Alfredo Pérez Alencart: “La poesía peruana dona sus frutos al castellano de todos, cual pródiga cornucopia”

El poeta hispano-peruano y colaborador de La Razón publica en su país natal la obra bajo el título “Perú en alto”

Portada de "Perú en alto" y Alfredo Pérez Alencart en la Amazonía peruana
Portada de "Perú en alto" y Alfredo Pérez Alencart en la Amazonía peruanaJacqueline Alencar

Tenemos noticia de una nueva antología de Alfredo Pérez Alencart, referencia poética en la Salamanca de Unamuno y Fray Luis de León, además del prestigio internacional de su obra, traducida a numerosos idiomas. Esta vez se trata de un libro editado en su país natal bajo el título “Perú en alto”, el cual acaba de publicarse por la Municipalidad de Lima, dentro de su programa Lima Lee. Para hablar con el reconocido poeta llamé a su despacho en el Campus Unamuno de la Universidad de Salamanca. Lo encontré al segundo intento, pues acababa de volver de sus clases en la Facultad de Ciencias Sociales, donde imparte lecciones de Derecho de la Seguridad Social y de Derecho Laboral Internacional y de la Unión Europea.

-Quería hablarle de poesía, de su antología peruana, y usted vuelve de explicar áridos temas laborales. ¿Cómo concilia el derecho y la poesía?

-Mejor de lo que el tópico lleva a prejuzgar al común de los mortales (se escuchan sonrisas al otro lado de la línea). En mi caso, elegí el Derecho del Trabajo porque es la especialidad que más próxima está a quienes deben realizar una labor a cambio de un salario. Precisamente, el pasado viernes 11 ofrecí una ponencia sobre las relaciones entre Derecho y Poesía, en el marco de un seminario celebrado en la Universidad Federal de Ceará (Brasil). Entonces cité, entre otros, ciertos versos del poeta Jeremías, el profeta bíblico: “Ay de quien construye su palacio,/ sus salones sin justicia ni derecho!/ Obliga a trabajar gratis a su prójimo/ sin darle el sueldo correspondiente”. Comprenderá que, en este y en muchos ejemplos que podría darle, la poesía no es esa fórmula con rimitas y suspiros, sino que sirve de argamasa para clamar contra inequidades, tropelías y demás injusticias. Tanto el Derecho como la Poesía tienen, como uno de sus fines principales, la proclamación de la justicia y la esperanza.

-Le agradezco por esta explicación tan distinta y, a la vez, bastante aleccionadora contra los tópicos. Ahora quisiera preguntarle por su antología “Perú en alto”, la misma que acaba de ser publicada por la Municipalidad de Lima. ¿Qué emociones o reflexiones le genera este hecho?

-Un buen cúmulo de ambas, además de varias asociaciones Lo primero que pensé fue en que los míos sí me recibieron, a diferencia del pasaje inscrito en el Evangelio de Juan. Otra asociación inmediata fue con la parábola del obrero de la viña: me convocaron en el último grupo del centenar de poetas latinoamericanos y españoles que han sido publicados por el Programa Lima Lee, y luego la mía fue la primera lectura del magnífico Festival Internacional de Poesía Perú 2020, gestado y dirigido por el poeta Harold Alva. En mi caso, entiendo que se debió a mi nacionalidad primera y no a esa afirmación de las Buenas Nuevas: “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”. Precisamente, constatando la loable labor de Harold Alva como gestor cultural, valorando su ímprobo esfuerzo desplegado para sacar adelante ese relevante festival, lo primero que se me ocurrió fue asociarlo con el pasaje que narra Marcos, cuando Juan y Santiago pugnaban por sentarse a ambos lados del Amado galileo, el Poeta mayor del Reino: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Alva ha servido a cien poetas, hasta el agotamiento. Por ello no escatimo gratitudes. Las envidias y mezquindades poéticas deben dejarse de lado.

-¿De lo que acaba de manifestar también se desprende una alegría por haber sido publicado en su Perú natal?

-Claro, y por ello me siento un privilegiado, porque mi transtierro ha sido voluntario y la Universidad de Salamanca se ha convertido en mi Casa para siempre. Pienso ahora en Vallejo, cuyos años en París fueron de ingentes penurias económicas. Pero ahí está su Poesía, rezumando excelencia por doquier y para siempre.

-¿Qué nos puede decir acerca de la poesía peruana? ¿Cuál su aporte a la literatura en lengua española?

