Palabras que se apagan

Recientemente, la Real Academia Española, siempre atenta a cumplir con su lema («Limpia, fija y da esplendor»), ha tenido a bien abrir las puertas del diccionario a 229 palabras que andaban por ahí sin cobijo institucional. Algunas de evidente actualidad, como zasca, arboricidio, antitaurino o casoplón, otras de procedencia foránea, como brioche, brunch o annus horribilis, y un catalanismo: casteller. No es que las nuevas les quiten el sitio, porque en el diccionario caben todas, pero también las hay que se despiden. Compañeras de toda la vida y muy antiguas, que se quedan las pobres olvidadas porque la gente no se acuerda de ellas y caen en desuso, que es el final más triste y doloroso para una palabra. Con el riesgo que eso supone de que los señores académicos les cuelguen en su correspondiente entrada del diccionario el cartelito de ant. (antiguo, anticuado, antiguamente) o desus. (desusado), terribles abreviaturas que anticipan el desastre inminente, fatídicas etiquetas que proclaman como un sambenito imborrable su trágico destino. Las causas son múltiples y variadas, pues la lengua es un organismo vivo y, como tal, en constante renovación. Muchas de las palabras olvidadas lo son porque aquellos objetos o conceptos a los que dan nombre han dejado de tener vigencia o están en trance de desaparecer. Tal es el caso, por ejemplo, de algunos oficios (arriero, chamarilero, trapero), de muebles o enseres domésticos (jofaina, alacena, vasar, cántaro, fardel) o de la escuela (ábaco, encerado, pizarrín, tintero) y de vocablos empleados como improperio (zote, zoquete, gaznápiro, mastuerzo, mequetrefe, papanatas, zascandil) o para expresar determinados estados de ánimo (cáspita, diantre, pardiez, recórcholis). Y lo mismo ocurre con las referidas a labores y utensilios tradicionales de la agricultura y ganadería: trillar, uncir, arado, guadaña, hoz, yugo, alforja...

Dos curiosidades, para terminar: la palabra más larga del diccionario es electroencefalografista, y las más buscada de las que no están, «cocreta».