Bancos de semillas: El 30% de las plantas no pueden conservarse en la red de semilleros

Existen más de mil depósitos en el mundo, 11 son internacionales y uno de ellos, el de Svalbard, en el Ártico, guarda una segunda copia del material genético de los cultivos, muchos de ellos en riesgo por el cambio climático

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20 de noviembre de 2018. 17:43h

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Eva Martínez Rull Madrid. 20/11/2018

Tan antiguo como cosechar es el hecho de guardar parte de la mejor semilla para el año siguiente. La conservación de la diversidad genética tuvo un antes y un después con Nikolái Vavilov, genetista ruso que fundó la primera colección de germoplasma en 1921 (irónicamente él murió de hambre en la cárcel y durante la II Guerra Mundial, el banco fue custodiado por 13 científicos que también murieron de hambre por salvar las semillas). Con una población en aumento y una tierra finita y un recurso hídrico amenazados por el cambio climático, la idea de almacenar las semillas para conservar la biodiversidad cobró especial interés a partir de los 60 cuando cada país quiso contar con sus propios bancos de germoplasma: años más tarde apareció la idea, ratificada por la FAO, de las semillas como bien global común y de la importancia de los bancos internacionales. En el mundo existen unos 1.700 bancos y de ellos 11 son internacionales y de lo más variado: así se cuentan desde el Centro Internacional de la Papa situado en Perú, que conserva 4.500 tipos de patatas hasta el Instituto Internacional de Investigación del Arroz (IRRI) situado en Filipinas y que cuenta con más de 200.000 variedades de arroz o el Centro Investigación Agrícola tropical que conserva en Colombia las colecciones de frijol o yuca y diversos forrajes y el centro de México que almacena la mayor colección de trigo y maíz del mundo.

«Gracias a la tecnología se han desarrollado plantas que resisten a la salinidad, las inundaciones o las sequías, fenómenos cada vez más abundantes. Para facilitar toda esta investigación en semillas se necesita conservar la diversidad en bancos. La cuestión de cómo se usan después tiene más que ver con las leyes que se desarrollen, pero es fundamental tenerlas archivadas», explica Luis Salazar, portavoz de Crop Trust, organización sin ánimo de lucro que lucha por salvar la diversidad de los cultivos. Según explica el técnico, la razón del cluster ha sido conservar a perpetuidad las semillas y hacerlo lo más cerca posible del origen de ellas. «Es cierto que en España también hay tipos de arroz pero sabemos que viene de Asia, por eso el banco internacional está allí. Ningún país es autosuficiente, de ahí la importancia de reservas internacionales de semillas de cultivos esenciales», dice.

Pero los bancos también tienen sus inconvenientes. Hace escasos días una publicación de la revista «Nature Plants» afirmaba que el 36% de las especies de plantas en peligro de extinción no pueden ser conservadas a través de bancos de semillas. En ese grupo se integran algunas de las especies más consumidas en el mundo y de importancia estratégica como el cacao, el aguacate, los cítricos, el café, el roble y el castaño. El estudio realizado por el Real Jardín Botánico de Kew sugiere como alternativa la criopreservación, lo que implica retirar el embrión de la semilla y usar nitrógeno líquido para congelarlo a 196 grados Celsius. Es lo que está intentando el grupo y, sin embargo, el método entraña una gran dificultad : «Es hacer lo mismo que cuando se conservan embriones humanos. El problema que tiene esa técnica es que es cara comparado con el almacenamiento en cámaras de frío, ya que para mantenerse a -196ºC el nitrógeno líquido tiene que ir evaporándose y cada cierto tiempo hay que ir reponiéndolo. Además el proceso de congelación y descongelación (sobre todo este último) es un paso crítico en el que si no hay protocolos desarrollados se puede producir la muerte de los embriones o meristemos», opina Jaime Prohens, director del Instituto Universitario de Conservación y Mejora de la Agrodiversidad Valenciana.

Una copia que hace aguas

Hace ahora justo diez años, el gobierno de Noruega decidió hacer un gran regalo a la humanidad. Así nació la llamada Bóveda de Svalbard, una enorme segunda copia de seguridad del germoplasma de estos 11 bancos internacionales y de las reservas que cada estado libremente decidiera dejar allí (países como Brasil, EE UU o Australia han mandado sus colecciones). A 120 metros bajo el suelo más de un millón de semillas podrían seguir vivas aunque hubiera un fallo eléctrico debido a las condiciones climáticas. El poder que esconde está instalación se materializó en 2015 cuando el banco que se encontraba en Alepo (Siria) se perdió por la guerra. Se recuperaron las semillas perdidas y se puso de nuevo en pie la colección, aunque en otros centros, en Marruecos y Líbano. Sin embargo, el año pasado la inusual y alta temperatura en la zona norte del globo tuvo sus consecuencias y el pasillo de esta gran cúpula se inundó. El agua no llegó al cuarto frío donde descansan las semillas a -20 grados, pero el hecho sirvió para alertar del riesgo que el futuro deshielo puede provocar. Este año el gobierno noruego ha prometido inversiones para reforzar la cúpula que salvaguarda todo ese material genético.

Una dificultad añadida es que la conservación implica que cada cierto tiempo se compruebe la viabilidad de las semillas, porque éstas no son eternas, no germinan de forma indefinida. Por eso cada 5-10 años algunas de ellas tienen que volver a cultivarse para obtener semilla nueva. «Si hay menos de un 80% de germinación hay que cosechar. La duración depende de la especie: el trigo puede durar 200 años y una lechuga sólo 50 años», explica Salazar. Esto eleva los costes en la conservación de esas copias de seguridad que hay por el mundo. «La conservación ex situ (así se las llama técnicamente) de las plantas es más crítica que nunca, con muchas amenazas para las poblaciones de plantas, incluido el cambio climático, la conversión del hábitat y los patógenos de plantas, afirma John Dickie, del Millennium Seed Bank de Kew y uno de los autores del artículo de «Nature Plants». De hecho, existía el objetivo de conservar ex situ al menos el 75% de la biodiversidad para el año 2020, sin embargo el estudio inglés dice que esto no se va a conseguir.

Otro de los recursos que han de explotarse, dice el estudio, es el de las especies silvestres, es decir conservar plantas medicinales y parientes silvestres de cultivos que sí puedan ser almacenados, de esa forma aparece otra posibilidad: la de fortalecer el sistema global de cultivo con parientes más duros. Ese es el objetivo del proyecto eggPrebreed, coordinado por el Grupo de Mejora Genética de Solanáceas 1, de la Universidad Politécnica de Valencia que dirige Prohens: conseguir variedades de berenjenas que necesiten menos agua. «Tenemos germoplasma de 12.00 especies herbáceas, de las que 2.000 son silvestres. Esta biodiversidad es importante porque no sabemos cuáles serán las circunstancias del clima en el futuro. Lo que hemos hecho es cultivar un tipo nuevo de berenjena siguiendo el proceso de domesticación de los ancestros silvestres», dice Prohens. No se trata de Organismos Genéticamente Modificados sino de «seleccionar los marcadores genéticos que interesan. En este caso el de las variedades de África que crecen en tierras áridas», explica el investigador. La berenjena está catalogada como una de las 35 hortalizas más importante para la seguridad alimentaria.

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