Arte, Cultura y Espectáculos
Lucas Haurie

Todo el mapamundi de Nápoles

Quiera uno o no, hablar con la camaradería ahora llega a convertirse en una aproximación atinada de un mapamundi genuinamente veraniego. Unos vienen y otros van de forma secuencial, haciendo de los meses hasta el septembrino una especie de globo terráqueo con escalas sucesivas. Y normalmente, verano tras verano, no falta la visita de algún dilecto a la preciada aspereza de Nápoles. Todo recorrido por la ciudad del Vesubio desemboca de un modo u otro en las ruinas de Pompeya y Herculano, las dos urbes romanas mejor conservadas gracias a la protección de la eterna ceniza. El interés del hombre por estos dos yacimientos partenopeos, muestras «in vivo» de la cotidianidad de la civilización antigua y construye el armazón de un periodo de la humanidad, el Neoclasicismo. No hubiera existido el Siglo de las Luces sin la aportación ejemplar de estas excavaciones, en obras desde el primer tercio del siglo XVIII. Voltaire, Rousseau o Montesquieu conocieron antes que las periferias de sus pueblos Nápoles, el íntegro proyecto enciclopédico en una ciudad. Dos milenios después, los restos de las tabernas, las casas y los lupanares siguen ahí para contarle al turista presto al estímulo que lo allí yacente es sobre todo un monumento a la Razón, por mucho falo volante que pueda descubrir el listo de la clase. Y la relevancia de estos proyectos humanísticos llevan una firma apenas reseñada. Carlos III, cuando aún era rey de las Dos Sicilias, difundió a Europa mediante su proyecto arqueológico la Antigüedad clásica, de cuyos principios afloró la Ilustración y, con ella, el comienzo de una historia de la que aún bebe el siglo XXI. Es el buen rato que hacen pasar los relatos viajeros de los amigos.