Suzanne Valadon, la pintora que dio luz a los posimpresionistas

Gran figura de la belle époque, hizo de modelo de Renoir y Toulouse-Lautrec, creo obras magnas y enamoró a Satie y Degas, pero al morir la prensa sólo la nombró madre y esposa de artistas

Si existe un rostro que defina el impresionismo y la bohemia parisina de finales del XIX ese es el de Suzanne Valadon. Su persona puede verse en múltiples cuadros, de la célebre “La resaca”, de Toulouse-Lautrec, a “El baño sagrado”, de Pierre Puvis de Chavannes, que la multiplicó ocho veces en el lienzo. Renoir la inmortalizó en “Los paraguas”, “La trenza” o “El almuerzo de los remeros", donde aparece dos veces. También la vemos joven y radiante en el óleo “En el baile”, de Berthe Morisot. Y en muchos cuadros, pero esta modelo no se contentaba con que la admiraran a ella, también quería que admirasen lo que era capaz de hacer. Así, con con el tiempo, se convirtió en una de las grandes pintoras posimpresionistas y en el personaje más fascinante de la belle époque.

Su vida refleja cómo el mundo no cambia nunca, sólo se repite una y otra vez bajo pequeñas variaciones de vestuario y costumbres. Hija ilegítima de una lavandera suiza de apenas 16 años, pronto se escapa de cualquier escuela o control, abandona su casa en Bessines-sur-Gartempe y vagabundea por la montaña de Montmatre en busca de pequeños trabajos con los que ayudar a su madre. A los diez años la vemos en las calles con un lápiz pintando en el suelo o en la pared porque no tiene dinero para comprar folios o pinturas, y mucho menos para pagarse clases de dibujo. A partir de los once trabaja como limpiadora, florista en una funeraria, niñera, lo que haga falta, hasta que se instala en un puesto de frutas y verduras en Les Halles. Allí, para pasar el tiempo, hace malabarismos con manzanas y equilibrismos entre los diferentes puestos o se sube sobre los caballos gritando que es la hija ilegítima del poeta Françoise Villon, el gran bardo burlón y borracho del siglo XV. Imposible no verla, imposible no preguntarse quién es esa fuerza de la naturaleza.

Su belleza, su excentricidad y su mismo delirio llaman la atención de todo el mundo, incluso del responsable de los circos Mollier, que con 15 años le pide que venga con él y sea su nueva trapecista. Ella acepta, por supuesto, y en poco tiempo domina una disciplina que la convierte en una de las atracciones principales del espectáculo. Allí la descubren pintores como Toulouse-Lautrec o Henri Puvis de Chavannes, que se enamoran de ella y la pintan hasta la extenuación. La amistad con Toulouse-Lautrec incluirá un intento de suicidio y con Chavannes se especulará que sea el auténtico padre del niño que tendrá con 16 años. Tal y como le sucedió a su madre, será una adolescente con hijo, y tal y como le sucedió a su madre, este niño será su mejor regalo y su mayor castigo, pues será el también pintor Maurice Utrillo.

En realidad, su nombre era Marie-Clementine Valade, pero Toulouse-Lautrec empieza a llamarla Suzanne como broma porque siempre está rodeada de artistas viejos, como la Susana bíblica. Cuando empieza a ser conocida como trapecista, un accidente en uno de sus números hace que caiga violentamente al suelo y pierda movilidad en las caderas. Esto la obligará a retirarse como artista de circo, circunstancia que lamentará siempre, pero la ayudará a volcarse en su trabajo como modelo, donde empezará a estudiar a fondo cómo trabajan estos grandes maestros. Su capacidad de observación es prodigiosa y es capaz de copiar cualquiera de sus cuadros. Sin embargo, ella no quiere imitar a nadie, no quiere estar a la sombra de nadie, sólo quiere fraguar su propio destino. “Tuve grandes maestros. Me quedé con lo mejor que tenía cada uno, de sus enseñanzas y ejemplos. Pero no copié a nadie. Me encontré a mi misma, me hice a mí misma, y dije lo que tenía que decir”, aseguraba recordando aquellos años.

