Diario de una cuarentena con niños: Día 11

“Las nubes están hechas de nata”

“NO ES-TO-Y MAL DE LA CA-BE-ZA”. “NO ES-TO-Y MAL DE LA CA-BE-ZA”. Bruna, la hija de tres años corre hacia mi gritando que no está mal de la cabeza.

“¿Quién dice eso?”, cuestiono mientras aporreo las teclas del ordenador. Es lunes e intento teletrabajar. Detrás, viene el culpable: Marc. “¿Y ahora qué pasa?”, me pregunto, “¿por qué le dices esto a tu hermana pequeña?”, le pregunto. “Porque me estaba pegando”, responde. Trabajar no sé, pero estos días de confinamiento sí me voy a sacar un Máster en Gestión de Conflictos.

Prefiero no saber quién empezó. Porque si pienso en eso que dicen los psicólogos de que los niños son esponjas y están siempre tomando nota mentalmente de lo que los adultos hacemos, descubriré que la culpa quizás es mía.

No hace ni cinco minutos que le acabo de decir a su padre que le arranco la cabeza si se sorbe los mocos una vez más. No soporto ese ruido. Qué cuesta coger un pañuelo. Los psicólogos dicen que la ansiedad y el no saber qué puede pasar, añaden un plus de tensión en las relaciones humanas que pueden derivar en actitudes de rechazo a los otros. No creo que acabemos como las 300 parejas de la ciudad china de Dazhou, que cuando terminó la cuarentena corrieron al juzgado a pedir el divorcio. Antes de la cuarentena tampoco aguantaba ese ruido.

Estos días todos nos queremos más, pero también nos peleamos más. Los niños, igual que los padres, también sienten ansiedad, extrañeza y cansancio, pese a los esfuerzos que hacemos para que el confinamiento sea divertido y no se convierta en el día de la Marmota. Pero los planes no salen siempre como uno había imaginado.

La idea de hoy era explicar otra historia. El profesor de gimnasia que Marc y Bruna habían tenido en la guardería salía por la tele. ¡Qué suerte! Y había imaginado que era un “planazo” despertarnos y hacer ejercicio. El año pasado Marc y Bruna iban a uno de los últimos parvularios que quedaban en Barcelona. El Carles Riba. Pero las dinámicas de un mundo donde el pez grande se come al chico, acabaron con este pequeño colegio que daba clases de 0 a 5 años y donde las profesoras tenían un minuto cada día para contarte qué han hecho los niños. Marc y Bruna todavía se acuerdan del colegio. Le tienen un cariño enorme. Su profesor de gimnasia, Cesc, que con el resto de docentes organizaban un festival con bailes, canciones que no se ven ni en Eurovisión, se fue a Operación Triunfo (OT). Y este lunes ha empezado un programa para ponerse en forma en la 2 de Televisión Española. Las madres estamos muy contentas porque Cesc es muy majo.

No he necesitado despertador para estar a las 9.00 horas frente al televisor vestida con zapatillas y leggings. A ver, seamos sinceros, hace nueve días que no me pongo falda y no me saco los leggings, el chándal de nuestros tiempos.

Estaba entusiasmada con la idea de hacer ejercicio los tres juntos, mientras el padre trabajaba. El teletrabajo nos recuerda que hoy es lunes. “¡Qué planazo, eh chicos!”, he insistido cuando estábamos frente al televisor con Cesc en calza corta haciendo sentadillas. Está claro que no pensaban como yo, porque al minuto, Marc se ha tirado en el sofá y Bruna me ha tirado hacia la cocina. ¡Quiero desayunar!, ha dicho.

Vale, mañana desayunaremos primero y lo volveremos a intentar.

Fuera llueve. ¡Qué bien! No es ninguna ironía. En la serie “The Rain” (Netflix), el virus está en las gotas de lluvia y si te mojas, la has pifiado. Nosotros no podemos ir al colegio ni al parque, pero podemos sacar la cabeza por la ventana. Como cada día me cuesta más que hagan deberes, aprovecho para preguntar un poco de Ciencias Naturales. “¿Por qué llueve?”, les digo. “Porque las nubes chocan”, responde Marc. Y, “¿de qué están hechas las nubes?”, sigo. “¡De nata!”, me ha respondido Bruna entusiasmada.

“¡De nata! ¡Cómo que de nata!, exclamo”. No es una respuesta graciosa si llevas un año leyéndole un libro que se llama “¿Por qué llueve?” (Usborne) y has abierto unas 200 veces una nube de cartón que dice: “las nubes están llenas de gotitas de agua que cuando se juntan y pesan mucho caen en forma de lluvia”.

“¿Pero cuántas veces te habré leído el libro, Bruna?", pregunto.

Ha sido entonces cuando he perdido un tornillo, la he sentado en una silla y le he hecho un examen sobre cuentos que le he leído. ¡Qué disgusto pensar que no me escucha cuando le leo, con la ilusión que le pongo! A ver, "¿de quién es la casa a la que entra Ricitos de Oro?”. “De unos ositos”, responde. Respiro aliviada. Y “¿de quién escapan los tres cerditos?”. “De los tres ositos”, dice. Meeeec, no es correcto. “De la Vieja Cuaresma”, me vacila. Cuando ha visto que me crecían los colmillos y me salía pelo del pecho, me ha dicho, “no, no, no, de un lobo”.

Le hago la última. “¿De qué era la casita que Hansel y Grettel encuentran en el bosque?”. “De chocolate, de chuches, de piruletas, de nubes...”, responde. “Esta sí que la sabéis, eh golosa”, le digo. “¿Vamos a comer caramelos?”, propone Marc. Me parece una buena idea. A ver qué encontramos en la cocina.

Sé que en la cocina no encontraré nada, pero debajo de la almohada de su padre, sí. Hace días que me esconden que han comprado un arsenal de caramelos. Se los reparten a escondidas y cuando les veo masticar me dicen que comen fruta. No están mal de la cabeza. Son más listos que el hambre.