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Maestros de ciencia y de vida

  • Jesús Larralde Berrio
    Jesús Larralde Berrio

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14 de febrero de 2018. 17:23h

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Yolanda Barcina, catedrática de Nutrición y académica de la Real Academia Nacional de Farmacia.  14/2/2018

El 9 de febrero falleció en Pamplona mi maestro, el profesor Jesús Larralde Berrio, decano durante casi 20 años de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Navarra, Académico de Número de la Real Academia Nacional de Farmacia.

Su muerte ha traído a mi memoria y ha renovado la gratitud que quise rendirle cuando ingresé yo misma, hace ahora un año, en la Real Academia Nacional de Farmacia. En ese momento recordé las palabras que escribió Albert Camus al profesor Germain pocos días después de recibir el Nobel de Literatura en 1957: “Sin usted [...], sin su enseñanza, no hubiese sucedido nada de esto”. Salvando las distancias, puedo decir lo mismo de mi propio maestro, quien me animó a hacer y dirigió mi tesis doctoral y quien me acompañó a lo largo de mi carrera académica.

En mi caso, y a pesar de que he tenido la suerte de encontrarme con muchas personas de las que he aprendido tanto, el profesor Larralde fue mi maestro en el significado completo de la palabra.

Maestro en la humildad, el esfuerzo y el gusto por el trabajo bien hecho: el profesor Larralde había obtenido la cátedra de Fisiología Animal en la Universidad de Santiago de Compostela. Sin embargo, no dudó en dejar aquella posición para embarcarse en la aventura incierta de sacar adelante una facultad de Farmacia -la quinta de España en aquella época- en Pamplona, en 1965. Él la dirigió hasta 1986, convirtiéndola en una de las más prestigiosas de nuestro país. Y no por la abundancia de recursos, sino por la visión amplia, el trabajo bien hecho y la atención a los estudiantes.

Jesús Larralde fue también un maestro del buen humor, virtud nada desdeñable, más aún cuando se logra conservar, como es su caso, hasta bien entrados los 90 años. Así lo resaltó otro catedrático de su universidad, Rafael Domingo, en un pequeño homenaje al que tuve la suerte de asistir: “A Don Jesús”, recordó, “le gusta repetir con ironía que su único problema en la vida es haberlo pasado demasiado bien”. Es verdad que nos hacía trabajar, pero con él disfrutábamos, pasábamos ratos estupendos, divertidos, porque no marcaba las distancias entre el profesor y el alumno, más bien todo lo contrario.

Por último, como buen maestro, lo fue del servicio a los demás: “con la sencillez de quien piensa que no está haciendo nada excepcional”, describía Rafael Domingo. Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, entiendo el verdadero significado de esta lección, tan importante o más que los consejos universitarios y la orientación científica que nos facilitó a todos. Con esa proverbial sencillez de su tierra navarra, procuraba servir sin alardear, sin pasar factura.

Para él siempre fuimos sus alumnos, el vínculo nacido en las aulas perduraba en el tiempo. Cientos, miles de graduados, a los que no dejaba de animar para que publicáramos artículos, estableciéramos colaboraciones, firmáramos acuerdos, y no olvidáramos la vocación universitaria de aprender siempre. Como sólo logran los auténticos maestros, él consiguió que tomáramos el relevo. Yo alimento la esperanza de llevar el testigo de sus enseñanzas –al menos intentarlo- con la dedicación y magnanimidad que él poseía.

En aquel discurso de ingreso en la Real Academia Nacional de Farmacia lo tuve muy presente y me lo imaginé orgulloso de su discípula. Hubiera dado cualquier cosa por escuchárselo, por recibir su felicitación, como si fuera aquella estudiante que con 17 años se matriculó en la Facultad de Farmacia. Como el pequeño Albert Camus frente a su admirado profesor Germain. Qué afortunados los que han podido contar con un maestro en la ciencia y en la vida.

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