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Gutiérrez Solís: «Desconfío de los escritores que siempre tienen una historia cojonuda por empezar»

El escritor andaluz acaba con cuatro años de "barbecho" con una historia sobre la desaparición de dos jóvenes en Punta del Moral (Huelva), investigada por su inspectora Carmen Puerto

El escritor cordobés, en una imagen tomada en Sevilla, donde reside
El escritor cordobés, en una imagen tomada en Sevilla, donde reside Manuel Olmedo

La desaparición de dos chicas en Ayamonte articula la última novela de Salvador Gutiérrez Solís (Córdoba, 1968), un episodio con ecos de actualidad ambientado en una tierra que conoce bien y a donde traslada a su inspectora Carmen Puerto.

El tono de la novela es casi de reportaje periodístico.

Sí, la verdad es que prefiero anticiparme y decirlo: el caso de «La Manada», el de Diana Quer, el de Marta del Castillo o el caso de Laura Luelmo están muy presentes porque todos ellos me sobrecogieron especialmente. Y sobre todo me sigue llamando la atención que todos tienen un nexo común: las víctimas son mujeres.

Tiene otro nexo: que los culpables son hombres.

Y que actividades que para mí, o para cualquier hombre, tradicionalmente no han tenido ningún riesgo y que todos hemos hecho de jóvenes, como hacer deporte a horas intempestivas o montarte en el coche con desconocidos a altas horas de la madrugada, que lo hemos hecho todos, y no nos ha supuesto nada, sin embargo para las mujeres entraña un peligro. Luego lo mezclo con el uso que tenemos hoy en día de las redes sociales que en algunos adolescentes es desmedido.

¿Eso es una preocupación a nivel personal?

Sí, me preocupa y yo interactúo mucho con mi hijo mayor en redes sociales porque creo que es bueno que sepan que el grado de exposición al que se someten puede tener consecuencias que ni ellos mismos controlan.

¿Dónde se pone el límite para que no vayan con miedo?

Es bueno que conozcan todos los efectos colaterales que pueden tener, tanto los positivos como su parte negativa. Recuerdo sobre todo el caso de Diana Quer, que era una chica que estaba muy expuesta, frecuentaba las redes sociales, y no es que hubiera una justificación en lo que le pasó en su actitud, pero sí hubo por parte de algunos una especie de comprensión por eso.

Con «La Manada» incluso lo usaron en el juicio contra la víctima y la inspectora de su libro las usa para investigar. ¿Le estamos poniendo las cosas más fáciles también a la Policía?

Sí, la Policía está encantada con las redes sociales porque le dan una información que antes no tenían ni de coña. En la novela toco también otro aspecto: la avalancha de información que recibimos cada día y a veces ya no sabemos distinguir entre lo «fake» y lo cierto. Devoramos información y creemos a pies juntillas que todo lo que dicen en Twitter es cierto.

¿En su caso cómo hace para discernir eso?

Trato de irme a la fuente y sobre todo trato de contrastar lo que dicen los diferentes medios de comunicación. A veces la verdad suele ser el mínimo común denominador, cuesta encontrar la noticia verdadera, si es que alguna vez hay una noticia que sea cien por cien verdadera y no tiene su pequeña manipulación.

Ha pasado cuatro años sin escribir. ¿Cuándo empezó a gestarse esta novela?

La empecé a escribir realmente hace un año, ha sido de una digestión relativamente rápida. He estado varios años sin escribir porque como le ocurre a la tierra que se usa para actividad agrícola, que de vez en cuando necesita barbecho para que se recupere. He necesitado durante un tiempo vivir, volver a tener mi tiempo, disfrutar de otros libros... regenerarme. Y reconozco que mi anterior novela tuvo una mala experiencia.

¿Por qué?

Es la primera que protagonizaba la inspectora Carmen Puerto y prácticamente no llegó a las librerías. La editorial se declaró en concurso de acreedores.

¿Y allí se acabó?

Durante mucho tiempo fue como una novela fantasma.

¿Eso le hizo venirse abajo?

Sí, porque tenía muchas expectativas y había buenas previsiones y de repente te encuentras con que no se distribuye. Aquello me desanimó pero no lo entiendo como un tiempo de haber estado apenado. Desconfío de los autores que acaban una historia y empiezan a escribir otra. La esccritura no tiene un componente tan mecánico, una historia propia requiere de tiempo hasta que la construyes. A veces tengo flashes de lo que puede ser una novela, pero hasta que tengo la estructura suelo tardar bastante tiempo y por eso tengo desconfianza de los escritores que siempre tienen una historia cojonuda que empezar a escribir.

¿Qué espera cuando escribe?

Yo cuando escucho a muchos compañeros decir que no escriben pensando en el lector me llevan los demonios. Yo escribo pensando en el lector, porque si no, no sería un trabajo tan artesanal. La novela tiene que tener una condición indispensable que llevo a rajatabla: tiene que ser legible. Soy un gran lector de Agustín Fernández Mallo, un escritor absolutamente vanguardista que utiliza las capas narrativas de otra manera, pero te está contando una historia. Yo quiero que me cuenten una historia.