No me llames DJ, que soy «pinchaor»

“Hoy me toca lanzar un guiño de ánimo a todos los «Discjockeys» cuyas vidas, como las de tantos, se han quedado con las patas colgando en esta pandemia perra”

Javier Arquimbau es una leyenda viva de la Málaga más bailonga. «Si me dices donde no has pinchado acabamos antes», le suelto a micro-matón: «Menos en la Bobby Logan –responde–creo que en todas, incluida la Borsalino Palace, y el templo perdido de la Peppers en Torremolinos». Javier no es DJ, él es pinchadiscos, uno de los mejores y encima un animador nato procedente de la mítica FM de los 40 en Torremolinos. Ahora la gente de su gremio camina sin rumbo. Sin discotecas ni bares de copas donde poner música al personal, son «Walking deads», perdidos como un bikini en la Antartida. Arquimbau aguanta el tipo estos meses con los anuncios que hace para la radio, pero la mayoría de pinchadiscos andan tiesos cual mojamas. Pakito 2.000, Antonio, Josechu o Miguel «La Peluquera» (sirvan unos pocos como ejemplo de muchos), vagan como melodías perdidas en busca de una metadona sonora que aún no llega. Hasta a Francis Guzman se le escapa un suspiro de pena, cuando pasa delante de la chapada puerta de la bombonera, su añorado cuarto, donde ha montado los míticos y exclusivos guateques de los fines de semana, en la conocida «La Polaca» de Marbella.

Hoy me toca lanzar un guiño de ánimo a todos los «Discjockeys» cuyas vidas, como las de tantos, se han quedado con las patas colgando en esta pandemia perra. Lo confieso, presumo de ser pinchadiscos… y cuestión de pasión, al igual que le ocurrió a Arquimbau, mi padre hubo de firmarme una autorización para poder trabajar en la discoteca «Playboy» de Montilla en Córdoba cuando tenía 16 años, y lo hizo porque el dueño era uno de sus mejores amigos. Hablaba con Arquimbau del incierto futuro, de la sufrida vida del pinchadiscos: la necesaria psicología, moverte entre faunas nocturnas de muy diversa moral, y por supuesto, de la cantidad de vivencias curiosas o gozosas… Arquimbau sabía muy bien como invitar a una muchacha que le gustase al santuario de la cabina, con la excusa de buscar con ella el disco que acababa de pedirle, y que a él, mira tú por donde, no le sonaba de nada, o de su famoso amigo Manuel Bandera, siendo figura en ciernes, en pleno baile «agarrao», le marcaba desde la pista cuando tenía que alargarse la música lenta. En mi caso, me hice todo un experto en elegir la canción perfecta y duración adecuadas, para que esos encuentros erótico festivos de cabina, lograsen contentarnos a los «contrincantes».

En los años que perpetramos el exitoso y madrugador Discofórum con Carlos Herrera en Onda Cero, no dejé de preguntarle sobre sus comienzos y aventuras al frente de las coplas de la Discoteca Mohama. Creo que le montaré una manifestación a la puerta de su casa, para que «My Big Brother» lo cuente todo en un libro. Otro que tal baila es mi «Enmano microfónico», Jesús Olmedo, la mítica voz de Antena 3 TV, quien ostenta el récord de pinchar en 4 discotecas talaveranas cada noche. Pero para anécdota, la de Fernandisco: en una de las primeras noches que pinchó en una fiesta de Ibiza, vio sorprendido como a los platos se acercaba un enano, quien sin pensarlo un segundo, se sacó de la bragueta su importante miembro viril, con el que golpeó en varias ocasiones sobre el disco que en aquel momento sonaba, originando el consiguiente ruido y sorpresa del respetable. El enano miró a Fernandisco, lanzó una sonora carcajada y escapó corriendo. Aquel individuo era Holly One, el famoso actor porno, ya fallecido, afincado en Baleares. «Salas, y el cabrón me lo hizo unas cuantas veces más esa noche» , recordaba Fernandisco.

Mientras leas esto, busca un disco de Bee Gees, Chic o los que nunca fallan: la rotunda elegancia danzarina de los maravillosos Earth Wind & Fire. Arquimbau y el firmante resumimos: lo de ser pinchadiscos es un placentero sacerdocio en el que, gracias a la música se puede disfrutar mucho y «jincar» más.