
Tribuna | El honor de vivir
El mono imitamonos
«Durante mucho tiempo, hemos pensado que el rasgo diferenciador del lenguaje humano es su productividad»

En 1984 publicó Consuelo Armijo, una de nuestras autoras de literatura infantil y juvenil más destacadas (y más olvidadas, por cierto), su libro «El mono imitamonos». Como adelanta el propio título, la obra narra las aventuras de un pequeño simio que disfruta imitando todo cuanto le sale al encuentro, desde el viento que agita los árboles de la selva a los ruidos diversos que hacen los animales que la pueblan, y que un día, al perderse en una gran ciudad, se pone también a imitar a los seres humanos con los que se va cruzando. En el fondo, la historia del pequeño mono es también la nuestra. Aunque todos somos diferentes y todos nos creemos especiales, nuestro comportamiento es enormemente parecido. Una razón es que nuestra diversidad biológica es muy reducida, también en comparación con la de nuestros parientes más próximos, los chimpancés y los bonobos. Pero la causa fundamental es nuestro marcado instinto prosocial, que nos lleva a copiar cuanto hacen los demás, y no solo para mimetizarnos con ellos y sentirnos parte también de un grupo que nos proteja, sino para reforzar la identidad de dicho grupo frente a otros, para lo cual nada mejor que adoptar códigos compartidos. Esta proclividad tan humana a la imitación explica la rapidez con la que se difunden modos de vestir, platos foráneos, canciones o estilos de decoración. Sin embargo, es quizás la lengua el ámbito en el que este comportamiento imitativo se manifiesta de un modo más conspicuo.
Durante mucho tiempo, hemos pensado que el rasgo diferenciador del lenguaje humano frente a otros sistemas de comunicación o de pensamiento (porque el lenguaje sirve a ambos fines) es su productividad. Combinando un número muy reducido de sonidos (24 en español) somos capaces de dar nombre a miles de conceptos (hay casi 100.000 entradas en el diccionario de la Academia). Del mismo modo, combinando estas palabras siguiendo unas pocas reglas gramaticales, podemos construir (e interpretar) un número casi infinito de enunciados, cada uno con un significado diferente. Así, entendemos la oración «Había una vez un mono que se lo pasaba muy bien subiéndose a los árboles y colgándose de sus ramas» aunque no la hayamos leído antes… salvo que conservemos, de cuando éramos niños, un ejemplar de «El mono imitamonos». Nuestra visión del lenguaje y del uso que hacemos de él está marcada, por consiguiente, por esta idea de la creatividad. Sin embargo, en la práctica nuestro comportamiento verbal es mucho menos libre. Por ejemplo, no utilizamos tantas formas como nos permite la productividad de la lengua para saludar, pedir disculpas o despedirnos. Potencialmente, podríamos hacerlo diciendo cosas como «este encuentro me ha dado muchas satisfacciones», «me causa remordimientos haberte pisado» o «confío en coincidir contigo de nuevo» y a buen seguro, nuestro interlocutor nos entenderá si nos dirigimos a él de esta manera. No obstante, y a pesar de tener un significado equivalente, tales expresiones le resultarán extrañas en comparación con «me ha alegrado verte», «siento haberte pisado» o «hasta la vista», respectivamente. Tan rígidamente puede estar regulado nuestro comportamiento lingüístico, que hay construcciones que han de enunciarse siempre igual, sin cambiar uno solo de sus componentes, ni el orden en el que aparecen. Así, cuando alguien hace algo con grandes dificultades, decimos que lo hace «a trancas y barrancas», pero nunca «a trancas y torrenteras» o «a barrancas y a trancas». Mencionar una tranca como sinónimo de una dificultad puede tener cierto sentido: después de todo, usamos las trancas para asegurar las puertas e impedirle el paso a la gente; pero, ¿a santo de qué la referencia a las barrancas? De igual manera, si somos muy locuaces, dirán de nosotros que hablamos «por los codos», lo cual no deja de ser bastante extraño, porque, como mucho, podrían decir que