Circo y fieras

Cuando alguien o algo destaca, en este caso una ciudad, se abre la lista de espera entre quienes sacan su bilis a pasear, que, de envidia, España es potencia mundial. Aún teniendo muchas cosas mejorables, el brillo de Marbella es único y la prensa así lo viene retratando. La parte chunga surge cuando se mezclan estereotipos, manías y soplapollez. Lejos de reducirse el número de especímenes por razones pandémicas, l@s jetas que se aprovechan del periodismo y parasitarse en marcas y particulares (que haberlos hailos pese a las advertencias) siguen activ@s como nunca y Marbella lleva décadas siendo un panal de rica miel al que arrimarse.

El muestrario es pintoresco: desde la bloguera gañotera que se autopresenta y enfada al responderle «no tengo el gusto», para acto seguido ofrecerte, pase usted por caja, un listado de «influencers» conocidos en el zajuán de su bloque. Reporteras que se imprimen una tarjeta de visita con todos los logotipos de televisión existentes, cuando en realidad ya no salen ni por el vídeo comunitario de San Martín del Tesorillo. El editor de una revista, con tirada de un solo ejemplar y a medrar. La dueña de una agencia de comunicación que mal paga a redactores esenciales, pues lo de hacer una frase con sujeto, verbo y predicado no termina de verlo claro. El reportero gráfico que se hace con un «pepinaco» de teleobjetivo para colarse de gorra en los conciertos y cuyas fotos nadie ve. Una dudosa apañadora de eventos gastronómico periodísticos, presumiendo de una estupenda relación con la guía más famosa del mundo de la cocina y con la que oficialmente nunca ha trabajado. Un productor/presentador trapicheando con títulos honoríficos y, lo que es peor, encarcelado por pederasta (y al que instituciones, políticos, empresarios y famosos le bailaban el agua); hasta la responsable de un engendro web ítalo español, mezcla de inmobiliaria, eventos, multiservicios y folletín publicitario de corta/pega, donde la actualización de datos es cosa secundaria.

Lo más grave de este caso es el remedo de intento de chantaje a empresas e instituciones (he sido testigo), con la antiquísima táctica del «si no pagas, hablo mal de ti que además es lo que la gente quiere». A todo este circo se suman agencias de comunicación «supermegaguaisqueterilas» (dicho «to» junto), por lo general de Madrid y/o Barcelona, expertas en venderte bastante caro el humo con papel de celofán.

Estas son (no todas pero muchas) «las paracaidistas» con el síndrome Mastropiero (oír el pasaje de «Rodrigombia» de Les Luthiers), creen descubrir algo que ya estaba descubierto como Marbella, qué ridículos. Este comportamiento es parecido a otra tara de las llamadas fieras de la tecla, nombres de cierto postín, a quienes les basta media mañana para escribirte sobre la peculiar idiosincracia del ADN estructural en los efectos socio-económicos-estéticos-gastronómicos de la pandemia de la Covid-19 en Marbella y singularmente en el Puerto Banús de 2020. Y ellos sin hablar con ningún responsable o fuente informada del puerto más famoso de España, ¡con dos cojones y un palito!… Este es el claro exponente del periodismo Liendre, que de todo sabe y de nada entiende.