, aprecio cada detalle, cada platillo, cada toque de bajo. Es más natural. Para mí, conectas más con la música en este formato», explica Alberto. «Además, tiene más arte. La portada es casi como un cuadro, las grabaciones no tienen tanta construcción previa y son más reales», añade. Esto es algo que los jóvenes también han notado. Alberto explica que su público es variopinto. Todas las generaciones tienen un grupo de aficionados al clásico elepé. Desde la Gramola han notado que en esta última década vuelve a estar de moda, y que la industria lo apoya de nuevo.

Un cliente asiduo acaba de comprar tres piezas, y acto seguido cuenta que dicho formato, para él, es el rey indicutible. «Es poner la aguja sobre el vinilo y sentir que tu artista favorito está en el salón de tu casa. La voz está escrita en cada surco del disco. Es mágico, es puro. Sin embargo, el CD para mí no tiene sabor. Es como una tortilla sin sal».

La década de los 70 es la más codiciada, y como sus artistas, el vinilo tiene la capacidad de encantar a un gran público que, a pesar del paso de las generaciones, no deja de existir.