El sorpasso del Papa a las propuestas del Episcopado norteamericano

El arzobispo Viganò, adalid de la rebelión vaticana, corre el peligro de convertirse en un bufón satírico si no fuera porque la Iglesia no precisa de semejantes figuras en asuntos tan delicados como los abusos sexuales en su seno que socaven con sus palabras y testimonio su credibilidad en lugar de apuntalarla. En su última mise en scène, Viganò ha instado a los obispos norteamericanos reunidos en Baltimore a ser “valientes pastores”, haciendo “lo correcto por las víctimas”, incrementando aún más la tensión en la Iglesia universal y de un modo especial entre los prelados norteamericanos.

Parece que la ocasión lo requería. El papa Francisco no quiere medidas sustitutivas en la cuestión de los abusos sexuales en la Iglesia y ha decidido suspender de modo provisorio dos propuestas que el Episcopado de Estados Unidos iba a someter a votación durante la asamblea general celebrada del 12 al 14 de noviembre: un nuevo código de conducta para los obispos y la creación de un organismo de laicos para investigar las acusaciones a los prelados. Una disposición que ha causado “decepción” en el cardenal Daniel DiNardo, presidente del episcopado estadounidense, y que fue defendida por el también cardenal Blase Cupich, arzobispo de Chicago, para quien “la Santa Sede está tomando en serio la crisis por abusos”.

También yo lo creo. La prueba es el sorpasso del Papa a cualquier atajo que no asuma como punto de partida el encuentro convocado por Francisco para febrero de 2019, con todos los presidentes de las conferencias episcopales del mundo, con el fin de hacer frente al escándalo de los abusos de manera global. La urgencia de medidas en el caso norteamericano puede bloquear un necesario discernimiento. No sólo importan las medidas, las elecciones que se hagan, sino el modo en que se lleven a cabo, la naturaleza y la calidad de las deliberaciones que dan lugar a las elecciones. Por desgracia, las posiciones de los hombres no se orientan a buscar la verdad cuando son superiores los intereses involucrados. Y aquí hay muchos intereses en juego, de un modo especial la credibilidad de una institución en horas bajas.

Para cambiar las cosas ante la escabrosa realidad de los abusos sexuales son necesarias la sensibilidad y la capacidad de respuesta, un verdadero acto de prudencia capaz de determinar los aspectos más importantes para decidir qué hacer. Mantener el cinismo hipócrita de la duplicidad de vida, el fracaso de llevar vidas fragmentadas por parte de clérigos centrados en convertir en derechos sus propios deseos, inconscientes de sus desórdenes y de sus consecuencias, es una actitud despreciable para el individuo y para la propia institución, además de injustificable para los agraviados, tan determinados como indefensos para sublimar y resignificar su amarga experiencia. No será suficiente ninguna norma si se olvida el tipo de persona que queremos ser, si no se considera la construcción de un futuro coherente donde haya exigencia absoluta en la jerarquía en su compromiso por la formación de dignos educadores morales que no constituyan una rémora para la evangelización de la Iglesia.

La denuncia social ya he tenido lugar: existe un fuerte rechazo, una condena moral unánime, una pérdida del miedo a denunciar la manipulación de la voluntad por la intimidación y la coacción, una necesidad de externalizar el dolor oculto durante tanto tiempo. La ley para el abusador y la terapia para el abusado realizarán su labor de reparación, siempre deficitaria. La Iglesia está concernida en esta hora crucial a un acuerdo a gran escala sin el cual es imposible llegar a la certitud, a conclusiones prácticas compartidas. El error y la falibilidad, pensaba Aristóteles, suelen proceder de deliberaciones donde uno se apoya en sus solas fuerzas. Si esto vale para cualquier persona aislada, todavía es más necesario destacar la peligrosidad del error cuando está en juego no ya un miembro sino el Cuerpo entero, la consecución de bienes comunes, donde las personas no pueden definir su sitio, como pretende el episcopado norteamericano, sin redefinir también el lugar en sus vidas de esos bienes que esperan conseguir. El papa Francisco impone a la Iglesia norteamericana, dividida y apremiada por respuestas rápidas, y a la Iglesia universal, no menos exigida, una estrategia global de actuación, podando demandas de intereses locales, marcando como horizonte de actuación la reunión del mes de febrero para un autogobierno capaz de preservar y conseguir la necesaria reparación, justicia y bien de cada uno de los miembros que afecta y hace sufrir al Cuerpo entero.