Andalucía

Pelando la naranja

Salir al campo viene bien para las atontadas mentes ciudadanas, no se trata del fin de semana a una «casita rural» donde ver desde la ventana la evidencia de la vida real. Sí, hay árboles, vacas, guarros y señores que dan los buenos días al cruzar la plaza camino de la tasca. Como la pantalla del móvil y la prisa no dejan ver la realidad, entre pepinos y tomates pensamos que hay una fábrica llamada «campo» de la que sale todo lo que nos metemos entre pecho y espalda. Pero no es así, claro, y cuando eso que se llama mundo rural se pone farruco porque no le salen las cuentas nos enteramos, como críos pequeños, que la leche sale de unos animales con manchas y cuernos, no de la cajita del frigo. Llenamos la cesta de la compra sin percatarnos de que el resto de Europa lo hace diez veces más caro y mientras nos tomamos la naranja pensamos en lo malos que son los supermercados. Si no volvemos al campo, éste nos llevará a su realidad de tractoradas y cencerros en autovías que rellenan titulares de informativos. Buscamos en Bruselas que nos salven la tostada con más dinero, con más ayudas, con más subvenciones. La medicina es la misma, pero el enfermo se muere desde hace 40 años. Si queremos pensar en europeo, los expertos indican que la unidad en la producción es la clave para hacer fuerza para negociar el coste de comerse la yerba fresca, pero ahí tocamos con el individualismo español, con la envida del vecino, no nos soportarnos lo suficiente como para hacer de nuestra necesidad fortaleza. Mientras exista la polarización actual, el músculo será débil, el campo entrará aún más en estado de «shock» y la culpa será de los políticos.