hablamos «por las manos», si gesticulamos mucho al hacerlo… o si somos sordos y empleamos la lengua de signos para comunicarnos. También solemos quejarnos de estar «hasta las cejas» de trabajo, aunque si las obligaciones se sienten como una ciénaga en la que nos vamos hundiendo lentamente, sería preferible estar «hasta la boca» (para poder respirar por la nariz al menos) o «hasta los ojos» (para ver lo que llevamos hecho y lo que nos queda por hacer). Parece que solo podemos mantener la cabeza por completo fuera del barro cuando experimentamos dificultades económicas, porque de deudas sí es posible estar «hasta el cuello». Y aunque uno puede entender que alguien esté «hasta los pelos» de algo (porque la hartura puede llegar a embargarnos por completo), no deja de ser raro que cuanta más hartura se siente y con más vehemencia se expresa el hartazgo, menos asciende el malestar por el cuerpo: se cansa uno menos de lo que lo tiene a uno «hasta el moño», que «hasta las narices» o «hasta los huevos». Como es fácil advertir, hay una cierta lógica en estas expresiones, puesto que todas poseen una naturaleza metafórica más o menos evidente. Así, nuestro ánimo se concibe en todos estos casos como un recipiente que las circunstancias o los sentimientos van llenando. Pero no es menos obvio el limitado número de tales metáforas. Y es que cuando nos hartamos de algo, nunca podemos estar «hasta las caderas» o «hasta la frente»… del mismo modo que del parlanchín nunca decimos que «habla por los dedos» o que «habla por los labios» (¡paradójicamente!). Y si le oímos a alguien tales expresiones es porque ha cometido un lapsus linguae (una sustitución de una palabra por otra parecida en términos de significado o de forma), o más frecuentemente, porque no domina adecuadamente la lengua. Y es que lo formulaico, precisamente por su menor flexibilidad formal y su mayor sujeción a normas de uso idiosincrásicas, enraizadas en la cultura, es de las cosas que más cuesta aprender de una lengua.
La lengua se parece a una receta de cocina, que exige usar ciertos ingredientes y combinarlos según ciertas proporciones y siguiendo ciertas pautas, pero que nunca se ejecuta de la misma manera y, desde luego, que admite algunas variaciones. No hay dos gazpachos idénticos porque nunca los tomates son exactamente iguales y porque nunca agregamos exactamente la misma proporción de ellos, pero también porque podemos reemplazarlos por sandía o por fresas, o prescindir del pepino. Al mismo tiempo, si cambiamos los tomates por calabacines y el aceite por mantequilla, entonces ya estaremos preparando otro plato. Usar una lengua es, por tanto, un compromiso entre la necesidad de respetar ciertas reglas (para que los demás nos entiendan y para que nos reconozcan como iguales) y la pulsión por romperlas (para expresarnos mejor y para destacar, por nuestra originalidad, frente al resto de los hablantes). Ello explica que algunas veces nos atrevamos, incluso, a modificar aquello que está más fijado en la lengua, como las frases hechas, los refranes o las citas de autoridades, dándoles nuevos sentidos y nuevos usos, que esperamos ver adoptados por los demás. Y así, un día, el «colorín, colorado» con el que se cierran casi todos los cuentos empieza a utilizarse para aludir al final de otras cosas: «colorín, colorado, la legislatura se ha terminado», «colorín, colorado, las clases se han acabado»... O sucede que ya no es siempre la Iglesia con la que nos topamos, sino que oímos cosas como “con Hacienda hemos topado” (cuando se tienen problemas con los impuestos) o “con Bruselas hemos topado” (si la Unión Europea prohíbe alguna cosa u obliga a hacer algo de cierta manera). Sí, como el del cuento de Consuelo Armijo, somos, la mayor parte del tiempo, monos imitamonos presos en la selva de las normas lingüísticas, pero a veces nos lanzamos a la aventura y por un rato disfrutamos de la libertad de explorar las posibilidades que nos brinda nuestra lengua.
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