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Naturaleza e historia

¿Sabías que en España hay una isla conocida como la "bonita" y que pocos turistas han descubierto?

El viajero que llega sin expectativas suele marcharse con la idea de haber encontrado un lugar único; quizás porque su belleza no grita, simplemente permanece

¿Sabías que en España hay una isla conocida como 'la bonita' y que pocos viajeros han descubierto? La Palma

Viajar a La Palma tiene algo de descubrimiento, de hallazgo casi personal, porque aunque forma parte del archipiélago canario y comparte océano, clima y acento con sus vecinas, esas llamadas islas; mantiene un carácter propio que se reconoce nada más aterrizar, cuando el avión se acerca a una montaña que parece surgir de golpe desde el mar y uno comprende que está llegando a un territorio pequeño, pero enorme en relieve, con apenas algo más de 700 kilómetros cuadrados y cumbres que se elevan por encima de los 2.400 metros.

Desde la ventanilla se dibuja una geografía abrupta de barrancos, laderas verdes y crestas volcánicas que anuncian lo que luego se confirma al pisar tierra, una isla que cambia de aspecto en muy pocos kilómetros y que propone un juego constante de contrastes, del norte húmedo cubierto de vegetación al sur oscuro marcado por los volcanes, del pino canario a la laurisilva, de las nubes que se derraman por las cumbres al brillo del Atlántico en la costa occidental.

Playas y calas para desconectar

El turista que aterriza en La Palma que llega pensando en las imágenes típicas de playas abarrotadas se lleva una sorpresa agradable, porque aquí, el mar se vive de otra forma y la mayoría de los arenales ofrecen espacio, silencio y una sensación de calma que resulta difícil de encontrar en otros lugares del planeta. La arena es negra, fina y cálida, fruto de la historia volcánica de la isla, y el agua mantiene una temperatura suave durante gran parte del año, lo que permite bañarse en invierno en días despejados y disfrutar del paseo a la orilla en cualquier estación.

Los Cancajos, cerca del aeropuerto, suele ser la primera toma de contacto para muchos viajeros. Etse lugar combina paseos muy tranquilos. Los Nogales recompensa a quien baja hasta ella con un escenario espectacular de acantilados y espuma blanca. En la vertiente oeste, Puerto Naos, Charco Verde o Tazacorte se convierten en espacio al caer la tarde, cuando el sol se hunde detrás del horizonte y el cielo se tiñe de colores suaves que invitan a sentarse y disfrutar del paisaje. Más al sur, las piscinas naturales y la playa de Echentive, en Fuencaliente, recuerdan que la lava no solo destruye, sino también crea nuevos rincones donde el océano entra con fuerza y deja charcos maravillosos.

Reserva de la biosfera

A medida que uno se aleja de la costa entiende por qué toda la isla fue reconocida como Reserva de la Biosfera por la Unesco, una distinción que se nota en la cantidad de senderos, miradores y espacios protegidos que aparecen en cualquier recorrido. En el centro se abre la Caldera de Taburiente, un gigantesco anfiteatro natural formado por paredes que superan los 2.000 metros de altura y un fondo surcado por barrancos, cascadas y pinares de un verde intenso donde el olor a resina será tu fiel acompañante.

La entrada habitual se hace por el mirador de Los Brecitos o por el barranco de las Angustias y, en cuanto se avanza unos kilómetros, el ruido del coche desaparece y queda solo el sonido del agua, los pájaros y el viento. En algunos puntos, las rocas muestran tonalidades rojizas, amarillas y oscuras que revelan distintas capas de lava y ceniza, un libro de geología al aire libre que no necesita demasiadas explicaciones para impresionar.

En el noreste, el bosque de Los Tilos ofrece una experiencia muy distinta aunque igual de intensa, con senderos húmedos, follaje y laurisilva que forma túneles naturales donde apenas entra la luz directa. Este rincón fue el primer espacio de la isla declarado Reserva de la Biosfera antes de que la protección se extendiera a todo el territorio, y mantiene ese ambiente de joya botánica que se descubre con calma, subiendo poco a poco hasta los miradores donde se observa cómo la niebla se enreda en las copas de los árboles.

