¿Dónde está la cabeza de Murnau?

Este verano se cumplen cinco años de la desaparición del cráneo del autor de “Nosferatu”

La última novela ganadora del Premio Biblioteca Breve, “Noche y océano” de Raquel Taranilla (Seix Barral), tiene entre sus páginas un suceso real que todavía no ha sido solucionado. Se trata de la desaparición del cráneo del director de cine Friedrich Wilhelm Murnau, el autor de “Nosferatu”, uno de los títulos clásicos de la cinematografía de terror. Este verano se cumplirán cinco años de uno de los misterios sin resolver del séptimo arte, un robo del que todavía no se tienen todas las respuestas ni la pieza robada.

En julio de 2015, en el bucólico cementerio de Stahnsdorf, una parroquia protestante de Berlín, alguien aprovechó la noche para saquear la última morada de Murnau. Quien fuera debía ir acompañado porque tenía mucho trabajo y debía hacerlo rápido. No solo debía adentrarse en la tumba sino que también debía abrir el pesado ataúd de hierro en el que desde 1931 se guardan los restos de uno de los mejores cineastas alemanes de todos los tiempos. Cuando los profanadores abrieron con una palanca el féretro allí apareció envuelto en un sudario lo que quedaba del hombre que rodó “Nosferatu”, “Amanecer” o “Tabú”, entre otros títulos. Se sabe, por la información proporcionada por el gerente del cementerio tras el suceso, que se iluminaron con velas para poder cometer el delito. Precisamente eso es lo que ha hecho que se especularan los rumores de algún oscuro ritual satánico alrededor de esos huesos. Desde entonces no se ha sabido nada más de la cabeza de Murnau.

El misterio siempre ha rodeado la figura de este cineasta muerto prematuramente. El origen de todo esto está en el rodaje en 1921 de “Nosferatu”, una película de culto y que sigue siendo admirada por muchos cinéfilos en todo el mundo. Murnau quería llevar a la gran pantalla “Drácula”, la célebre novela de Bram Stoker, pero no pudo hacerse con sus derechos. Así que optó por crear su propia versión del texto, algo que supieron ver los herederos del escritor irlandés. En este sentido, la viuda de Stoker logró que se destruyera el negativo original de la película, aunque afortunadamente se hizo una copia.

Entre agosto y octubre de 1921, Murnau se puso tras la cámara para contarnos una historia que sucede en 1838 cuando un joven matrimonio, Hutter y Ellen, residente en Wisborg que ve como su rutina queda trastocada al ser enviado el marido a Transilvania. Su misión es cerrar un trato con el conde Orlok, un personaje siniestro y oscuro que lo acoge en su castillo. Al día siguiente, tras pasar la noche en la morada de Orlok, Hutter despierta con unas marcas en el cuello, aunque no le da importancia pensando que debe haber sido obra de un mosquito. Poco a poco, irá descubriendo que en realidad se encuentra en manos de un vampiro. De esta manera empezará a temer por la seguridad de su esposa que ha quedado sola en casa.

El cineasta se rodeó de un equipo en el que destacaba, en el papel del conde Orlok, el actor alemán Max Schreck. De él se decía que era un vampiro al que Murnau había pagado para que se metiera en la piel de Nosferatu, especialmente en la impactante escena final de la película. Todo era una leyenda porque en realidad Schreck era un actor que procedía del teatro donde conoció las mieles del éxito, aunque fue el cine lo que más lo atrajo. Murnau vio en él a la persona que quería como su protagonista. Su interpretación y el maquillaje ayudaron a que creara uno de los personajes más inolvidables del séptimo arte. Max Schrek murió en 1936 y fue enterrado en una tumba anónima en Berlín.

La carrera de Murnau se trasladaría a Hollywood donde tuvo en Greta Garbo a una de sus principales aliadas. Allí realizó en 1931 “Tabú”, pero no pudo ver su estreno. Una semana antes de la presentación murió en un accidente de coche. Según Kenneth Anger, todo ocurrió mientras el cineasta estaba manoseando al chico que le hacía de chófer. Especulaciones aparte, pocos fueron los que acudieron a su funeral, entre ellos una muy afligida Garbo. Antes de que el cuerpo fuera repatriado a Alemania, la actriz logró que se hiciera una máscara mortuoria de su amigo y que la acompañó durante sus años como actriz en Hollywood. Cuando dejó el cine, Greta Garbo donó esa cabeza a la familia Murnau. Hoy se expone en el Filmmuseum de Berlín.

De la otra cabeza, la real, la de hueso, nunca se volvió a saber nada.