George Washington, el presidente que persiguió indignado a sus esclavos fugados

Ona Judge trabajaba entre su plantación en Virginia y la sede del gobierno en Filadelfia, ya que existía una ley en el estado que liberaba a todos los esclavos si pasaban medio año en ella

George Washington, el primer presidente de los Estados Unidos, icono intocable de la gran democracia norteamericana, tenía un alto sentido de la propiedad, y eso incluía a sus esclavos. Nunca entendió que algunos se fugasen, si él pensaba que los trataba de fábula. En Estados Unidos, como en todas partes, parece que el concepto de propiedad va mucho antes que la libertad.

En 1796, la mujer del presidente de los Estados Unidos, Martha Washington, tenía a su cargo una joven esclava llamada Ona Judge, que actuaba como su doncella personal. ¿La azotaban? No. ¿La humillaban haciéndola dormir en los establos? No. ¿Le negaban la libertad de movimientos y la forzaban a trabajar sin emolumento alguno? Por supuesto, y si esto no es ya un crimen execrable y horroroso, nada lo es. Cuando Washington pensó en regalársela a su nieta como regalo de matrimonio, Judge tuvo suficiente y decidió escapar del hombre más poderoso del país.

Judge nació en la plantación Mount Vernon que poseía Washington en el estado de Virginia en 1773. Su madre, Betty, era una de sus esclavas y su padre era Andrew Judge, un sastre inglés que trabajaba allí a cambio de comida y alojamiento. Costurera con talento, a los diez años empezó a trabajar en la mansión junto a la familia Washington

El 4 de febrero de 1789, Washington es proclamado presidente y en abril viaja a Nueva York, en aquel momento la capital federal. Martha tenía en muy alta estima a Oona, y deciden llevarla con ellos a su nuevo emplazamiento, algo que volverá a suceder en 1790, cuando el gobierno se traslade a Filadelfia. Oona siempre estará detrás de su ama, quien la comprará ropa y la llevará con ella al circo. Sin embargo, antes de que se cumpliesen seis meses de su estancia en Filadelfia, la familia Washington trasladaba otra vez a Oona a la plantación. ¿La razón? Existía una ley en el estado de Pensilvania que proclamaba que todo esclavo que viviese más de seis meses en la ciudad era inmediatamente libre.

Washington teme que sus esclavos sepan de esta ley y busquen aprovecharse de ella. En una carta del 12 de abril de 1791, ordena que se traslade inmediatamente a sus esclavos a Mount Vernon y que regresen unos días después, para que nadie pueda decir que han vivido seis meses seguidos en la capital. Entre sus preocupaciones estaba que algunos de sus esclavos vinieron como herencia del primer matrimonio de Martha Washington con Daniel Parke Custis, un rico terrateniente fallecido en 1757. Si sus esclavos se escapaban, Washington estaría obligado a pagar la pérdida en impuestos.

El 21 de mayo de 1796, Oona sabe que se va a convertir en el regalo de los Wahington a una de las nietas de Martha, Elizabeth Custis Law, por su próxima boda. Así que pocos días antes de que la vuelvan a llevar a la plantación decide escaparse. No será una fuga rebuscada, simplemente abrirá la puerta y se irá mientras la familia está cenando. En Filadelfia tiene amigos entre la comunidad afroamericana libre y la ocultan hasta que encuentran un barco que la lleve lejos. El barco será el “Nancy” capitaneado por John Bowles que le llevará a Portsmouth, New Hampshire. “Nunca di su nombre, hasta que murió, no fuera que le castigaran por ayudarme”, explicaría años después en una entrevista.

La fuga es sencilla, sí, pero lo que provocará abrirá la caja de Pandora. “Mientras ellos hacían las maletas para volver a Virginia, yo hacía las maletas para irme, no sabía donde, sólo que no volvería jamás a la plantación”, comenta. Cuando Martha se da cuenta de la “traición” cometida por Oona no se lo cree, no puede creer que una persona desee más su libertad que vivir bajo las comodidades que ella le ofrece. Por tanto, entra en cólera y asegura que la han secuestrado o un seductor francés la ha confundido. No puede haberse fugado, dice, porque “hasta tenía una habitación para ella sola”. La Primera Dama insiste a Washington que publique un anuncio en los periódicos ofreciendo una recompensa de 10 dólares a quien se la devuelva.

En el anuncio se la describe como una “chica clarita mestiza, con muchas pecas, ojos muy oscuros y pelo rizado y negro. Es de mediana estatura, delgada y delicada, y va con buenas ropas”. No tardarán mucho en recibir noticias de alguien que obedece a esa descripción. La localizarán en Porstmouth y empezarán los intentos de capturarla y volverla a esclavizar.

El gran George Washigton se toma la fuga como algo personal y hace que el Secretario del Tesoro, Oliver Wolcott, se encargue personalmente del asunto. En una carta a Joseph Whipple, el responsable de aduanas en Portsmouth, le exigirá que haga lo que haga falta para “devolver la propiedad de la señora Washington”. El asunto cada vez es más turbio y la incapacidad de todas estas personas de mirar a un ser humano más allá de una mera propiedad también.

En este caso, no ocurrirá como en “Doce años de esclavitud”, nadie raptará a Ona, pero Whipple sí llegará a entrevistarse con ella con la estratagema de que está interesado en contratarla como sirvienta. Incluso le organiza un transporte para llevarla a Virginia, donde tiene su casa, pero Ona, avisada de las formas de actuar de este personaje, no aparecerá nunca a la reunión fijada.

Whipple le comentará la situación al Secretario del Tesoro y le asegurará que no puede raptarla o los muelles se convertirían en un infierno con disturbios y saqueos. Aún así, Oona sabe que sus enemigos son demasiado poderosos y se ofrece a volver con los Washingtons sólo si le prometen libertad tras la muerte de Martha Washington. Al presidente le indigna tal proposición, como si fuese inconcebible negociar con una propiedad. “Entrar en tal compromiso, como ella sugiere, es totalmente inadmisible... no sería ni político ni justo premiar la traición y la infidelidad con la prematura preferencia de una futura libertad y descontentar las mentes de sus hermanos sirvientes quienes, por su constante compromiso con nosotros, merecerían mucho más este favor”; escribirá Washington a Whipple.

En otra carta, el presidente pedirá a Burwell Bassett Jr, sobrino de su mujer, que trabaja en el senado de Virginia,que viaje a Portsmouth y utilice la fuerza, si es necesario, para llevar a Oona de vuelta a Mount Vernon. Para prevenir de estos últimos ataques desesperados, el 8 de enero de 1797, Oona se casará con John Staines, un sastre afroamericano libre. La pareja tendrá tres hijos y ella podrá vivir en libertad, con todas las dificultades y pobrezas que esto pueda conllevar.

Su caso se hizo famoso y su testimonio fue muy buscado por todos los periódicos abolicionistas, donde confesó que los Washingtons castigaban de forma brutal a los esclavos que se rebelaban contra su autoridad y cómo engañaron una y otra vez ley del estado de Pensilvania de 1780 que liberaba a todos los esclavos que residiesen en el estado durante seis meses. Preguntada si se arrepentía de haberse fugado tras las dificultades que tuvo que superar como mujer libre ella exclamó rotundamente que no. Oona moría el 25 de febrero de 1848 en Greenland, New Hampshire, libre.