No pedirán perdón

“Por suerte, el tenebrosamente profético escritor de ‘Sumisión’ es demasiado auténtico para tumbarle, como sí ha ocurrido con algunos de sus colegas”

Esta semana, en una noticia publicada por un periódico que en su momento fue un referente nacional, moderno, culto, veraz, signo de nuevos tiempos, y que ahora no es nada de aquello, un periodista utilizaba la palabra cuñado en el titular para referirse a Houllebecq. Luego en el artículo se excusa en que así le llamó otro periodista francés pero la trampa ya está hecha. Criticar a Houllebecq, como a cualquiera, es muy sano, algunas tonterías dice; pero el que utiliza esa expresión tan rancia acaba convirtiéndose en lo que define. Por suerte, el tenebrosamente profético escritor de “Sumisión” es demasiado auténtico para tumbarle, como sí ha ocurrido con algunos de sus colegas. Arrojar al vertedero del señalamiento de hoy en día donde el 12 de octubre es razonable decapitar estatuas del rey o de Colón juntas -en un ejercicio pueblerino de esquizofrenia ideológica- pero no así poner banderas de España. Lo de vestir a Isabel la Católica de chola es otro asunto. Qué mejor homenaje hacia la persona que se ocupó de proteger las vidas y los derechos de los indígenas desde el primer momento, tanto que hasta el día de hoy han llegado sus vestimentas ancestrales. En su libro “Koba el Temible”, el escritor británico Martin Amis detalla algunas de las atrocidades de Stalin -que por más que las conozcamos de sobra no parecen hacer mella en el discurso de los comunistas de hoy en día - mientras reprocha a parte de la intelectualidad europea su defensa de la Unión Soviética. Entre ellos está su propio padre, Kinglsey, de quien recuerda que nunca le escuchó pedir perdón por esa actitud ante una dictadura que asesinó a decenas de millones de personas. Esos muertos de la carretera de Kolymá, por poner un ejemplo, que a diferencia de las seis millones de víctimas del holocausto que afortunadamente tienen nombre para que el recuerdo de la atrocidad que sufrieron jamás se olvide, son vidas anónimas perdidas para siempre en la burocracia más sanguinaria que vieron los tiempos. El viejo Iósif lo decía: “la muerte de un hombre es una tragedia, la de un millón es simple estadística”. No pidieron perdón ni Kingsley –aunque rectificó a tiempo- ni tantos otros que como él despreciaron la democracia en la que vivían a salvo seducidos por la pueril dialéctica del opresivo paraíso proletario en sus visitas de agasajo y oropel con la astuta nomenklatura. Salvando las distancias y algunas cosas más, tampoco pedirán perdón mañana los políticos, sindicalistas, periodistas, artistas, bufones y demás agentes de nuestro tiempo que proclaman la despolitización del poder judicial a base de permitir que se contamine todavía más. Y probablemente tampoco pidan perdón cuando algunos de ellos, pocos, se den cuenta de que el PS nos ha puesto al nivel de la ultra derecha nacionalista polaca o húngara. En estos días hay quienes se permiten llamar a Houllebecq cuñado. Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Delibes, el tercero entre los más grandes novelistas de España tras Cervantes y Pérez Galdós. Lo dice Luis María Ansón y yo lo suscribo. Si viviera todavía, algún andoba se atrevería también a decir de él sandeces semejantes por católico y por cazador. Y no, tampoco pedirían perdón por ello ni definitivamente lo harán ahora. Pero nosotros lo sentiremos.