Literatura

Historia de una librería

El Congreso de Librerías ha reunido en Málaga a más de 300 profesionales para reflexionar sobre el futuro de sus negocios y las plataformas digitales

Belén Rubiano
Belén Rubiano

En Rialto 11, editada por el sello Libros del Asteroide, se narra el feliz nacimiento de una librería en la esquina de la plaza Jerónimo de Córdoba –conocida también en Sevilla como Plaza de Rialto– gracias al empuje, ilusión y ciertas dosis de inconsciencia de Belén Rubiano, feliz librera de este pequeño establecimiento, elegante y atestado de anaqueles de libros que durante un puñado de años conocí de camino a la Facultad de Periodismo en Gonzalo de Bilbao de Sevilla, facultad en la que ya no estudiaba pero por la que seguían pululando grandes amigos y peores profesores, tal fue el nivel de los docentes que recuerdo. Rialto 11 fue, además, esa esquina en la que cada mañana la librera colgaba en su puerta una pizarrita en la que escribía una cita que, los que frecuentamos esa zona, seguimos echando de menos años después. Hoy la única pizarra que hay en esa esquina es la que sirven debajo de un trozo de carne anodino.

La aventura de la Librería Rialto duró tan sólo cinco años y su dueña, que antes de embarcarse en este negocio se fajó como librera en la cadena Beta, se vio abocada a cerrar sus puertas en 2002. Aquel lustro al otro lado del mostrador fue tiempo suficiente para conocer la amplitud del género humano a partir de los propios clientes que cruzaban el umbral de su establecimiento: señoras de largos apellidos con gusto por lo ajeno –la cleptomanía librera tiene pedigrí–, atracadores de medio pelo, personajes aburridos, gente solitaria, amantes de Jane Austen, adictos a gastar sus ahorros en libros y más libros… También su faceta como prescriptora en sus incursiones en los medios de comunicación o el evento que organizó con Enrique Vila Matas nos hacen ver a una mujer que disfrutó, sin lugar a dudas, de su oficio de librera, en un tiempo, no olvidemos, en que las librerías eran eso: catedrales del libro para su venta y prescripción y no supermercados de libretitas y tacitas de Mr. Wonderful, de cachivaches para el escritorio de adolescentes mimados o ese abominable subgénero que es el no-lugar que son las librerías donde siempre hay unos sofás de cuero y gente con pinta de moderna que dice que ha quedado para una meeting o un skype mientras se toman una tarta de zanahoria o un cupcake con forma de unicornio y un roiboos con canela (¡puag!). Modas estas importadadas de las capitales del gafapasteo que son el Madrid malasañero y la Barcelona de Gracia. En Sevilla ya hay locales de este corte, lamentablemente. Rialto 11, escrito con grandes dosis de humor, ingenio, sarcasmo, ternura y nostalgia, -pero no esa nostalgia que paraliza cualquier decisión futura sino esa forma de nostalgia que permite celebrar lo vivido de nuevo sin atisbo de tristeza, se ha convertido desde su publicación hace ahora un año en un título de cabecera para los amantes de la letra escrita en general y para los libreros de vocación en particular. Quizás algunos se acerquen a esta obra para encontrar respuestas, aliento o simplemente para añorar el tiempo en que las librerías eran como las que imaginamos cuando leemos a Rubiano.

Esta misma semana se ha celebrado en Málaga el Congreso de Librerías, organizado por el gremio de libreros independientes, una cita que, leo en los periódicos, ha logrado reunir a más de 300 profesionales del sector de toda España. A grandes rasgos, los temas han ido encaminados más que a una reflexión sobre la situación presente a sentar las bases de una lucha colectiva futura: cómo hacer frente a la flojera del lector que prefiere comprar a golpe de click en lugar de entretenerse en una librería, cómo fomentar la lectura en un país poco lector o cómo crear comunidad en una sociedad abocada al individualismo. Cómo contribuir, en definitiva, a crear una sociedad más crítica por ser más lectora. Celebro la iniciativa de que los libreros se reúnan y hagan piña. Lo hacen todos los sectores profesionales, ¿por qué no ellos? Por más que veamos de que se trata de una actividad bohemia, propia de una película de Isabel Coixet o que arrastra ese romanticismo que habita en cualquier local de la porteña avenida de Corrientes, los libreros son profesionales que aportan riqueza, crean vida inteligente alrededor de sus negocios (dudo que se pueda decir lo mismo de un establecimiento que vende poke), contribuyen si no a una sociedad más inteligente quizás sí a una sociedad que al menos lo intenta.

No podía ser de otra forma que el flaneo de este sábado fuera un paseo por todas esas librerías que han contribuido a mi biblioteca particular. Muchas gracias.