Papa
Álvaro de Juana

Un insolente primer ministro

El primer ministro irlandés pareció echarle en cara al Pontífice no adecuarse a cierto pensamiento imperante en algunos países y sociedades como la irlandesa

Llamativo fue el discurso del primer ministro irlandés, Leo Varadkar, en el Castillo de Dublín antes de que el Papa interviniera en el acto con las autoridades del país. Unas palabras en las que parecía estar echándole en cara al Pontífice no adecuarse a cierto pensamiento imperante en algunos países y sociedades como la irlandesa.

Así, el primer jefe de Gobierno abiertamente gay, manifestó que «ha llegado el momento» de «construir una nueva relación entre Iglesia y Estado» en Irlanda, algo así como un «nuevo pacto para el siglo XXI» ya que la religión «tendrá todavía un papel importante» aunque «ya no está en el centro de nuestra sociedad».

El político le explicó al Papa que Irlanda ha cambiado mucho desde que Juan Pablo II visitara el país hace 39 años. Una nación que ahora presume de «igualdad ante la ley, justicia social, diversidad y aperturismo», según Varadkar.

«Hemos votado en nuestro Parlamento y por referéndum para modernizar nuestras leyes, al entender que los matrimonios no siempre funcionan, que las mujeres deben tomar sus propias decisiones y que las familias tienen muchas formas, como las compuestas por personas del mismo sexo», dijo ante el Papa.

Varadkar también mencionó los abusos sexuales, la adopción ilegal de menores y otros escándalos que tocaron de lleno a la Iglesia del país y le pidió emprender acciones urgentes para que no se repitan. «Santo Padre, le pido que use su influencia y posición para asegurarse de que eso se hará aquí en Irlanda y en el resto del mundo». «Sobre todo, Santo Padre, le pido que escuche a las víctimas».

Pero el mandatario irlandés también entonó el mea culpa y lamentó que, al igual que la Iglesia, «el Estado y la sociedad en general fracasaron».

Por otro lado, expresó su agradecimiento porque «la Iglesia católica siempre nos ha ayudado a comprender que somos ciudadanos de un mundo mayor y parte de una familia global y universal. Nuestros valientes misioneros –sacerdotes y monjas– han proporcionado educación a muchas personas en todo el mundo». «Hoy nuestros ''cascos azules'' y cooperantes siguen esa orgullosa tradición», explicó.

«Personas de profunda fe cristiana también dieron educación a nuestros hijos cuando nuestro Gobierno no lo hacía. También son los responsables de la financiación de nuestro más antiguo hospital y daban ayudas a mucha gente», reconoció.