Cambios climáticos
Javier Ors

Australia se seca

El fotógrafo David Gray, de Reuters, ha tomado unas instantáneas aéreas del estado de New South Wales, en Australia, para demostrar que cerrar los ojos nunca ha servido para nada y menos para detener el avance de la sequía

El cambio climático es la desertización de la tierra, o sea, volver yermo lo que hasta hace poco era fértil (y productivo), mientras que los océanos van tornándose en una especie de marea caliente. La cosa es que después hay peña por ahí quejándose de la abundancia de medusas en las playas y de que sobrevengan migraciones desde el Sáhara. En su trato con la naturaleza se ve que el hombre no es más que un parvenu, alguien que trata su entorno con la arrogancia de los niños malcriados. Yuval Noah Harari ya advertía en «Sapiens» del impacto que tuvo para las demás especies, animales y vegetales, la difusión de nuestros ancestros por los diversos territorios que colonizaba, lo que anticipaba ya el tipo de mamífero que somos, que preferimos salvaguardar los intereses personales sobre los generales.

Ahora que Trump ha vuelto a poner de moda una política de negación de evidencias, el fotógrafo David Gray, de Reuters, ha tomado unas instantáneas aéreas del estado de New South Wales, en Australia, para demostrar que cerrar los ojos nunca ha servido para nada y menos para detener el avance de la sequía. Lo terrorífico, muchas veces, viene envuelto en una multitud de estéticas para disimular la realidad. El trabajo documental del reportero gráfico arrastra ese gusto artístico, pero que apenas eclipsa la dimensión real de lo que retrata, que es un conjunto de eriales donde antes abundaba el agua, el ganado y las cosechas. Detrás de las estampas publicitarias de las agencias de viaje, que venden un paraíso en el continente australiano, ya se sabe, un mundo de playas y koalas, se entreven ya las huellas de una civilización más preocupada por los réditos bursátiles y rentabilidades de la bolsa que por los problemas inmediatos.

Se ve que siempre priorizamos urgencias innecesarias y aplazamos las reales, que son denostadas con la pereza y la frivolidad propia de los necios.