Julio entre Bambalinas

"Quizá la nueva normalidad no sea tan nueva, quizá se nos esté olvidando de dónde venimos"

Saúl N. Amado
Saúl N. AmadoAna Rodríguez de la Vega

Julio ha entrado de lleno sin darnos cuenta. Nos faltan meses, nos faltan estaciones. Extrañamos hitos que en el curso del presente año se han obviado y quedarán para la historia como aquel vacío dos mil veinte. En nuestras cabezas hemos perdido la noción del tiempo pasado y la expectativa de un momento futuro. Pero el año sigue, con sus altibajos, sus desplantes y desafíos, sus lágrimas y, quizás, pocas alegrías. Y julio ha llegado, y con él toda su enjundia, sus calores y colores. El verano.

Hartos de esta sensación "postpandémica", no nos resignamos a disfrutar de nuestro verano, de esa paz que inunda hasta la mente más inmunda con la simpleza de un suspiro parafraseando a Machado en Campos de Castilla: "Es una hermosa noche de verano".

Vuelven los balcones abiertos al anochecer, pero esta vez no resuenan aplausos, más bien son el termostato natural que regula la temperatura de nuestras casas tras un día con el mercurio en su punto álgido. Leves repiques de campanas y otra vez la vida en la calle, en los patios... Quizá la nueva normalidad no sea tan nueva, quizá se nos esté olvidando de dónde venimos hace apenas unas semanas y quizá no seamos conscientes de lo que nos puede deparar la semana que viene, agosto, septiembre... El otoño.

Los avances en una posible vacuna o solución a la pandemia cual bálsamo de Fierabrás han hecho despertar a los mercados. Y eso se nota. Los bancos y el turismo han disparado el Ibex casi un 4%, aunque el miedo a los tan manidos rebrotes y la posibilidad de un confinamiento selectivo hacen caminar a España como María, la protagonista del éxito noventero de Ricky Martín.

Los datos del paro nos muestran que siguen en aumento, con un junio que ya es historia con más de cinco mil desempleados, situándose la cifra total en más de tres millones ochocientos sesenta mil. Y con este panorama recibimos julio, recibimos los treinta y cinco grados a la sombra y las terrazas abarrotadas. Hay quien ya vaticina que estamos viviendo la crónica de una muerta anunciada, como la de los Vicario, Nasar y San Román de García Márquez, con un pueblo como personaje-testigo de cuanto acontece.

Pero julio nos ha traído también a un Fernando Simón motero, con chupa de cuero y mirada desafiante sobre una Harley Davidson -no entiendo de motos, pero creo que acerté- y un titular que reza “No podía perder la calma” al más puro estilo Just for Men. Aquel hombre de voz ronca y destrozada que salía cada mañana a dar una rueda de prensa sobre los datos de la Covid19 en nuestro país se ha convertido en la estrella de la pandemia, con calles a su nombre y camisetas con su cara, donde la sociedad se ha posicionado en dos bandos: tan querido como odiado. Sin términos medios ni miramientos. Todo se intenta mostrar como un período de crisis, leve recuperación en el horizonte y necedad, como ocurre en cualquier período de postguerra, porque ésta ha sido una guerra contra un virus: los datos económicos, desesperanzadores; Simón, como el capitán que ha salido airoso entre las batallas y ahora se le rinde honores; y los caídos en el frente, profesionales y víctimas de la pandemia, los grandes olvidados, reducidos a un mínimo recuerdo por parte de su país y un Gobierno que ha bailado con las cifras de fallecidos sin ningún pudor ni consideración por las familias afectadas que han tenido que ver cómo un día resucitaban miles de fallecidos respecto al día anterior y al siguiente, nuevamente, se ofrecía una cifra desorbitante de personas que perdían la vida a causa del virus.

No sé si vamos por el buen camino. De verdad. No lo sé... Siento que vivimos con un miedo que nos genera desconfianza ante cualquier acción u omisión, pero tratamos de enmascararlo con una mascarilla, una bermuda y un sentimiento de verano pleno. La incertidumbre me ha invadido sobremanera e intento mantener una calma positiva, pero me cuesta. Igual que me cuesta creer que volvamos a un confinamiento tan duro como el vivido, aunque los datos lleguen a ser realmente alarmantes, puesto que antes imperaban criterios sanitarios y ahora son decididamente económicos y políticos.

Julio sigue restando días a este año y es de lo único que podemos estar seguros.