Arthur Conan Doyle y sus saludos al fantasma de Oscar Wilde

Los dos escritores se conocieron en una cena y congeniaron, tanto, que al morir el dramaturgo, el padre de "Sherlock Holmes" fue buscando a su amigo en el más allá para mandarle su afecto

Oscar Wilde y Arthur Conan Doyle
Oscar Wilde y Arthur Conan DoyleLa RazónArchivo

El 30 de agosto de 1889, Arthur Conan Doyle quedó en el lujoso Hotel Langham de Londres con el editor americano Joseph M. Stoddart, que dirigía la revista “Lippincott’s Monthly Magazine”. Su intención era pedirle al autor de Sherlock Holmes un relato para su revista. Conan Doyle estaba entusiasmado, aunque sólo fuera porque nunca nadie le había pagado tanto por una de sus historias.

Stoddart era una especie de cazatalentos de jóvenes autores británicos y había organizado una pequeña recepción con algunos de sus elegidos. Entre los otros invitados a la cena estaba el aclamado escritor, que ya había publicado “Estudio en Escarlata” y el dramaturgo Oscar Wilde, ya el celebrado fenómeno que encandilaba y escandalizaba por igual a la puritana sociedad victoriana. Los dos escritores se sentaron juntos e iniciaron una incesante conversación.

Sorprende que dos personalidades tan antitéticas como las de Conan Doyle y Wilde, uno un doctor de aspecto saludable y aficionado a los deportes, el otro un hombre de letras decadente y para muchos depravado, se llevaran bien, pero lo cierto es que se respetaban como autores y congeniaron al instante. Y aquella velada se convirtió en indispensable para ambos.

Estudio en escarlata” no había sido un gran éxito y la idea de continuar con las aventuras de Sherlock Holmes no era algo que Conan Doyle tuviese en mente, pero la persuasión de Stoddard y de Wilde hizo que iniciase la escritura de “El signo del cuatro”, momento en que el personaje alcanza alturas míticas. Por su parte, Wilde aceptó el encargo de escribir otra novela de carácter decadente, la única que escribiría en su vida, y que sería “El retrato de Dorian Grey”.

En su autobiografía, Conan Doyle recordaría aquella noche como “una velada dorada”. Ambos estaban en la treintena y tenían más cosas en común de las que aparentaban. Wilde le comentó que le había gustado su novela “Micah Clark”, así como su personaje Sherlock Holmes, mientras que Doyle comentó tras aquel encuentro que: “Debo añadir que nunca en la conversación con Wilde observé un rastro de tosquedad de pensamiento”. Según los expertos en el personaje del detective, el personaje de Thaddeus Sholto, que aparece en “El signo del cuatro”, no era más que un homenaje a la figura de Wilde, un hombre amanerado y decadente, al que Conan Doyle describe como “el campeón del escepticismo”.

Sin embargo, pocos años después, en 1895, Wilde iniciaba el juicio que acabaría con él en la triste cárcel de Reading. Moriría en París en 1900, difamado y abandonado completamente por la misma sociedad que le había reverenciado. Entre los que se apartaron de él fue Arthur Conan Doyle, que siempre tuvo un oculto sentimiento de culpabilidad por no haberse preocupado por su amigo.

En 1923, la medium irlandesa Hester Dowden comenzó a proclamar que había tenido una serie de largas conversaciones con el espíritu inmortal de Oscar Wilde. La espiritista ya aseguraba que había hablado con Shakespeare y Francis Bacon, entre otros. Dowden llegó a asegurar, que el dramaturgo le había llegado a dictar una obra de teatro inédita. Además, proclamaba que Wilde no podía leer en el más allá, así que sólo lo podía hacer a partir de los ojos de la gente viva. “Me dijo que la muerte es lo más aburrido que te puede ocurrir, con excepción de casarse o cenar con un maestro de escuela”, afirmó Dowden.

La espiritista empezó a repetir la opinión del fantasma de Wilde respecto a diferentes escritores del momento. No le gustaba nada Thomas Hardy, que era “demasiado rústico”, y apreciaba a George Meredith, George Bernard Shaw o John Galsworthy. De James Joyce aseguró que no le gustaba nada su “Ulises”, ya que era “un gran pedazo de estiércol y vómito caliente”. Joyce se tomaría su venganza en su siguiente novela, “Finnegan’s Way”, burlándose tanto de Wilde como de la espiritista.

Estas conversaciones se hicieron públicas y llegaron a oídos de Conan Doyle, ya por entonces entregado a su fascinación por el espiritismo. En seguida, escribió una carta directa a la medium en la que le pidió encarecidamente que le diese recuerdos a Wilde de su parte. Por último, le pidió una última y extraña ocurrencia. “Dígale, por favor, que me honraría si pudiese venir mi casa y entrase en el cuerpo de mi esposa, que es una excelente escritora automática. Hay algunas cosas que me gustaría comentarle”.

Nunca se supo qué quería comentarle. El escritor moría en 1930 envuelto en una espiral sobrenatural en busca de respuestas del más allá. Lo que sí se sabe es que la influencia de Wilde en su Sherlock Holmes es notable, y que su tendencia epigramática empezó el día en que conoció al autor de “El abanico de Lady Windermere”.

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