¿Por qué este plátano vale 120.000 dólares?

El gesto hace la obra. No se necesita nada más que eso: un gesto que resulte lo más sencillo posible para que, por su simplicidad e infantilismo, haga saltar por los aires todos los conceptos desarrollados durante siglos sobre el arte. El último ejemplo de este modus operandi lo ha proporcionado el italiano Maurizio Cattelan: en una caja de resonancia tan potente como Miami Basel, ha cogido un plátano y lo ha pegado con cinta aislante al muro del stand de la galería Perrotin. La culminación de la obra ha venido dada por la imprevisible e infinita absorción del mercado del arte: la pieza se ha vendido por 120.000 dólares (108.500 euros) –que es su auténtico acto de transgresión–. Para poner luz sobre el «affaire del plátano», conviene realizar dos observaciones. En primer lugar, el gesto de Cattelan no tiene nada de novedoso. No deja de ser una derivación de los readymades de Duchamp, solo que el elemento de la vida cotidiana del que se ha apropiado es orgánico –un plátano–. Puestos a recordar ejemplos de apropiacionismo en el arte, los ha habido más radicales: Yves Klein «firmó» el cielo de Niza y lo convirtió en su mejor monocromo azul; y Ben Vautier llegó a transformar en obra de arte todos los fallecidos durante un festival Fluxus e, incluso, hizo de Dios su mayor «readymade». Es decir, que exponer un plátano como objeto artístico llega a ser un gesto hasta modesto comparado con las grandes apropiaciones del pasado. La segunda cuestión sobre la que reflexionar es la del precio de la obra: ¿120.000 dólares por un plátano adquirido en el mercado y adherido a la pared con cinta aislante? ¿El mercado del arte se ha vuelto loco o tal extravagancia es una manifestación más de su «normalidad»? Y la pregunta decisiva: ¿quién fija el precio del arte? Lo que determina el de una obra artística es su «valor simbólico», la calidad y la dimensión significativa que se le atribuye. En este sentido, el «valor simbólico» es algo tan relativo como prosaico: reside en lo que una persona está dispuesto a pagar por un objeto. No hay criterios objetivos –técnica, esfuerzo, belleza– que permitan determinarlo. Es más, contra la forma de pensar del común de los mortales, el mercado del arte valora tanto más aquello que desafía los estándares de lo que se considera una obra de arte. Para mantener el circo en el que se ha convertido, el mercado del arte necesita reinventar sus límites constantemente, jugar provocadoramente con la idea de lo que es el arte y lo que se está dispuesto a pagar por piezas que la mayor parte de las personas consideran una tomadura de pelo. Cuanto mayor es la inversión realizada en la ocurrencia perpetrada por un autor, más aumenta la mitología que rodea al mercado del arte. Eso es lo que se busca: edificar una industria sobre la percepción del gran público de que los que participan en ella son unos enajenados.