J. D. Salinger: Cuando tuvo que comer con Laurence Olivier después de ridiculizarle en “El guardián entre el centeno”

Sus nervios eran tales después de la cena que acto seguido tuvo que escribir una carta al actor asegurándole que las opiniones de Holden Caufield sobre él no era exactamente las suyas

J. D. Salinger con su adorado, o no, Laurence Olivier
J. D. Salinger con su adorado, o no, Laurence OlivierLa RazónArchivo

No hay razón alguna para ser cobarde al escribir. Los pusilánimes e inseguros en la vida real se vuelven desvergonzados y temerarios. No hay enemigos, no hay consecuencias, no hay repercusiones más allá de la página. Pero a veces no es así, no es tan sencillo, y los escritores se han de enfrentar cara a cara con sus valientes opiniones. Entonces más les vale reunir todo el valor real que puedan o la castaña puede ser de campeonato. O al menos eso es lo que le pasó a J. D. Salinger, el esquivo autor de “El guardián entre el centeno”, que después de ridiculizar al actor en la novela, de pronto se encontraba de pronto en su elegante apartamento en el londinense barrio de Chelsea.

El éxito de la novela fue extraordinario, pero su publicación difícil. A principios de 1951, su editorial le ha pedido varias reescrituras, incluso le ha aconsejado un cambio de título. Por su parte, la mítica publicación “The New Yorker” se ha negado a serializar la novela y publicarla. Cansado de todo el estrés relacionado con la novela, acepta como agua de mayo la invitación de su editor inglés, Jamie Hamilton, de venir a Londres y presentar su novela. La editorial Hamish Hamilton piensa publicar la novela tal cual y aceptar su petición de que no haya ninguna foto suya ni resumen biográfico en el libro.

El 20 de mayo de 1951 Salinger llega a Londres, donde Hamilton le tiene preparado todo una serie de actividades para que no se aburra ni un segundo. Entre las muchos planes en su agenda está ir a ver dos obras de teatro de George Bernard Shaw, “Antonio y Cleopatra” y “César y Cleopatra”, ambas protagonizadas por Laurence Olivier y Vivian Leigh. Hamilton le asegura que son buenos amigos suyos. Al acabar la obra, el matrimonio invita a Hamilton y a Salinger a una reunión de amigos en su casa de Chelsea y Salinger empieza a temer que el icónico actor haya leído lo que Holden Caulfield tiene que decir de él.

El adolescente de la novela odia el cine y lo demuestra en varias ocasiones, como cuando comenta uno de los grandes éxitos de 1948 “Hamlet”, protagonizado por Olivier. “La verdad es que no logro ver qué hay de tan maravilloso en sir Laurence Olivier. Era demasiado como un maldito general en la película, en lugar del tipo de tío triste y jodido que es Hamlet”, señala. Por supuesto, para Holden Caulfield Olivier será otro de esos adultos falsos.

Durante la cena, el único que se sentirá falso es Salinger, que no puede olvidar lo que ha escrito sobre un hombre que le está tratando con tanto cariño. Siente que cuando lo lea, Olivier se dará cuenta de lo hipócrita y falso, siempre falso que es. Porque el único adulto del que en realidad se ríe Holden Caulfield es el propio J. D. Salinger, un hombre tras cuya fachada esconde un completo desastre emocional.

La velada será muy agradable y él la recordará como una noche “muy elegante”. Sin embargo, de camino a casa, el fantasma de las palabras de Caulfield le volverán a torturar. Se ve obligado a escribir una larga carta a Hamilton para que le pida disculpas a “Los Oliviers”, como así llaman al matrimonio. EN ella insiste una y otra vez que las opiniones de Caulfield no tienen por qué coincidir con las suyas y que por favor no se lo tengan en cuenta. Olivier se ríe cuando Hamilton le cuenta las preocupaciones de Salinger y le escribe otra carta asegurándole que, por su parte, no ocurre nada.

¿Aquí acaba la historia? No, por supuesto que no, y esta anécdota sirve para comprender por qué Salinger adora tanto escribir como detesta publicar. Escribir no genera tensiones ni produce consecuencias, publicar sí que lo hace. Salinger pasará siete semanas en Inglaterra. El 5 de julio cogerá el Mauritania y llegará a Nueva York el 11 de julio, sólo cinco días antes de la publicación de “El guardián entre el centeno”. El abrumador éxito de la novela no le calmará los nervios sino que se los exacerbará.

Unos meses después se enterará que los Oliviers han cogido un barco y llegarán en una semana a Nueva York. No sólo eso, sino que han podido ver al flamante gran escritor. Aquí la imaginación neurótica de Salinger vuelve por sus fueros. Dios, lo ha leído, lo ha leído, y querrá explicaciones, piensa. Antes de tener que mirar cara a cara a su nuevo amigo y evitar la vergüenza, decide escribir otra carta, pero esta vez no irá a través de Hamilton, sino que le escribirá directamente a Olivier. Al actor le encanta ver el efecto que tiene en ese pobre hombre.

El 1 de septiembre escribe: “Con riesgo de parecer terriblemente profético, por no decir presuntuoso hasta el infierno, me gustaría, es más, me encantaría, decirle lo que pienso personalmente de su capacidad como actor. Creo que es el único actor en el mundo que actúa en una obra de Shakespeare con una ternura y familiaridad especiales... casi como si estuvieses actuando en una obra de un hermano mayor del que conoces de arriba abajo y lo comprendes por completo”.

Si una cosa está clara es que esta carta no la escribe Holden Caulfield, la escribe J. D. Salinger, el adulto, el falso, el temeroso de Dios. En 1983 le escribirá una carta a un amigo en que comparará la capacidad actoral de Olivier con la de John Wayne. “¡Phony!”