Atascado en el Pizjuán

Nuevo tropiezo del Sevilla. El Athletic se adelantó al cuarto de hora y se marcó el gol en propia puerta que permitió sumar a un equipo local negado en ataque

El delantero Oliver Torres (d), del Sevilla FC, lucha con Ander Capal, del Athletic Club de Bilbao, durante el partido
El delantero Oliver Torres (d), del Sevilla FC, lucha con Ander Capal, del Athletic Club de Bilbao, durante el partidoRaúl Caro CadenasEFE

Los 35 puntos que luce el Sevilla al término de la primera vuelta, proyección a unos fabulosos 70, son un árbol enorme, sí, pero no deben esconder el bosque de los problemas todavía mayores que tiene un equipo que, en casa, produce poco y no marca casi nada. Obligado a una excelencia defensiva que no siempre se alcanza, portería permanentemente a cero, vive un infierno cada vez que encaja un gol. Se puede ser optimista con semejante puntuación pero queda prohibida la euforia a no ser que Monchi se arremangue, fiche... y acierte.

Lo peor que podía pasarle a Julen Lopetegui y a las dificultades de su equipo para marcar era que el incómodo huésped, el equipo menos goleado de la Liga, se pusiese por delante. Fue cosa hecha al cuarto de hora, en una jugada que llegó, para colmo, por el hueco que había dejado su invento. Con Reguilón sancionado, el técnico decidió no usar a Escudero, su recambio natural, para poner a Koundé, un central que es diestro cerrado, como lateral izquierdo. El francés se movía por la zona como un pulpo en una gasolinera y dejó botar un balón de forma negligente. Capa se adelantó y largó un punterazo afortunado que entró tras pasar entre las piernas de Diego Carlos.

Quedaba media hora para el descanso que se desgranó en un festival, legítimo, de triquiñuelas de un Athletic que presentó a once tíos de barba cerrada dispuestos a no conceder ni una ocasión. Hasta el descanso, sólo despertó la grada con un intento de córner directo de Banega que repelió el larguero. Con Munir en punta en el sitio de De Jong, aquello fue un frustrante ejercicio de impotencia.

Visto lo cual, debió pensar el estratega guipuzcoano, lo mejor era recurrir al tallo holandés, que salió en el descanso junto a Escudero para infundirle al Sevilla el brío perdido durante las vacaciones. En el primer balón aéreo dividido, desvió De Jong hacia Munir, cuyo tiro superó la salida de Unai Simón pero no el salvamento de Yeray, que la sacó de la raya.

La nueva amenaza en la banda izquierda, cegada toda la primera mitad, provocó que los bilbaínos no pudieran poner toda su atención en la derecha, y por ahí llegó el empate. Lo debería haber marcado De Jong, que marró, portero caído y desde dentro del área chica, una asistencia de Navas. Lo marcó, sin querer, Unai Núñez al desviar un centro de Ocampos. Menos mal que se interpuso el zaguero, ya que detrás estaba De Jong dispuesto a... fallar de nuevo.

Los de verde, horrenda la equipación, amenazaron enseguida con un tiro de Dani García que rozó el larguero, pese a lo que quedaba bastante claro que Gaizka Garitano lo fiaría todo a la defensa hasta el final. Una zaga de cinco «txikarrones» firmes como robles, con los que uno iría tranquilo a pasear por el monte. No pasaron apenas apuros en todo el tramo final, excepto en un balón parado que cazó Diego Carlos en una estrategia y pudo armar un disparo que se marchó desviado por muy poco.

El resumen del encuentro es que el Athletic se acercó dos veces y se llevó un punto, lo que habla muy mal de la capacidad ofensiva de un Sevilla que volverá a la Liga dentro de dos semanas. En el Bernabéu y sin el sancionado Ocampos.