Desde Rusia con ardor

“Lo último de lo último en esa Marbella que vive a años luz de tener problemas para llegar a fin de mes, es la de acudir durante tres días de cuchipanda, a una mansión de Naguelles o Nueva Andalucía, y experimentar una especie de retiro espiritual, guiados por una chamán rusa de nacimiento”

Marbella es una de las pocas ciudades del planeta donde existen diversas realidades paralelas: la que curra, la de tradición mediterránea abierta a un mundo en continua renovación, la del turismo, ahora mismo con más «Ñ» que hablando en inglés, la de segunda residencia, convertida desde hace meses en primera, tanto que algunos restaurantes, bares y comercios en general, siguen con las puertas abiertas gracias al personal del País Vasco, Madrid e incluso Inglaterra o Alemania… «Si me encierran, que me pille en Marbella», anda que no. Pero entre esas otras Marbellas casi distópicas, nos topamos con la del postureo y la tontería. Sus personajes llevan la «pedrá metía de serie». Individu@s cuyos comportamientos son ajenos a la pandemia. Tanto que se la toman como una bonita excusa para probarse una nueva prenda de moda, la mascarilla (cuanta tontería sigue habiendo entre mal llamad@s influencers y demás parasit@s).

Lo último de lo último en esa Marbella que vive a años luz de tener problemas para llegar a fin de mes, es la de acudir durante tres días de cuchipanda, a una mansión de Naguelles o Nueva Andalucía, y experimentar un genuino retiro espiritual, guiados por una chamán rusa de nacimiento. Estos nuevos gurús se encargan de sacarles los malos espíritus… y unos 10.000 euros por cabeza. El modus operandi va de arrearles rituales más cercanos al exorcismo que a una relajada sesión Zen, cosa que realizan con éxito, mucha jeta, muy poca vergüenza.

En mi época de reportero tribulete de los primeros años 90, una compañera británica nos invitó a un reducido grupete de periodistas, bastante nocturnos y más canallas aún, a la impresionante mansión, que un nuevo rico de Londres acababa de adquirir en Marbella. El hombre se había montado en la libra gracias a una cadena de gasolineras, y quería entrar en la sociedad más sonada de la zona. Primero un cochazo, Rolls o Ferrary, te recogía donde tu lo indicases. Una vez en el «casoplón» tenías a tu disposición toda la comida y bebida de la más alta calidad que pudieses imaginar. Músicos, relativamente famosos en el Reino Unido, amenizaban el evento privado, donde no había exorcismos ni Chamanes saca cuartos. Bastaban unos minutos allí, y empezabas a darte cuenta del lugar en el que estabas; pues además de bandejas servidas por guapas y guapos mozos, con caviar Beluga de grano gordo y jamón del bueno, también las había con «producto exterior bruto colombiano» como para encalar siete cortijos. Todo un importante suministro de pastillas digno de la mejor farmacia y en los jacuzzis, piscinas y dormitorios había chicos y chicas dispuestos para «hacer punto de cruz» o lo que les pidieras, y todito por gentileza del gasolinero millonetis. Lo legal e ilegal mezclado con lo más amoral, estos eran los ingredientes esenciales de aquella noche diferente. Dada mi innata curiosidad, siempre al servicio de la noticia, cumplí con el sacrificio de quedarme, verificando que soy un pecador sin remedio, pero soy más de comer… de todo.