Puigdemont rompe el espacio postconvergente: así es la crisis entre JxCat y el PDeCAT

Las claves para entender la batalla en el universo heredero de Convergència con la vista puesta en la presidencia de la Generalitat

Puigdemont en uno de los actos de la campaña para las municipales de JxCat.
Puigdemont en uno de los actos de la campaña para las municipales de JxCat.

La postconvergencia sufre este fin de semana una especie de implosión definitiva, una ruptura entre sus dos almas con la suma añadida de una tercera fuga externa: el Partit Nacionalista de Catalunya, alumbrado ayer en Girona y capitaneado por Marta Pascal, antísesis de Carles Puigdemont en el espectro soberanista. JxCat, las siglas personalistas que el expresident ideó para la campaña de 2017, y el PDeCAT, formación heredera del partido de Pujol y Mas, libran la enésima batalla para adueñarse o resistirse a abandonar un espacio que debe plantar cara a Esquerra en las elecciones. La lucha por el poder, un fortín que Convergència y sus sucesores han sabido mantener salvo por el paréntesis del tripartito, está en juego.

Desde el nacimiento del PDeCAT en 2016, partido que ahora dirige David Bonvehí, la eterna discusión es cómo articular una opción ganadora en las urnas con una estructura orgánica repleta de cargos electos y poder local vinculado a la extinta Convergència. Un factor importante para entender el problema de base es el hecho de que el PDeCAT nunca ha concurrido a unos comicios con sus siglas. JxCat fue la marca política escogida para ganar en las urnas, una opción personalista de Puigdemont repleta de independientes cuyos derechos electorales, eso sí, son propiedad de la formación de David Bonvehí. Aquí reside otra de las claves del entuerto: los recursos económicos y la infraestructura técnica dependen del partido.

En paralelo se sitúa la Crida Nacional per la República, un partido que el expresident impulsó para tratar de aunar a todo el independentismo. Capitaneado por Jordi Sànchez (exlíder de la ANC y condenado por el 1-O), fracasó en su intento de captar a republicanos y dirigentes antisistema, aunque ahora ejerce de contrapunto perfecto del PDeCAT y elemento de presión a favor de JxCat.

Y es que el objetivo de Puigdemont y sus afines es que todo el espacio postconvergente -la Crida, los independientes y el PDeCAT- se integre en JxCat y sus siglas se acaben convirtiendo en un nuevo partido controlado por el expresident y con un candidato efectivo a la presidencia de la Generalitat escogido por él mismo (suenan Jordi Puigneró, Joan Canadell o Damià Calvet). La asamblea constituyente de Junts debería celebrarse en tres meses y en un plazo no superior al medio año se abordaría la posible disolución del PDeCAT. Un movimiento apoyado este fin de semana por los presos y por altos cargos electos afines a Puigdemont, muchos de ellos con carné del PDeCAT. De momento, la dirección de Bonvehí se mantiene en el “no” pese a las presiones externas e internas, cada vez más asfixiantes.

Su temor es que la ruptura culmine y deje posibles imágenes como la de Puigdemont rompiendo el carné de la formación heredera de la extinta Convergència. Y el miedo de JxCat es que el PDeCAT trate entonces de explorar posibles alianzas con el PNC de Marta Pascal, la escisión moderada contraria a la vía Puigdemont. Una fuga por la derecha que podría distanciar al expresident de su lucha con ERC en las urnas.