Ferias taurinas
Patricia Navarro

Torneo de «mansodontes» inservibles

Decepcionante presentación de El Parralejo como corrida en las Corridas Generales de Bilbao

Hay diez minutos que lo cambian todo. Esos diez minutos de vivir para contarlos. En silencio. Del murmullo, el ruido al silencio sepulcral, las miradas. El miedo. Ajeno y casi propio por contagio. El que se vive en el patio de caballos. El de Bilbao. Sabiendo que espera el toro de esta plaza y una multitud alrededor de los toreros, que van abandonando el barco mientras el reloj descuenta los minutos, penetrantes. Hace calor de pronto. Sofoca. Aunque hiele. Aunque llueva. Es el sopor que va por dentro. Es otra cosa. Según avanza el tiempo se toman posiciones. Los caballos de los alguacilillos, los picadores detrás. El túnel, que es lo más parecido al túnel del tiempo y delante, justo delante del portón, los toreros. Unos y otros se empiezan a liar el capote de paseo, que es todo un arte. Miradas que no ven. Resoplan. Se mira para dentro. Visitas que molestan, porque todo el que no pase por el mismo trago es un elemento sospechoso, ajeno, un intruso de una intimidad inquietante. Ya no hay saludos ni manos que se dan. El miedo es uno, pero no se comparte ni se habla. Está en todos. Las manos temblorosas y algún que otro corazón que se podría salir. Que se piensa que no va a aguantar. El clarín es el cuchillo en la barriga. Se rompe el misterio porque ha llegado la hora de la verdad. De aquel murmullo solo los de oro, plata y azabache y los monosabios. Ese grupo de hombres dispuestos a desafiarse. Esos hombres capaces de asumir un destino incierto en el aquí y el ahora... Es la sexta de las Corridas Generales, que ya sólo por la nomenclatura intriga, aunque luego la desidia se lleve por delante la primera parte de la corrida. Como si fuera el tercer acto de este naufragio maldito. Cuando salió el cuarto, descomunal de pitones, un infierno de cabeza, en serio, e incapaz el de El Parralejo, que se presentaba en esta plaza como corrida, de usar (la cabeza) para entregarla en la embestida. Aquello fue una cosa loca, alocada, que deambulaba por allí cual dinosaurio, pero con dos puñales asesinos. Y entonces entendí de pronto las palabras de Pepe Cutiño de que ese cuarto y quinto eran los dos toros más grandes de la temporada. Antonio Ferrera tenía un marrón antológico, que por suerte salvó porque el toro no tuvo fuerza y porque al torero no le llega el agua al cuello. Le hizo faena, como había hecho a su primero, con un punto más de brío visto lo visto. Ni entregándose ese cuarto habría cabido el toreo en la muleta.

Perera lo intentó con un segundo tan noble como falto de fondo y tuvo un trago con el quinto, con una cara de demonio que no usó para humillar ni entregarse. Una trampa mortal tenía el toro en los pitones. Abrevió Miguel Ángel y la gente no lo entendió. Claro que hay muchas cosas que no se entienden este año en Bilbao.

Noble y sin fondo fue el tercero y descastado el sexto. Poco a la vuelta de la voluntad de Ginés, de la responsabilidad de vestirse de torero en Bilbao y matar un corridón de toros. Algo que se convirtió, y ya no recuerdo el momento, en un torneo de “mansodontes” inservibles.

Bilbao. Sexta de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de El Parralejo, enormes de presentación; algunos descomunales. 1º, repetidor, noble y de corta arrancada; 2º, noble, pero soso y sin clase; 3º, noble y sin fondo; 4º, flojo y deslucido; 5º, sin entrega y derrotón; 6º, descastado. Menos de media entrada.

Antonio Ferrera, de azul marino y oro, estocada caída (silencio); pinchazo, aviso, estocada (saludos).

Miguel Ángel Perera, de tabaco y oro, estocada corta caída, seis descabellos, aviso (silencio); dos pinchazos, estocada corta (silencio)

Ginés Marín, de azul pavo y oro, estocada, descabello (silencio); estocada (silencio).