Cultura

Alegato al óleo contra la tiranía de la imagen

El artista plástico Quique Sarzamora (Marchena, Sevilla, 1992) responde con su pintura al momento actual de consumo rápido y apariencias

El artista marchenero en la galería Magasé de Sevilla, donde montó su exposición en solitario
El artista marchenero en la galería Magasé de Sevilla, donde montó su exposición en solitario FOTO: Kiko Hurtado

Cuenta el maestro Serrat cómo siguió cantando «Ara que tinc vint anys» hasta que pasaron otros veinte años, y otros veinte más, enredado en el éxito de una canción que lo sigue acompañando, camino de los ochenta. Los inicios de un artista suelen caminar de su mano ya el resto de sus días, quieran o no, porque mientras ellos evolucionan sus seguidores construyen una estampa fija con los momentos en que se «conocieron». En la maduración de sus veintitantos el artista plástico Quique Sarzamora ha reaccionado dejando de lado la figuración y adentrándose en aquello que subyace, un sentir contra el consumo y la deglución rápida de imágenes de su generación. Dice estar buscándose dentro de la pintura misma, no ya en los óleos que cuelgan en las galerías de arte, sino en el polvo iniciático con el que trabaja, mezclando, experimentando con colores y texturas con las que «juega» en la nave que hace las veces de casa y estudio. Se independizó pronto, para estudiar en Sevilla Bellas Artes, cursar un máster en Málaga y hacer la residencia en la Fundación Antonio Gala, un reducto donde se mima la creación andaluza en todas sus formas. Quien lo conozca ahora a través de sus obras encontrará a otro Sarzamora, con rumor de la escuela norteamericana, dotado de personalidad.

La covid-19 trajo consigo una introspección física forzada y él acogió esa soledad con naturalidad. Ya había vuelto a Marchena, para ser el artista que quiere sin someterse a la tiranía de no llegar a fin de mes, esquivando trabajos temporales de repartidor o transportista. Su proyección tiene una base sólida en cuadros preñados de color frente a los que el tiempo pierde prisa. Pasa con sus obras lo que con las grandes canciones, que traspasan lentamente toda su emoción hasta acomodarse en una. Y las horas siguientes ya no serán las mismas con la melodía monocromática de su pintura adherida a la cabeza.