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Maica Rivera

Río de Janeiro: así es Río

Podría afirmarse que mar, montaña, ríos y lagunas se unieron para crear una de las urbes más hermosas de América.

Podría afirmarse que mar, montaña, ríos y lagunas se unieron para crear una de las urbes más hermosas de América: Río de Janeiro.

Bañada exclusivamente por el océano Atlántico, Río es la mayor ciudad costera de Brasil. Considerada ciudad global, es mundialmente conocida por la estatua del Cristo Redentor, las playas de Copacabana y la celebración de sus carnavales, entre otros iconos.

La Cidade Maravilhosa, como también es llamada, se asienta sobre un terreno llano, rodeada de montañas, colinas y corrientes oceánicas. Al contemplarla desde la altura, parece como si la construcción humana hubiera sido abrazada por la naturaleza y, entre ambas, hubieran alcanzado la armonía necesaria para convivir en el planeta.

La geografía de Río de Janeiro es inconfundible

Con su majestuoso paisaje, Río recuerda que es la única ciudad del orbe que tiene una selva dentro de sí misma: el Parque Nacional de Tijuca, cien kilómetros de selva urbana que constituyen el parque urbano más grande del mundo. De él los cariocas afirman que mientras se pasea “se puede escuchar crecer las plantas”.

Otro de los distintivos visuales de Río es Copacabana. La imagen de su playa en forma de media luna –apodada Princesita del Mar– sorprende no solo por su belleza y grandes olas, sino por su impresionante acera de mosaico ondulado blanco y negro.

Por otro lado, el paisaje se caracteriza en la noche por la aparición de pequeñas “estrellas” incrustadas en las laderas de las montañas. Son las luces de la favelas. Miles de viviendas iluminadas que, alejadas de los grandes focos de luz de la urbe, forman una visión singular y única.

Para contemplar Río de Janeiro dos lugares ofrecen unas panorámicas inolvidables: el mirador del morro del Pan de Azúcar y el del Cristo Redentor. Desde sus altitudes se aprecia que Río es inconfundible.

La ciudad de las dos caras

Según las estadísticas, Río es una de las ciudades más costosas del orbe. Lo cierto es que es un lugar de contrastes: lujosos hoteles, imponentes museos, grandiosos estadios... en contraposición con chabolas o calles que muestran extrema pobreza. Quizás sea debido a que la urbe es tan inmensa, todo tiene cabida en ella. Es como si Río mostrara una representación de la variedad que puebla el mundo.

La historia de Río de Janeiro narra paralelamente la de Brasil, su colonización, el momento en que proclamó su independencia y el de la actual república. Durante cada una de esas etapas, Río fue nombrada capital del Reino de Portugal, capital del Imperio de Brasil, e incluso capital de la república hasta 1960, año en que se designó Brasilia en su lugar. Actualmente, Rio de Janeiro es capital de su estado homónimo, que junto con veinticinco estados más y el Distrito Federal conforman el país.

Pero para conocer Río, más que una clase de historia lo que es imprescindible es adentrarse en sus calles sin certezas aprendidas. Hay que “leer” la ciudad recorriendo algunos de sus ciento sesenta barrios que muestran sus dos caras.

Así es Río

Camino pisando el mosaico blanco y negro fascinada con las ondas que forma, pues el sonido de las olas de Copacabana parece que confiere movimiento a las irregulares piedras. En la entrada de cada chiringuito se oferta el agua de coco tan característica de las playas de Río. Cada atardecer me siento en uno de ellos para frente al océano repasar lo que he conocido en el día.

Copacabana es el lado de lo caro y exclusivo: hoteles cuyo precio por segundo supera al de muchas ciudades del mundo, restaurantes de diseño en los que comer es casi prohibitivo... Pero he aprendido que en las calles paralelas, “escondidos”, existen pequeños sitios de comida para los nativos... Así es Río. Todo “convive”, y solo “ves” si así lo has decidido.

Sumergida en los recuerdos de mis últimas visitas a las favelas, al barrio de Santa Teresa, al teleférico del morro del Pan de Azúcar, al monte Concordado, al jardín Botánico..., inmersa en todo ello pierdo la noción del tiempo, pues la ciudad de Río va conquistando cada uno de mis segundos sin ceder ni un minuto.

Mis pies acarician la arena dorada que bajo la luz de la luna se torna blanca... La siento helada, ávida del sol de la mañana.

Sin poder evitarlo, imagino la imagen de esta gran playa en la celebración de fin de año. Dicen que el calor es tan sofocante que todos se acaban bañando. Así es Río. Cálidos veranos e inviernos tibios.

Me estremezco con la brisa del océano percibiendo que aquí, en Río, las “dos caras” he conocido, pero no solo de la ciudad, sino de la vida en general, pues así es Río, abre los ojos al interior de uno mismo y ya nada vuelve a ser lo mismo.