Su nombre empieza a convertirse en leyenda. “Eres uno de los nuestros”;, le dice Edgar Degas al ver sus primeros apuntes, dibujos al carboncillo de su hijo Utrillo. Degas, esquivo y asocial, encuentra en el talento y jovialidad de esta jovencita un rayo de luz, y se convierte en su principal mentor, quien la invita a dejar el dibujo y atreverse con la pintura. “Era tan salvaje y orgullosa que no quería pintar. Quería que mi paleta cromática fuera tan simple que no tuviese que pensar en ella”, aseguraba.

Empiezan sus años locos de bohemia. Junto al periodista catalán Miguel Utrillo, quien dará su nombre a su hijo, frecuentan todos los bares y cafés emblemáticos de la época, como “Le Chat Noir”. Se pasea por Montmatre con un ramo de zanahorias acompañada por una cabra, a la que dice dar de comer sólo sus pinturas malas. Sigue su rueda de conquistas. Un día después de conocerla, el músico Erik Satie la pide en matrimonio, pero ella lo rechaza. Destrozado, el músico, al que no se le volverá a conocer relación alguna, le dedica varias composiciones como la enigmática “Vexations”.

Al final, enamora al banquero Paul Moissis, con el que se casará y vivirá una tranquila vida burguesa durante trece años. Eso sí, su marido le permite mantener un piso para ella como estudio en Montmatre para seguir pintando. Degas le compra sus primeros óleos y en 1894 se convierte en la primera mujer en exponer en el salón de la Société Nationale des Beaux-Arts.

Sin embargo, su tranquilidad y buena estrella siempre tiene un pero, su hijo Maurice Utrillo, que a los doce años ya es un alcohólico y a los quince es detenido frecuentemente debido a sus estallidos de violencia. Su carácter depresivo deriva en un talento increíble para la pintura, que su madre intentará promover y aplaudir para darle una dirección a su vida. Y lo conseguirá.

Un amigo de su hijo, un electricista aspirante a pintor llamado André Utter, de tan sólo 21 años, se convertirá en el segundo marido de Valadon, que dejará a su banquero totalmente fascinada por la belleza y juventud de este hombre. Con 44 años, añora a esa chiquilla que se denominaba a si misma “diablo” y que se paseaba sin miedo por las calles de París como un gato salvaje. Utter le devolverá el brillo perdido y comenzará la etapa más fructífera de su vida en un estudio en el número 12 de la calle Cortot, que compartirá con su hijo y con Utter. Éste acabará por convertirse en su marchante. Los tres se denominarán “el trío infernal” y se dedicarán en cuerpo y alma a su arte.

Las obras de Valadon fluctúan entre diversas fuentes de inspiración. De pronto puede realizar un retrato como los de Modigliani como coloristas desnudos como en “Lanzando a la red”, donde pinta por primera vez desnudos masculinos en un cuadro que recuerda a Cezanne. En “Adán y Eva”, se pinta a ella y Utter en un idílico jardín del edén, y sus autorretratos marcan siempre sus ojos vivos y su fuerte mentón, de mujer que se ha hecho a si misma.

Al morir, en 1937, a los 72 años, la acompañaron Derain, Picasso o Braque, entre muchos otros. La esquela del periódico habló de la madre de Maurice Utrillo y de la esposa de Utter. En ningún momento defendió su rol principal dentro del posimpresionismo. Como mujer, se le aparta del discurso oficial, y su papel de modelo que ha aprendido de los maestros la hace ser un personaje sospechoso. Para el canon, sólo es una anécdota graciosa. En los últimos años esto ha ido cambiando, pero con lentitud. ¿Será el siglo XXI por fin el siglo de Suzanne Valadon? Nunca es tarde si la dicha es buena.