Real Madrid y pipas

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Barcelona-Real Madrid, el clásico sin pasillo

Sobre el autor

José Aguado

Periodista. El calendario del Madrid marca mi calendario

El Barcelona-Real Madrid, el clásico, se quedaba corto en comparación con los partidos de futbolines que echábamos cuando costaban cinco o veinte duros, en sitios llenos de cáscaras de cacahuetes. Los vivíamos con la pasión con la que vamos a vivir el Barça-Madrid de este fin de semana.

No valía la media ni la guarra, tampoco hacer remolino y si preguntabas qué significaban esas palabras, se hacía un silencio y disimuladamente (lo disimuladamente que se puede ser de adolescente) nadie quería jugar en tu equipo.

Estaban allí los que jugaban para hacer tiempo y los que eran unos profesionales del asunto y uno se preguntaba, y se pregunta aún, cuántas horas muertas se habrían dejado en un futbolín. La vida era distinta, amigos: la mejor consola era una Gameboy, los ordenadores portátiles pesaban 10 kilos y el teléfono móvil era cuando en tu casa te decían que te movieses tú a coger el maldito teléfono, que iba a ser para ti, que llevaban toda la tarde llámándote.

Los recreativos eran como la Play Station ahora, sólo que con peor fama. El caso es que se notaba quien era un profesional: no le valía cualquier futbolín, sólo los de madera, con las pinturas tradicionales y que no estuvieran inclinados [y eso era como la caverna de Platon, majos, un mundo ideal. (Sí, si no pasé horas muertas fue porque quería sacar buena nota en Filosofía)]. Los profesionales del asunto pisaban la pelota como lo hace Marcelo ahora; y se tomaban aquello como si de verdad estuvieran en el Camp Nou.

Ganaban, claro; y tú sentías que esos 20 duros que te tocaba poner para jugar contra ellos era dinero perdido (y veinte duros daban para mucho en los botellones). Hacías remolinos, no levantabas los jugadores cuando sacaba tu compañero y enseguida llevabas seis goles en contra.

Uno más y te tocaba pasar por debajo de la mesa. Eso era lo peor, la victoria definitiva del rival (y que, además, ese suelo con cáscaras no conocía a la escoba ni había oído hablar de la fregona). Entonces ocurría un milagro, un tiro de ellos rebotaba en algún lado, luego en otro, intentabas dar a la pelota pero ni por asomo, golpeaba nadie sabe dónde y entraba en la portería de ellos.

Gol.

Perdías 6-1, pero era como si ganases. Perdías 6-1 y lo celebrabas como una victoria. Perdías 6-1 y ellos eran los frustrados. Con tu único gol y esa noche, ay, ya se daba por resuelta.

Pues mañana, en el Camp Nou, lo mismo.

¿Y el pasillo? Eso sólo se hacía al campeón del Billar, que valía más que el futbolín, claro

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