Nunca digas nunca jamás

“Al margen de la Ley de Costas que acabó con las playas privadas en España, cosa que le afectó a una parte de su propiedad, fue Jesús Gil el responsable de que Marbella perdiera a Connery como vecino”

Sean ConnerySean ConnerySean Connery

Sean Connery podía ser un arisco importante, pero para borde cum laude, su mujer Micheline Roquebrune, responsable final de todas las decisiones profesionales y personales del oscarizado actor escocés. De hecho fue ella la que le dio título a la última película de su marido como 007. Ante sus muchas reticencias para volver al personaje que lo catapultó, ella le espetó «Nunca digas nunca jamás». Los productores que les visitaron en Malibú, su casa de Marbella, se quedaron con la copla… A Connery no le quedó otra que ponerse el peluquín y desempolvar su vieja licencia para matar. «A esta fiesta, sí; a esta, no; ve a tal entrevista porque me lo pide mi amiga –aunque se la haga un cretino que sólo es capaz de sacarle monosílabos– y la boda de mi hijo, se celebra en nuestra casa y durante varios días»… Connery cumplía obediente con su mujer. Sólo en el golf perdía ella. El juego del green era más que sagrado, y cuidado si algún periodista se ponía pesado cuando interrumpía al actor si este tenía un palo de golf entre las manos.

La fantástica casa de Connery, que perteneciera al cineasta Edgar Neville, se ubicaba en la zona del Rodeíto, donde Menchu, la primera gran relaciones públicas de Marbella, montó su maravilloso y definitivo club, también cercano al Martinete, la singular estancia de Antonio «El Bailarín», todo ello a menos de un kilómetro de Puerto Banús.

Al margen de la Ley de Costas que acabó con las playas privadas en España, cosa que le afectó a una parte de su propiedad, fue Jesús Gil el responsable de que la ciudad perdiera a Connery como vecino. Le pidieron grabar un vídeo para promocionar el golf en Marbella, pero Gil y sus esbirros lo usaron como supuesto apoyo político. A Connery le supuso un gravísimo problema pues a punto estuvo de ser denunciado por su propia oficina de representación de Los Ángeles por incumplimiento de contrato. Para él eso fue más gordo que justificar el maltrato femenino ante la entrevistadora Barbara Walters (luego pidió disculpas). Lo cierto es que lo vendió todo y se marchó, no sin problemas legales, que dieron lugar a la operación policial «Goldfinger», de la que él y su mujer fueron finalmente exonerados.

Traté con Connery en varias ocasiones y siempre fue muy correcto y hasta un punto generoso conmigo, pues conservo como oro en paño la copia en DVD de «007 contra el Dr. No» que me firmó. Aunque lo mejor fue haberme topado con él en la barra del famoso Bar California de Marbella. Vestía camisa, pantalón corto y alpargatas. Muy relajado y su Micheline en casa. Nos saludamos y pedí lo mismo que él estaba tomando. ¡Qué coño Martini agitado no revuelto!… Una cerveza y un plato de boquerones fritos, anda que no.