
Opinión
Black Fráidei y otras tragedias lingüísticas
"Hay una diferencia entre evolución y memez, y conviene reconocerla antes de que un día nos despertemos celebrando el After-Saint-Week-Brunch-Sale sin saber exactamente qué demonios estamos festejando"

Pienso que hay semanas en las que el calendario parece sufrir un ataque de cosmopolitismo barato. ¡Estamos en una! De repente, un viernes cualquiera se disfraza de Black Friday, sí las rebajas de toda la vida se vuelven flash sales, y nuestra lengua castellana queda relegada al papel de espectadora en su propia casa... Qué locura... ¡Como si no tuviéramos palabras de sobra!
Nos empeñamos en importar etiquetas como si fueran tecnología punta, cuando en realidad son simples envoltorios con impostada sofisticación.
No es que los anglicismos sean un enemigo a abatir. Claro que no. Son útiles cuando nombran lo que aún no sabemos nombrar. Pero otra cosa es rendirse a la moda lingüística como quien acepta una pulsera fluorescente en una discoteca del 2005. Por cierto ( sonrío) mira que eran horteras. Hay una diferencia entre evolución y memez, y conviene reconocerla antes de que un día nos despertemos celebrando el After-Saint-Week-Brunch-Sale sin saber exactamente qué demonios estamos festejando.
La ironía es que el castellano, con su músculo expresivo, podría describir cualquier oferta, tentación o desvarío consumista con la precisión de un cirujano y la gracia de un bufón. Tenemos palabras que abrigan, rascan, iluminan y rematan. Pero preferimos el neón importado, quizá porque da la sensación de que estamos participando en una fiesta global donde todos gritan lo mismo, aunque nadie entienda muy bien por qué.
En realidad el Black Friday es solo el síntoma más visible. Pero detrás viene el Cyber Monday, el Late Checkout, el Call to Action, el Mindfulness para respirar y el Burnout para dejar de respirar metafóricamente. Creo que a este paso, lo único que quedará en español será el resoplido con el que acabamos cada jornada. Sí, el mismo que encaja perfectamente al ver tanta imbecilidad.
Seguramente no se trata de levantar una trinchera purista. Se trata de recordar que una lengua no se conserva por decreto, sino por uso consciente. Por elegir palabras que aporten sentido y no solo apariencia. Por decidir que no hace falta travestir un descuento para que parezca más irresistible. Lo nuestro también tiene encanto, ritmo y precisión. Que si queremos, podemos. ¡A tomar vientos los anglicismos!
Ah, se me olvidaba, los que caen en la comedia involuntaria de pronunciar Black Friday como Black Fráidei, con la misma seguridad con la que un turista perdido pide direcciones en un idioma que no domina. Son unos "genios". No, no solo perdemos la lengua: perdemos la dignidad fonética, que es un bien escaso y muy codiciado.
Al final, lo verdaderamente moderno (lo revolucionario, incluso) es llamar a las cosas por su nombre. Y si ese nombre está en castellano, mejor. No por nostalgia, sino por coherencia. Porque una lengua viva no es la que se llena de anglicismos sin ton ni son, sino la que elige con criterio qué tomar prestado y qué defender como propio. El resto, ya se sabe, son memes lingüísticos de temporada. Y las temporadas pasan, pero las palabras bien usadas permanecen...
Por cierto, antes de que algún académico me acuse de herejíafonética, pido disculpas (muy formales, muy sentidas y muy de rodillas metafóricas) a los pesos pesados de nuestra lengua: sí, a Cervantes, que bastante tuvo con aguantar molinos; a Lázaro Carreter, que ya advirtió de tantas desviaciones; y a María Moliner, cuya mirada severa aún se siente cuando uno fuerza un anglicismo donde no toca. Perdón por las irreverencias. Aunque, seamos sinceros, peor sería llamarlas sorrys.
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