Ciencia
Jorge Alcalde

Cuando el corazón decide antes que el cerebro

Tomamos mejores decisiones con la intuición que con la razón. Un estudio científico demuestra que las elecciones impulsivas alcanzan un mayor índice de satisfacción, están más acordes a los valores de la persona y conjugan más con lo que ésta considera más importante

En español decimos que algo nos «da en la nariz» o nos lo «dicta el corazón» cuando tomamos una decisión intuitiva, no sujeta necesariamente a los protocolos de la razón. En los países de habla inglesa dicen que la elección se ha tomado «con las tripas». Es curioso que acudamos a órganos y vísceras para definir una parte tan importante de nuestro comportamiento como la intuición. De hecho, las acciones provocadas por el pensamiento meramente instintivo y poco meditado son «viscerales». Es como si hubiera en nuestra personalidad una permanente batalla entre el cerebro y el resto de órganos blandos del cuerpo.

La intuición ha sido objeto de estudio científico desde hace mucho tiempo. ¿Qué es lo que nos mueve a tomar una decisión, a tomar partido por una causa, a juzgar a una persona o elegir un plato del menú cuando no tenemos suficientes datos racionales sobre el objeto de decisión? ¿Qué porcentaje de nuestras decisiones banales o vitales son tomadas desde «las tripas»? ¿Hay un lugar del cerebro que regule estos pensamientos?

En su empeño por entender este fenómeno, la ciencia cuenta desde ayer con un nuevo estudio publicado en la revista «Emotion» y elaborado por un grupo de científicos de la Universidad de Washington. Los autores han realizado una serie de cuatro experimentos en los que estuvieron implicados 450 participantes entre los que había estudiantes universitarios y profesores. En cada uno de esas pruebas, los voluntarios debían elegir entre un grupo de objetos similares (distintos discos, ropa, apartamentos para vivir o restaurantes). A unos se les pidió que hicieran la elección de manera automática e intuitiva y a otros de forma más deliberada. Después llevaron a cabo tests de personalidad que trataron de evaluar el grado de satisfacción de cada individuo con la decisión que habían tomado. Según todas las mediciones, los participantes que se decantaron por uno de ellos sin pensar tuvieron un mayor índice de satisfacción. Además, se sintieron mas seguros de su elección y la defendieron con más vehemencia.

Una de las tareas fue compartir con el resto del grupo las decisiones tomadas y debatir para tratar de convencer al resto. Los «intuitivos» fueron más habilidosos y persuasivos que los «racionales».

Así, los autores del experimento han recalcado dos conclusiones que les sorprendieron. La primera es que las personas consultadas tendían a preferir tomar su decisión mediante impulsos, algo que contradice la creencia generalizada de que la intuición es un mal método para elegir y que lo más recomendable es basarse en la razón. La segunda sorpresa fue observar que el uso de la intuición no solo cambia el pensamiento, sino también la actitud. Los «intuitivos» fueron más combativos en la defensa de sus ideas.

El trabajo se centra en una de las áreas más fértiles de la psicología moderna: la toma de decisiones. Cuando la tomamos en realidad estamos tomando dos: la más evidente es qué elegimos, pero antes que eso debemos escoger de manera inconsciente «cómo» lo elegimos (con el cerebro o con el corazón). Este estudio demuestra que cuando tomamos una decisión impulsiva tendemos a pensar que está más acorde con nuestros valores y con lo que es importante para nosotros.

El problema es que algunas de estas decisiones necesitan el contraste de ideas. Por ejemplo, determinar a quién votamos. Se ha demostrado que cuando la tendencia de voto es más emocional se vuelve más inflexible. Por eso, la mayoría de políticos apelan a la emoción. Un voto elegido tras un análisis racional de los programas y un estudio pormenorizado de las opciones termina siendo más frágil. El votante racional es más proclive a que las razones de otro le convenzan, mientras que el visceral suele ser más inamovible.

El estudio que se ha presentado ahora tiene grandes aplicaciones en el área de la psicología de la decisión, un área que ha arrojado interesantes resultados recientemente. Por ejemplo, el problema de la base neurológica de la intuición.

