Diario de una cuarentena con niños: día 7

El amor (adolescente) en tiempo de coronavirus

Mi sobrina Emma lleva dos horas llorando desconsoladamente. Vive en el piso de abajo y todos los vecinos podemos escuchar su llanto cuando vamos al lavabo, que da al patio de luces.

La consellera de Salud, Alba Vergés, acaba de decir que esperan un crecimiento “brutal” de casos de coronavirus este fin de semana. Y el alcalde de Igualada, Marc Castells, asegura que la situación se agrava, pasa de grave a muy grave y que tiene la sensación de que lo que sucede en el Conca de Òdena es un “spoiler” de lo que sucederá en Cataluña los próximos días.

Aunque el llanto es menos contagioso que una carcajada, si Emma no calla, acabaré llorando yo también. Abro la ventana del lavabo y le pego un grito a través del patio de luces. “¡Emma, ¿por qué lloras?”, pregunto. Al rato, me responde: “Porque no puedo ver a Pau”.

Pau es su novio, su primer y último amor, el hombre de su vida, el futuro padre de sus hijos, el hombre con quien quiere pasar la cuarentena. Pero como tiene 15 años, los únicos hombres con los que comparte el confinamiento son su padre y sus hermanos de 12 y 6 años.

Hace una semana, antes de que Pedro Sánchez decretara el estado de alarma, Emma preguntó a su madre si podía ver a Pau. Vive a dos calles de su casa. Como Pau había estado con fiebre y dolor de tripa, le dijo que podían verse pero a un metro de distancia. “Podéis quedar en un cruce y habláis, eh, sólo habláis". La respuesta la oí desde casa. “Si no puedo abrazarle y besarle, pues no quiero verle”, soltó, antes de dar un portazo que hizo temblar como un flan todo el edificio.

Después de decretar el estado de alarma, Pau se escapaba cada tarde como un Romeo y desde la calle le decía cosas bonitas a Emma, que hacía el papel de Julieta, apoyada en la ventana. A los vecinos nos entretenían sus conversaciones. Pero la obra de teatro duró una sesión. La policía local pilló al chico y le dijo que hiciera el favor de volver a su casa y no salir. No le puso multa porque quien más quien menos se acuerda de su primer amor y esa pasión tan desesperada e inexplicable que hierve en el interior y que altera grotescamente el mundo exterior.

Mis hijos, de cinco y tres años, se asoman al patio de luces para decirle a Emma que no llore. “¡No me entendéis!”, responde. Tiene razón. Los adolescentes necesitan socializar hasta cuando van al baño. Se meten dos, cuatro o seis en un lavabo y siguen contándose batallitas mientras se turnan la taza del wc. Y cuando están enamorados por primera vez sólo quieren pasar el tiempo besándose. Sus besos duran más que “Lo que el viento se llevó”.

Emma se asoma ala ventana y cuando ve a su prima Bruna (3 años) con la cara de color verde, se echa a reír. -¿Qué haces pintada así?-, pregunta con los ojos rojos de tanto llorar.

Que ¿qué hace? Eso me pregunto yo. Estaba pasando el aspirador, porque el polvo se está acumulando y empiezo a estornudar por culpa de los ácaros que se están reproduciendo en casa más rápido el el SARS-Cov-2 fuera. Y cuando he acabado, me encuentro a Bruna pintándose la cara con un rotulador verde. ¿Es una venganza porque en el episodio anterior de este diario dije que me había convertido en el increíble Hulk y me había comido a mis hijos para tenerlos controlados dentro de mi barriga mientras acababa de escribir un texto?

Prefiero pensar que es una de esas casualidades curiosas, inexplicables, que siguen pasando en tiempos de confinamiento por un virus, para recordarnos que no estamos dentro de un videojuego, ni de una película castastrófica. Que la vida sigue. Dicen que para hacer la cuarentena más llevadera es mejor pensar en el presente. Hago caso, pero me tomo una licencia, pensar que en un futuro Emma y Pau se volverán a besar. Por ahora, es la única certeza que tengo.