Un cielo oscuro que convierte la noche en parte del viaje

Cuando cae la noche, la isla cambia por completo y el protagonista es el cielo. Sobre el Roque de los Muchachos -punto más alto de la isla- se extiende uno de los observatorios astrofísicos más importantes del mundo, con el Gran Telescopio de Canarias y otros instrumentos punteros que aprovechan uno de los firmamentos más limpios del mundo.

No hace falta ser astrónomo para disfrutarlo, de hecho, muchos viajeros se conforman con subir de día hasta los miradores de la cumbre, asomarse a la Caldera de Taburiente desde lo alto y sentir cómo el mar de nubes se arremolina a sus pies. Por la noche, la experiencia se traslada a miradores astronómicos repartidos por la isla donde basta con llevar ropa de abrigo, apagar el móvil y dejar que los ojos se acostumbren a la oscuridad para descubrir la Vía Láctea cruzando el cielo y un número de estrellas difícil de imaginar para quien vive en una gran ciudad.

Senderos, mar y aire

La Palma es una isla que hay que recorrer a pie, en bicicleta o, incluso desde el aire, y por eso muchos turistas eligen como destino para unas vacaciones activas. La red de senderos señalizados abarca la isla casi por completo y permite diseñar recorridos de pocas horas o travesías de varios días que enlazan costas, cumbres y medianías. El GR 131, conocido como ruta de la Crestería, atraviesa el arco montañoso que bordea la Caldera y se dirige hacia la Cumbre Vieja, una jornada exigente pero inolvidable en la que se camina por encima de las nubes y se observan ambas vertientes de la isla.

Otras rutas más suaves se adentran en barrancos cubiertos de vegetación, atraviesan pequeños núcleos rurales y conectan ermitas, fuentes y antiguos caminos de herradura que durante siglos fueron la única forma de comunicación entre pueblos.

Sabores que saben a isla

Después de un día de caminata o de plaza, no habrá nada mejor que sentarse a la mesa a conocer La Palma desde su gastronomía. El queso asado elaborado con leche de cabra y, en muchos casos, ahumado con madera aparece en la mayoría de mercados y comercios, ya sea en piezas frescas, semicuradas o curadas que han sido reconocidas en distintos concursos. Los vinos completan la experiencia, con una malvasía dulce muy ligada a la historia comercial de la isla y caldos tintos y blancos procedentes de viñas plantadas en suelos volcánicos.

Los fogones insulares siguen apostando por platos de cuchara, que reconfortan en cualquier estación: potajes, garbanzas, carne de cochino acompañada de papas arrugadas y mojo rojo, pescado del día con salsa verde y ensaladas elaboradas con productos de la huerta local. En el apartado dulce, la lista es larga: almendrados, bienmesabe, rapaduras, marquesotes, quesillo o el famoso postre Príncipe Alberto se encuentran en obradores y pastelerías repartidos por toda la geografía palmera.

Calles y casonas

Pero La Palma no es solo paisaje, también es arquitectura, historia, calles y casonas. Todos miran al océano y recuerdan un pasado ligado al comercio y a la conexión con América y Europa. El casco histórico de la capital palmera está protegido y se presta a ser paseado sin la menor de las prisas, entrando en pequeñas tiendas, iglesias y plazas donde la vida de los palmeros sigue y ha seguido su curso lejos de las grandes ciudades y vaivenes de la ciudad.

En el interior, el Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves guarda la imagen que protagoniza la gran fiesta de la isla, la Bajada, que se celebra cada cinco años y transforma la capital en un escenario de actos religiosos, bailes y representaciones populares. Otras localidades, como Los Llanos de Aridane o Tijarafe, conservan templos con retablos barrocos y ejemplos de arquitectura tradicional donde no faltan aljibes, cubiertas de teja y patios cuidados que muestran cómo se ha vivido aquí durante generaciones.

La artesanía pone el broche a este patrimonio, con cerámica elaborada a mano siguiendo métodos ancestrales, bordados minuciosos, puros hechos con tabaco local y piezas de cestería confeccionadas con fibras vegetales. Cada objeto cuenta una historia y se convierte en recuerdo, alma y sello de la isla.