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Fuente de sombras

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La Ribot: el marco “marca” el cuerpo

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Sobre el autor

Pedro A. Cruz Sánchez

Pedro A. Cruz Sánchez es Profesor de Arte Contemporáneo en la Universidad de Murcia, crítico de arte y poeta.

Título: Take a Seat. Lugar: Galería Max Estrella, Madrid. Fecha: Hasta el 3 de febrero.

De la misma manera que, durante los 60 y 70, la performance se convirtió en un medio casi infalible de transgresión, honestidad y ensanchamiento del lenguaje artístico, en la actualidad, el vocabulario performativo se ha devaluado y malinterpretado en tal medida que lo que resulta complicado es hallar casos de performers que no caigan en la frivolidad o el adocenamiento. De ahí que el reencuentro con una artista como La Ribot (Madrid, 1966) suponga siempre el reconocimiento de todos aquellos valores irreductibles e inteligentes que han hecho de la performance la espina dorsal de la revolución profunda experimentada por el arte tras la crisis de la Modernidad.

Para la exposición que alberga la Galería Max Estrella, La Ribot ha reunido tres piezas de momentos diferentes, pero unidas por un cordón umbilical discursivo nítido: la instalación Walk the Bastards (2017), compuesta por 11 sillas que no fueron incluidas en Walk the Chair (2010), y que llevan pirograbadas citas de coreógrafos, artistas y filófosos; y las dos video-performances Travelling Olga/ Travelling Gilles (2003) y Mariachi 17 (2009). El ejercicio de costura que ha realizado La Ribot para conectar estas tres obras dispersas en el tiempo parece privilegiar una idea exprimida desde diferentes perspectivas: el encuadre como experiencia básica y principal a la hora de construir la realidad. En el caso de Walk the Bastards, las sillas “dañadas” que no fueron incluidas en un marco normativo anterior, son ahora reincorporadas en un encuadre homologado por los “objetos excluidos” y en el que lo otrora desigual no destaca por su condición diferente. Por su parte, en Travelling Olga/ Travelling Gilles, dos bailarines ejecutan los mismos movimientos sobre escenarios distintos: sobre un jardín inglés, uno de ellos, y sobre un escenario fotográfico, el otro. El empleo de un similar encuadre, y la convivencia de ambos mediante una split-screen, conlleva que el salto de lo natural y lo artificial sea minimizado y de que la continuidad resultante invite a pensar que es el marco, y no la realidad en sí, la que funda o erosiona la diversidad de lo vivido.

A semejante conclusión se llega con un vídeo como Mariachi 17, filmado en plano secuencia en La Comédie de Genève, y en el que La Ribot establece una fascinante tensión entre los propios movimientos de los bailarines –desbordantes, voraces, omniabarcadores, sin un aparente patrón previo- y la casi obsesiva pulsión por encontrar el encuadre, la pantalla o el marco que, por el contrario, trazan una ruta normativa, inevitable, para los pasos espontáneos de los performers. De una manera hipnótica, La Ribot demuestra la manera en que lo inmediato se encuentra mediado, cómo la irreductibilidad multisensorial del cuerpo acaba siendo raptada por la atracción del encuadre, por una mirada que sucumbe a la pulsión por medir, por encerrar, por recortar. Lo salvaje nace pautado. Allá donde con nuestro tiento aspiramos a descubrir, a conocer por primera vez, nuestra mirada solo sabe reconocer y recordar. En nuestra cultura del marco, las epifanías no existen porque todas nuestras primeras sensaciones ya han sido alguna vez representadas. El marco “marca” el cuerpo.

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