Cómo comprar la Estatua de la Libertad

George C. Parker se ganó la vida vendiendo algunos de los monumentos más célebres de Nueva York

Un detalle de la estatua de la libertad, en una imagen de archivo
Un detalle de la estatua de la libertad, en una imagen de archivo

Aunque parezca increíble, algunos de los más importantes emblemas de Nueva York han estado en venta y han sido comprados en varias ocasiones durante el mismo año. Le pasó a la Estatua de la Libertad, al puente de Brooklyn o el Metropolitan Museum fueron ofrecidos y, lo más sorprendente, es que hubo quien los adquirió, aunque nada de todo eso parecía ser cierto. Esta es la historia del genio que logró vender Nueva York. Se llamaba George C. Parker y está considerado como uno de los mejores estafadores de todos los tiempos.

No se crean que Parker empleaba argumentos de peso, que mostraba documentación notarial fuera de dudas que demostraba, por ejemplo, que el Madison Square Garden era suyo. El truco era sencillo. Parker se limitaba a acercarse a una persona de cierta solvencia económica y decirle: “¿Quiere comprar la Estatua de la Libertad barata?” Aunque parezca una broma, fueron varios los ingenuos que picaron el anzuelo. Para comprender esta historia tenemos que remontarnos un poco atrás.

Nuestro hombre nació en Nueva York en 1860, siendo uno de los ocho hijos de una familia procedente de Irlanda. Pronto descubrió que la manera más rápida para lograr dinero era convertirse en un estafador y lo mejor era hacerlo a lo grande. Así que decidió vender propiedades que no tenía, todas ellas iconos de Nueva York, la ciudad en la que desarrolló su picaresca carrera delictiva. Para ello empleó varios seudónimos, como James J. O'Brien, Warden Kennedy, Mr. Roberts o Mr. Taylor. La variedad de nombres iba en paralela a la diversidad de monumentos e inmuebles de todo tipo que podían ofrecerse a adinerados incautos.

El puente de Brooklyn fue el objetivo principal del estafador al ofrecerlo varias veces. Lo conseguía vender sin problema. Parker aseguraba al comprador que haciéndose con el puente se quedaba con una mina de oro. “Piense solamente en la cantidad de dinero que logrará simplemente instalando un peaje. Pienso que se lo puedo dejar por 5.000 dólares”, decía como argumento para cerrar la transacción. Otra frase recurrente era “por ser usted, se lo dejo a mitad de precio”. Eso hizo que, tras la peculiar adjudicación, al día siguiente, la policía tuviera que ir hasta el puente para impedir que se instalaran las casetas de peaje del ingenuo nuevo propietario del puente de Brooklyn.

Otra de sus más sonadas estafas estuvo vinculada con quien el general que fue presidente de Estados Unidos: Ulysses S. Grant. Parker se hizo pasar por el nieto de este icono de la historia estadounidense, asegurando que su familia tenía graves problemas económicos para mantener el mausoleo en Nueva York. Lo mejor que podía hacer era venderlo a alguien que fuera lo suficientemente respetuoso con la memoria de ese héroe y abonara 30.000 dólares. De esta manera, el nuevo propietario podría poner una taquilla y convertir esa tumba en una especie de feria.

Las cosas le iban tan bien al estafador que decidió crear una oficina en la que poder manejar sus estafas inmobiliarias. El dinero entraba a espuertas, lo que hizo que Parker pudiera ser propietario de cuatro mansiones en Nueva York.

Sin embargo, empezaron a surgir algunas denuncias y la policía de Nueva York empezó a indagar sobre el caso. El negocio del estafador incluso se extendió hasta incluso espectáculos teatrales y de otra índole, todos ellos de éxito, cuya propiedad ofrecía impunemente. Las cosas se complicaron cuando vendió, otra vez, el puente de Brooklyn a tres tejanos. Era 1928. Tras la transacción, los inversores comprobaron leyendo el periódico que habían sido víctimas de un estafador llamado George C. Parker. El timador tuvo suerte porque los tejanos decidieron no arreglar el tema con las armas y ayudaron a que se materializara el arresto.

No era la primera vez que tenía problemas con la Justicia. Ya había sido condenado tres veces por fraude y en 1908 pudo escaparse saliendo sin problema del juzgado tras ponerse el abrigo y el sombrero del sheriff. Pero en 1928, con 68 años, las cosas habían cambiado y el tribunal no iba a tolerar que Parker volviera a hacer de las suyas. Esta vez fue condenado a cumplir una pena de cadena perpetua en la prisión de Sing Sing. Durante los escasos ocho años que pasó entre rejas, Parker se convirtió en el preso favorito de los guardias de la cárcel, siempre curiosos de conocer sus muy peculiares aventuras. Murió en 1936 y todavía hoy en día lo consideran uno de esos mitos de la cultura popular estadounidense.