La mayoría hemos experimentado esa vaga sensación de que sabemos algo sin recordar realmente cómo lo hemos aprendido. Esa experiencia de haber previsto la llegada de un acontecimiento, la reacción de un vecino, el éxito o fracaso de una empresa. Es como si hubiéramos obtenido de manera inconsciente información útil del entorno y la hubiéramos rescatado en el momento oportuno para tomar una buena decisión.

Los neurólogos han descubierto que esta habilidad reside en un complejo método de organización de la memoria y tiene sus bases en la biología neuronal. Habitualmente gozamos de dos tipos de memoria. Se conoce como memoria implícita aquella que grabamos de manera no siempre consciente a partir de la experiencia cotidiana y que forja nuestro bagaje para afrontar los retos del día a día. Nadie recuerda cuándo aprendió, por ejemplo, que meter el dedo en la llama de la vela es peligroso. Pero a nadie se le olvida (siempre que no sufra algún grave trastorno). La memoria explícita es aquella que se hace consciente y puede ser expresada (aprenderse la lista de los reyes Godos es, por ejemplo, bastante explícito e inútil).

Pero, como ocurre con todo en la naturaleza, estos dos tipos de memoria no existen de manera aislada. Ambas forman parte de nuestro equipaje cognitivo y colaboran en la fabricación de recuerdos y del comportamiento. Durante años, los neurólogos se han preguntado en qué grado la memoria implícita está presente en facultades superiores de la mente como la toma de decisiones o la solución de problemas. Ahora lo saben porque han utilizado tecnologías como el electroencefalograma para estudiar cómo se comporta el cerebro. Gracias a ello, se ha podido registrar que utiliza áreas distintas para recuperar información guardada en las «dos memorias». Es decir, que existen neuronas especializadas en el rescate de recuerdos inconscientes. Pero tanto unas como otras se ponen en marcha cuando acudimos a la experiencia para resolver problemas. La diferencia surge cuando tratamos de solventar situaciones de manera reposada y objetiva o acudimos a la imaginación, la intuición o el azar.

La mente está biológicamente preparada para activar circuitos neurológicos distintos a la hora de intuir. Y, si esto es así, no resulta extraño que existan personas que gocen de una mayor capacidad física de intuición que otras. Nada paranormal, nada del otro mundo, simplemente gente cuyo cerebro intuitivo está mejor dotado. Suelen ser las tienen «mejor olfato» para la toma de decisiones.

Lo que dice el cerebro

Según la Asociación Educar, la capacidad de decidir se localiza en la corteza cerebral, un área del órgano en el que se aloja el pensamiento que nos ajusta al medio. Se desarrolla de forma tardía, tanto que no se alcanza la madurez hasta la tercera década de vida. Es entonces cuando la persona logra postergar la gratificación. La corteza prefrontal es responsable de la libertad y de la creatividad. En muchas ocasiones, la primera enemiga a sortear a la hora de elegir es la propia mente porque la mayoría de los comportamientos son inconscientes. Estas conductas casi automáticas se conocen como rutinas «heurísticas» y tienen como finalidad ayudar a la persona en las elecciones cotidianas. En otras palabras, son procesos internos que automatizan elecciones y permiten elegir alternativas de manera expeditiva y económica en términos de consumo de energía.

Lo que dice el corazón

Y decimos corazón porque es donde localizamos de forma habitual la intuición. Incluso los pensadores más célebres de la corriente racionalista le conceden un papel relevante en la toma de decisiones. Para ello, es especialmente importante escuchar sus latidos. Sí, físicamente: este músculo responde de una forma concreta antes de tomar un camino u otro, latiendo de forma específica, según explica un estudio realizado por la Universidad de Cambridge. Es decir, aparentemente, el corazón sabe antes que el cerebro cuál va a ser la consecuencia de una determinada elección y, por tanto, trata de ayudar a la persona a salir airosa. Por eso, envía al cerebro la información percibida y le invita a decantarse hacia el lado correcto, siempre y cuando uno aprenda a escucharlo y a procesar esos mensajes de forma correcta.