-La poesía peruana dona sus frutos al castellano de todos, cual pródiga cornucopia. El escudo peruano tiene una cornucopia derramando monedas de oro, lo cual no se ajusta con la realidad de la pobreza de buena parte de mis paisanos. Deberían cambiar las monedas por palabras, versos saliendo al mundo, dejando constancia de su excelencia. Bastaría añadir que, en poesía y en nuestro idioma, hay un antes y un después de César Vallejo. Pero también deben sumarse los aportes de Alejandro Romualdo, quien, al margen de sus inocultables libros ‘La torre de los alucinados’ o ‘Poesía concreta’, escribió ‘España Elemental’ (1952), el mejor poemario sobre la España de posguerra. Y entre los ya fallecidos no pueden faltar nombres como Emilio Adolfo Westphalen (tan admirado por José Ángel Valente), Antonio Claros (fallecido en una calle de Almendralejo el año 2006), Blanca Varela, José María Eguren, José Watanabe, Arturo Corcuera, César Moro, Martín Adán, Antonio Cisneros, Carlos Oquendo de Amat, Eduardo Chirinos, Rodolfo Hinostroza, Sebastián Salazar Bondy, Jorge Eduardo Eielson…

-En la antología leo que un reconocido crítico literario de su país, Ricardo González Vigil, escribió sobre usted en el diario El Comercio, advirtiendo lo siguiente: “En el Perú no goza del reconocimiento que se merece como uno de los poetas más personales y admirables de los últimos lustros”. Eso fue hace una década. ¿Qué le sugiere hoy?

-Lo mismo que entonces, cuando él era catedrático de Literatura en la Universidad Católica: agradecimiento, toda vez que no seré yo quien valore lo que escribo. La poesía es una carrera de fondo y no conviene estar haciéndola correr deprisa. En cuanto a mi poesía, nunca he querido estar solicitando atenciones o complacencias, ni en Perú ni en otras partes del mundo donde tengo innúmeras amistades, muchas de las cuales me han preguntado, extrañadas, el por qué mis libros no se publican en editoriales de relumbrón o prestigio. No es que desdeñe a las mismas, pero ya llegarán, o no, pues eso es algo que no importa, al menos para mí, siguiendo la estela de los consejos que recibí de amigos-maestros como Gonzalo Rojas, Gastón Baquero, Alejandro Romualdo o Emilio Adolfo Westphalen… Al respecto, una mañana de julio de 1991, mientras caminaba por la pétrea Salamanca con Westphalen y, antes de llegar al edificio histórico de la Universidad de Salamanca donde se celebraba una semana dedicada a la poesía iberoamericana que yo coordinaba, le pregunté por qué no venía más seguido a España. Su respuesta fue parca, como solía ser él: “Sencillamente porque no me habían invitado antes, Alfredo. Ahora tú lo hiciste y aquí estoy, en tu universidad”.

-Efectivamente, compruebo que poco a nada desea añadir sobre los poemas incluidos en ‘Perú en alto’, pero ¿qué nos dice sobre los cinco poemas donde su padre está presente?

-Me aborda por un flanco vulnerable, y es que la herencia de mi padre me hizo rico mientras viva. No me refiero al dinero, que eso se gana despacio y se pierde al menor descuido. La riqueza que me donó a borbotones fue su tremendo ejemplo ético, el trabajo de todos los días, la credibilidad de su palabra y el trato digno a los trabajadores, algo que a otros poco importa, porque asocian riqueza a las monedas, como Judas. Veo que ha hecho un buen repaso de los textos que seleccioné. Hay dos poemas escritos cuando él estaba enfermo: “Un abrazo más” y “Las voces oídas”. Los mismos pueden ser asumidos por cualquier persona de cualquier país del mundo, pues tratan de sentimiento que atañen a todo ser humano. En los otros dos lo tengo muy presente tras su muerte: “En el andén” y “Padre de todo amanecer”, poemita este que fue traducido al inglés por Stuart Park y musicalizado y cantado por el israelí Así Mesquin. En el quinto, “La casa de mis padres”, están juntos Alfredo y Rosa, mis amados progenitores. A sus ochenta años, mi madre sigue siendo una hermosa rosa peruano-brasileña.

-Y ya que hablamos de padre y madre, le haré una pregunta difícil. ¿Por cuál país se decanta más, España o Perú?

-Soy peruano-salmantino, aunque poseo otras banderas de querencia y pertenencia. Peruano al completo, porque en mi país primero no hay contiendas de nacionalismos que desean desmembrarlo. Y más que español, me siento salmantino, por los siete lustros que vivo, siento y escribo a orilla del Tormes. Aquí tengo un modesto pisito, aquí me casé y aquí nació mi unigénito. También aquí escribí mis ejercicios de aprendizaje poético. Entre las otras banderas de pertenencia están Brasil (de donde emigró mi abuelo materno), Venezuela, Portugal, Asturias y Galicia (regiones de donde emigraron mis ancestros paternos), principalmente. Entre las de querencia están mi esposa Jacqueline, mi hijo José Alfredo, mis hermanos, primos y sobrinos, además de varios amigos-hermanos.

-Retomando lo de su antología, ¿debe serle grato que la misma pueda ser de descarga libre?

-Efectivamente, eso me llena de gozo. De esta forma, muchos podrán acceder a una pequeña muestra de lo que llevo escrito con acento peruano. Por ello debo reiterar mi agradecimiento a Harold Alva, presidente del Festival Primavera Poética, y al equipo de Cultura de la Municipalidad de Lima, donde destacan Juan Pablo de la Guerra, Florentino Díaz y Celeste Asurza. También a Melissa Pérez, por el diseño de portada.