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El blog del gacetillero

Pensares y sentires de un gacetillero por el mundo, tratando de decir lo que es como es —y no como interesa que sea—, para aupar lo humano, noble y bueno que aún queda esparcido por las esquinas del vivir.

  • Photo by Matthias Zomer from Pexels
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Comerse a los amigos

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Sobre el autor

Jesús Fonseca

Periodista, delegado de LA RAZÓN en Castilla y León. Llevo más de cuarenta años viajando por el mundo como corresponsal de prensa, radio y televisión, dedicado a contar noticias, a la crónica, la entrevista, el columnismo y también a la poesía.

¿Por qué no vemos a los animales como seres vivientes y sintientes, si su corazón es de carne y sangre como el nuestro? Dejo la pregunta, para que el amable lector la responda. Ojalá llegue el día en el que todos tengamos esa «mente clara y corazón tierno» de los que habla el príncipe Siddharta Gautama, Buda, para que al fin, podamos comprender que nuestros hermanos los animales sienten y padecen como nosotros. «Los animales son nuestro prójimo. Y lo son en la medida de su dolor. Todo el que tenga un sistema nervioso para sentir y sufrir es nuestro prójimo», afirma mi buen amigo el escritor Fernando Vallejo. Ramiro Calle, introductor de las enseñanzas orientales en el mundo hispano, y autor de cientos de escritos dedicados a este tema, sostiene que, mientras no haya verdadero respeto por los animales, el mundo será un estercolero. No le falta razón al universal maestro de yoga. No es fácil abordar esta realidad, que suscita pasiones de un lado y otro. Desde los que sostienen que «la tortura no es cultura», hasta los que dan por bueno cualquier vejación y maltrato en nombre de no se sabe muy bien qué absurdas justificaciones, y me traen a la memoria la célebre sentencia de Thoreau: «la ardilla que matas de broma, muere de verdad». No escribo estas líneas para crear polémica. Hace mucho tiempo que dejé de opinar. Veo lo que sucede y no me gusta ver sufrir a los animales. Mejor dicho: cada vez me gusta menos. «Los animales son mis amigos, y yo no me como a mis amigos», decía el gran San Francisco de Asís. No sé. A mí siempre me ha parecido que el grado de civismo de una sociedad se mide por cómo trata a los ancianos, a los niños y a las personas. En definitiva, en cómo trata la vida desde sus inicios hasta el último momento. Vuelvo al poverello, a Francisco de Asís: «Dios quiere que ayudemos a los animales si necesitan ayuda. Cada criatura en desgracia tiene el mismo derecho a ser protegida». Claro que no sé si hablar de Dios e invocar su nombre sirve para algo, en una sociedad que ha renunciado a hablar de verdades eternas. A pesar de tanta devastación, soy optimista. No es verdad que todo vaya a peor. Tampoco en esto. Avanzamos paso a paso: está surgiendo una nueva sensibilidad hacia los animales, que se refleja en nuevas leyes que los reconocen como seres sintientes y no como cosas. Lo que no es poco. El mundo será más noble, más bello y más vividero el día que nuestros hermanos los animales ocupen el lugar que por derecho les corresponde, y que les hemos usurpado. No me cabe la menor duda de que, como ya anunciaba Leonardo Da Vinci, llegará un día en que los hombres verán el asesinato de un animal como ahora ven el de un hombre.

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