Thomas Chatterton, el primero de los poetas adolescentes que se quitó la vida con 17 años

Los románticos le adoraban, Oscar Wilde decía que era uno de los grandes, pero la pobreza le llevó a la desesperación y se suicidó hace ahora 250 años

"La muerte de Thomas Chatterton", el cuadro de Henry Wallis donde utilizó a George Meredith como modelo
"La muerte de Thomas Chatterton", el cuadro de Henry Wallis donde utilizó a George Meredith como modeloLa RazónArchivo

El 21 de agosto de 1770 un jovencísimo poeta llamado Thomas Chatterton caminaba junto a un amigo por el centro de Londres. Aquel día Chatterton iba más callado de lo habitual y su aspecto pálido y desfallecido le daba un aire de suma tristeza y desesperación. Mientras caminaban por el cementerio de la iglesia de San Pancracio, distraído, no se dio cuenta de que delante suyo había el agujero de una tumba recién cabada. Cayó al fondo aturdido, pero sin alterarse, como si no le hubiese pasado a él. Su amigo se rio. “Dame la mano, me gusta pensar que he rescatado a un genio de la tumba”, le dijo. Chatertton le dio la mano y al salir contestó: “Mi querido amigo, estoy en guerra con la tumba desde hace ya un tiempo”.

Tres días después, el poeta se quitaba la vida al ingerir una dosis mortal de láudano. Sólo tenía 17 años y nueve meses. Algunos decían que había sido una sobredosis, que en realidad sólo intentaba curar y mitigar los estragos de una enfermedad venérea, pero el suicidio concuerda más con el relato de su vida.. No era más que un niño, pero sus versos ya le habían asegurado para siempre un lugar elegido en la historia de la literatura.

Thomas Chatterton nació sin padre, fallecido al poco de nacer, en 1753. A pesar de su extrema pobreza, será un niño muy estudioso y pronto destaca sobre los demás. A los doce años ya publica bajo el seudónimo Thomas Roley, que asegura que es un monje benedictino del siglo XV. Por increíble que parezca, nadie pone en duda el extraordinario hallazgo de estos poemas hasta que pide consejo y mecenazgo al escritor Horace Walpole. Éste se ofrece a publicarlos, si es cierto que son inéditos, pero cuando descubre quien se los manda es un niño de 16 años, sabrá la verdad y entrará en cólera. Para un hombre orgullos, nada peor que saberse burlado por un chico de apenas 16 años.

Las esperanzas de Chatterton, de nuevo, se rompen. Sus ansias de grandeza sólo son la sublimación de su deseo de no volver a pasar hambre. “Píntame un ángel, con alas, y una trompeta que pueda anunciar al mundo mi nombre”, dirá con tan solo ocho años a su hermana. Es a partir de entonces que se encierra en un pequeño ático con libros y más libros y forja su imaginación basada en leyendas medievales. A los doce es capaz de imitar a la perfección a cualquier autor de los siglos XII, XIV y XV. Pero esto le genera una extraña melancolía, como si echase de menos épocas pretéritas, o haya empezado a crear un fantasma tan real, que la pena le estremezca al saber que no es real y hay veces que cae en lloros desconsolados.

El niño, como si intuyese su rápido final, empieza a escribir con nervio, durante horas y horas, como si estuviese en trance. Su madre lo mira de lejos y hay veces que no lo reconoce, que no sabe quién es, le llama y no responde, como si alguien hubiese tomado el cuerpo de su hijo. ¿Es entonces Roley quien escribe?

A los 17 años abandona su Bristol natal y se instala en Londres, el único lugar donde el mundo puede darse cuenta de su grandeza. Empieza a trabajar en periódicos, a escribir textos políticos. Una semana antes de morir, hasta escribe una parodia del tópico del joven suicida que cuatro años después sublimará Goethe con el “Werther” e iniciará todo el movimiento romántico. Y entonces, cansado de la vida, ansiado de ser de verdad Roley, se quita la vida.

Cuatro días después, sólo cuatro, llegará a Londres el doctor Thomas Fry en busca “del joven poeta-impostor”. Impresionado por su talento, quiere convertirse en su protector y ayudarlo económicamente. Quiere empezar a publicar sus escritos. Cuando se entere del trágico desenlace, de la broma macabra del destino, irá al célebre ático del poeta, reunirá todos los papeles y se los comprará a la madre. Fry será el encargado de asegurarse que Thomas Chatterton y Thomas Roley vivan juntos para siempre.

Con el inicio del romanticismo, el niño poeta se convertirá en su gran icono. “Chatterton, el chico maravilloso, el alma insomne que falleció en su orgullo”, dirá Wordsworth. “Es un héroe inmaculado y absoluto”, exclamará Dante Gabriel Rosetti. “Es el joven más extraordinario que he conocido nunca”, asegurará Samuel Johnson. “Es la demostración que puede existir al mismo tiempo un completo genio y un completo canalla en un niño antes de convertirse en hombre”, afirmará avergonzado Horace Walpole, su gran enemigo.

Shelley, Coleridge, Oscar Wilde, todos le reverenciarán. Antes de Rimbaud, antes de Lautremont, antes de Radiguet, él será el sumum del poeta adolescente, “No mostró genio, sólo precocidad. No creo que hubiese escrito mejor si hubiese vivido. Y creo que él lo sabía, o no se hubiera matado. Los grandes genios, como los grandes reyes tienen demasiadas cosas en las que pensar como para suicidarse”, dirá el impresentable crítico William Hazlitt, que nacerá ocho años después de la muerte de Chatterton. Roley le atormentará eternamente con su risa en su tumba como venganza.