Refugiados
Rafael Fernández

Malvivir como refugiado

Pese a la presión migratoria que padece Europa, nuestro continente no es –ni de lejos– el que más campamentos de refugiados alberga ni el que padece las mayores avalanchas de ilegales

Lo provisional se ha convertido en un modo de vida... durante decenas de años. Sin salida ni solución. Los llamados campos de refugiados no pretendían
–cuando se organizaron, y antes de que se desbordaran– ser una respuesta a largo plazo. Al contrario, la atención que en ellos se presta es de carácter provisional, es decir, hasta que las condiciones sean propicias para que los refugiados puedan volver a sus países de origen y residencia en condiciones dignas. Sin embargo, ese momento se dilata y se retrasa en muchos casos durante decenas de años. La realidad es que en un único campo pueden llegar a vivir cientos de miles de personas. Algo que sucede en África y Oriente Medio. Una situación que lleva camino de extenderse a ciertos países de Europa, donde la presión migratoria de los últimos años ha provocado el hacinamiento en países del Mediterráneo o los Balcanes.

Normalmente son construidos y administrados por organizaciones internacionales como Naciones Unidas o por organizaciones no gubernamentales –ONG– tales como la Cruz Roja u otras organizaciones. Esta situación, que debería ser provisional se acaba estancando. Algunos campamentos de refugiados son sucios y antihigiénicos. Si los refugiados no pueden regresar (a menudo por una guerra civil) puede ocurrir una crisis humanitaria. Eso es lo que estamos viviendo en nuestros días. Frente a estas situaciones enquistadas, de impás, los organismos humanitarios gestionan diversas alternativas como el reasentamiento en un tercer país o la integración de las personas en el país de acogida. En ocasiones excepcionales se gestionan solicitudes de asilo, siempre que los países tengan desarrollados procedimientos y se pueda garantizar el estudio individual de cada caso.

Estas respuestas son las que se dan en naciones europeas, no así en países de Oriente Medio, Asia o África, incapaces de aceptar a esas poblaciones migrantes ya sea por falta de recursos económicos o por el rechazo de sus poblaciones. Esta negativa la estamos viendo también en Europa, donde sus habitantes –especialmente los del norte– han visto incrementar sustancialmente el rechazo a estos inmigrantes políticos o económicos y donde se exige una solución en origen.