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Entrevista

«La diplomacia es saber escuchar en medio del ruido»

El trabajo de Carlos Montesa Kaijser, cónsul honorario de Suecia, consiste en «solucionar problemas» para que no se hagan grandes

Carlos Montesa Kaijser Europa Press

Carlos Montesa, cónsul honorario de Suecia y Presidente de la Asociación Consular de Sevilla, defiende la diplomacia de proximidad: la que se ejerce escuchando con calma en un tiempo saturado de voces y urgencias. Sevillano por adopción, combina gestión, empatía y humor en un trabajo donde cada llamada puede convertirse en una historia humana.

Dicen que en Sevilla se escucha tanto como se habla. ¿Qué le ha enseñado su propia ciudad sobre ese equilibrio tan diplomático?

No nací aquí, pero me siento sevillano. Aun así, he crecido con la mirada de quien no tiene raíces familiares en la ciudad. Mi madre llegó a la Sevilla de los 70, una ciudad muy distinta: hablaba idiomas, conducía y trabajaba en una empresa de inversores extranjeros. Eso rompía moldes. Yo vivía en una casa que no se parecía a la de mis compañeros, y eso me marcó. Desde entonces me mueven la curiosidad y la pasión por otras culturas. Ser cónsul de Suecia es también un homenaje a ella, que llegó a verme en el cargo. Y ser andaluz, con ese sentido de solidaridad tan nuestro, ayuda mucho en estos tiempos tan ruidosos.

En un mundo cada vez más ruidoso, ¿qué pequeño acto de diplomacia cotidiana puede transformar un día cualquiera?

La diplomacia que hacemos los cónsules es, precisamente, la de los pequeños gestos que tienen gran impacto. Ayudar a alguien a recuperar un ordenador olvidado en el aeropuerto, firmar una fe de vida para que pueda seguir cobrando una pensión o acompañarlo en un trámite que le abruma. Son situaciones aparentemente menores, pero para quien las vive suponen un enorme alivio.

¿Qué es lo que casi nunca se pregunta sobre el trabajo consular y debería saberse?

Que, en esencia, somos solucionadores de problemas. Pequeños, sí, pero gracias a nuestra intervención no se hacen grandes. Esa es la clave: evitar que algo cotidiano termine convirtiéndose en un drama. Y eso solo es posible si escuchas más que hablas. La diplomacia es saber escuchar en medio del ruido, porque solo así entiendes cuál es el verdadero problema y cuál es la necesidad real de quien llega a tu puerta.

Hábleme del día a día de un cónsul. Frente al boato que se presume al cargo, la realidad es que todo el que llama a su puerta lo hace con un problema.

Exacto. Una parte importante de los asuntos que gestionamos tiene que ver con personas que están viviendo un momento delicado. Tienes que ponerte en su lugar y, a la vez, saber hasta dónde puedes ayudar con los medios disponibles. Cuando a un ciudadano le roban y se queda sin documentación, por ejemplo, intentas darle confort, ayudarlo a contactar con su familia o a encontrar un sitio donde dormir. Lo difícil es no implicarte demasiado y aprender a poner límites. Es un equilibrio humano y profesional permanente.

¿Qué historia personal –de esas que no salen en los informes– le ha recordado por qué merece la pena ser cónsul?

Una vez asistí al homenaje que unos ciudadanos ofrecieron a un compañero cónsul por más de treinta años de servicio. No era un acto oficial ni lo organizaba ninguna administración: era pura gratitud. Aquello me impresionó y desde entonces lo tengo como referencia. Me recordó que, en el fondo, este trabajo va de personas, no de protocolos.

Entre documentos, urgencias imprevistas y diplomacia callejera, ¿cuál es la situación más insólita que ha tenido que gestionar?

La familia de un ciudadano sueco nos avisó porque había «desaparecido» en el Camino de Santiago. Llevaba días sin contestar al teléfono desde que había pasado por Sevilla. Movimos todo lo necesario –Policía, Guardia Civil– y al final resultó que simplemente quería desconectar del mundo durante el Camino, sin avisar a nadie. Tenía todo el derecho. Desde entonces exigimos siempre prueba de denuncia previa antes de intervenir; es la única forma de equilibrar la ayuda con el respeto a la libertad personal.

Y una para despedirnos: si la diplomacia fuese como un mueble de IKEA, ¿qué parte pondría Suecia y cuál Sevilla… y quién acabaría buscando la pieza que siempre falta?

En realidad, lo que suele ocurrir es que la pieza está, pero descubres que has montado algo al revés. Con la diplomacia pasa igual: requiere paciencia, método y, a la vez, decisión para avanzar hacia un objetivo. Y ya que el máximo ejecutivo mundial de IKEA es andaluz, quizá esta pregunta debería contestarla conmigo… Así que ya me pondré a hacer gestiones.