Elecciones
La Razón

El «oasis sueco» se tambalea

Suecia va a experimentar el mismo terremoto político que ha sacudido a sus más inmediatos vecinos: la consolidación de un partido de extrema derecha populista, los Demócratas Suecos (SD), que pueden tener la llave del próximo Gobierno. Los resultados electorales de ayer, de acuerdo al sondeo a pie de urna de la televisión pública, confirman que el SD se ha convertido en la segunda fuerza del país, con un 19,2 por ciento de los votos, por detrás del partido socialdemócrata que, con un 26,2 por ciento de los sufragios, ha obtenido los peores resultados de su, por otra parte, hegemónica historia. Si se le suma el mal comportamiento de sus compañeros de coalición –los antiguos comunistas y los verdes–, que el llamado «bloque de izquierdas» se mantenga en el poder va a depender de que sus tradicionales adversarios del «bloque de derechas» se avengan a mantener el cordón sanitario sobre la extrema derecha, lo que cada vez parece más problemático. En efecto, el líder conservador, Ulf Kristrasson, consciente de que el discurso populista y xenófobo del SD estaba calando con éxito también entre sus votantes tradicionales y no sólo entre los sectores obreros, había endurecido sus posturas sobre la inmigración, reconociendo abiertamente que el país tenía un serio problema de integración y prometiendo medidas que hace unos años hubieran parecido racistas a la mayoría de los ciudadanos, como la obligatoriedad de que los inmigrantes y asilados aprendieran el idioma sueco y se comprometieran a respetar el modo de vida de sus anfitriones. En Suecia, como en otros países del norte rico de Europa, el miedo provocado por la crisis migratoria de 2015, cuando a instancias de Alemania se abrieron las fronteras a centenares de miles de refugiados sirios, iraquíes y afganos, ha sido el calvo de cultivo para el robustecimiento de los partidos de extrema derecha, que no han dudado en servirse de la pulsión nacionalista latente en unas sociedades donde el concepto del Estado se asociaba al de una cultura compartida. Si en España, la crisis económica propició el surgimiento de un populismo de extrema izquierda, que profetizó el apocalipsis sobre un cuerpo social asustado y golpeado por el desempleo y la caída del nivel de vida, en Suecia, cuya economía se mantiene en sus registros habituales, pese a los primeros síntomas de desindustrialización, ha sido la exacerbación de la cuestión migratoria la que ha marcado el discurso populista. Frente a esta estrategia, la misma que les había funcionado en Dinamarca, Noruega, Finlandia y Alemania, la socialdemocracia sólo ha sabido reaccionar negando la existencia del problema, acusando de xenófobos a muchos ciudadanos que asistían preocupados a la consolidación de las llamadas «Utenforskap» –áreas excluidas»– y cuyos periódicos y emisoras de televisión ocultaban cuidadosamente las noticias más negativas que atenían a los inmigrantes, favoreciendo la extensión por las redes sociales de las «fake news», que exageraban unos casos delictivos ni más graves ni más numerosos que los que pueden ocurrir en el conjunto del país. De nuevo, es el votante de menores recursos, el que tiene que disputar los beneficios sociales con los recién llegados, quien ha desertado de su tradicional voto a la izquierda para pasarse al SD, en un fenómeno que comenzó en Francia con Le Pen. Con una diferencia, que el sistema sueco no tiene una doble vuelta que sirva de valladar a la extrema derecha. En Suecia, como en casi toda Europa, la socialdemocracia, en su autocomplacencia, ha vuelto a sufrir las consecuencias de su falta de adecuación al nuevo siglo.