Claude Neal, el linchamiento que avergonzó a todo un país

Acusado de matar a una joven blanca, se organizaron patrullas para quitárselo a la policía y se anunció en los periódicos su ejecución y tortura, que llegó a congregar hasta 7.000 personas

“Le dije al chico que dejase en paz a esa mujer blanca”. Estas son las palabras de una de las personas que en 1934 vivían en el condado de Jackson, en Florida y que fueron testigos del espectáculo más atroz que se recuerda en el infame historial de linchamientos de los Estados Unidos, la tortura y la muerte del joven granjero Claude Neal.

Su gran pecado, conocer a Lola Cannidy, una chica blanca de 19 años. Aunque las claves del caso todavía no están claras, se sabe que Claude y Lola se conocían, incluso que tenían una secreta relación amorosa. La tarde del 18 de octubre de 1934, ella es vista por última vez. Por la mañana, su familia empieza la búsqueda y la encuentran detrás de unos arbustos, muerta y con signos de haber sido violada. En seguida empieza la persecución del culpable y todo lleva a dos hombres, uno blanco y otro negro, Claude Neal.

La policía lleva a Neal, un joven granjero de 23 años que vivía cerca de los Cannidy, a un bosque donde le intimidan e intentan sacar una confesión. La noticia de la muerte de Lola parece sobresaltar a Neal que después de un largo interrogatorio rodeado de cuatro agentes consiguen una confesión. El hombre blanco espera en comisaría y apenas le interrogan. Ya tienen a un culpable y dan por zanjado el caso. Encierran a Neal y esperan que la justicia se haga cargo de él.

Las especulaciones sobre la realidad del caso de quién mató a Lola son muchas. El rumor circula que Neal y ella vivían una historia de amor, que por supuesto ocultaban a todo el mundo. Algunos dicen que alguien de la familia de ella la mató por amar a un hombre negro. Otros, en cambio, aseguran que fue Neal quien lo hizo después de un impulso celoso porque Lola tenía miedo que su familia acabase por enterarse y había decidido acabar esa noche la relación. En cualquier caso, no se investigó, sólo se forzó una confesión.

Al enterarse que ya hay culpable, la familia quiere venganza y organiza un grupo para asaltar la comisaría y llevarse a Neal a la fuerza. Quieren lincharle, práctica que en el sur vive en una especia de alegalidad. La policía, al enterarse, monta a Neal en un coche patrulla y buscan ocultarlo en cualquier pueblo cercano hasta que arranque el juicio. Sin embargo, 30 coches, con unas cien personas, empezarán una persecución que llevará a Neal hasta el estado de Alabama. Lo cierto, es que vaya donde vaya, no tiene escapatoria. La furia del hombre blanco ya se ha despertado y en el sur nadie la aplaca hasta que consigue lo que quiere.

La mañana del 26 de octubre, más de 100 personas entran en la cárcel de la población de Brenton, Alabama, a unos 200 kilómetros del condado de Jackson, y cogen a Neal. Llevan armas, cuchillos, antorchas, incluso dinamita. Lo suben a uno de sus coches y se dirigen de vuelta a Mariannah, el nombre del pueblo donde vivía Lola. Allí comienzan las salvajes palizas al hombre negro. Una vez en el pueblo, anuncian a todo el mundo que al día siguiente, a las ocho, se realizará el linchamiento público. Los medios lo anuncian en sus periódicos y sus radios. Intentan que el gobernador de Florida, el respetable señor Dave Sholtz lo impida, pero éste se niega diciendo que las autoridades locales lo tienen bajo control.

A la hora convenida hay más de 3.000 personas de todas partes preparadas para ver la ejecución popular. Hay tanta gente que los líderes del linchamiento, llamados “la comitiva de los seis” se llevan a Neal a un campo apartado para torturarlo antes de llevarlo ante la masa por si esta se descontrola. Allí le cortan sus genitales y le hacen comer las partes seccionadas. “¡Y le gustó!”, ríe uno de los testigos que presenció las torturas. “Luego le hicimos cortes en los lados y en el estómago con los cuchillos, mientras alguien iba cortando algunos de sus dedos de las manos y de los pues. Para acabar, le marcamos la piel con hierros candentes”, afirmaría otro de los presentes,

Una vez acabadas las torturas, unen los pies de Neal con una cuerda y atan la cuerda al coche. Entonces lo arrastran a la granja de los Cannidy, lugar donde espera la comitiva. En esos momentos, ya hay cerca de 7.000 personas, pero Neal ya ha muerto. El padre de Lola está tan furioso por que lo hayan matado antes de entregárselo a él que le pega allí mismo tres disparos en la cabeza. La marabunta entonces cae sobre el cadáver. Lo pisotean, le dan patadas, lo acuchillan. A los niños se les invita a clavar sus palos puntiagudos en su cuerpo y al marchar los coches pasan encima suyo. Hay quien incluso le corta alguno de los pocos dedos que le quedan y se los queda de souvenir.

Para acabar la macabra jornada, levantan el cadáver y lo cuelgan en un árbol. Invitan a todo el mundo a que pase y se haga una foto por el módico precio de 50 centavos. Las colas serán largas. Al final llevan el cuerpo, absolutamente mutilado, de Neal a otro árbol a la entrada de Mariannah, y lo dejan colgado allí. La policía lo quitará al poco tiempo, pero una turba de unas 2.000 personas exigirán que siga colgado como recordatorio a todos “los negros” de lo que les puede pasar si no se comportan como es debido. El sheriff se niega y empiezan los disturbios, en que los blancos atacarán a toda la población negra que se encuentre en su camino.

Dick Hinson, un residente de la zona que entonces tenía ocho años recuerda a la perfección aquel caos: “Los negros buscaron refugio en el trabajo de mi padre. Él hizo lo que pudo. Vino una comitiva con caras desencajadas y monstruosas. “Hemos venido a buscar a los negro”, dijo el líder. Mi padre intentó razonar con ellos. “No les haréis daño, los conozco y son buenas personas”. Entonces mi padre sacó por primera vez en su vida el revólver que tenía debajo de su mostrador. “Somos demasiados para un único revolver”, dijo entonces el líder. “Es cierto”, contestó mi padre, “sólo tendré tiempo de matar al primero que pase de esa mesa”. Ninguno estaba dispuesto a arriesgar tanto y se fueron”.

En aquella estampida de violencia 200 personas, la mayoría negras, fueron heridas, incluidos dos policías. Decenas de propiedades de hombres afroamericanos fueron destruidas. El gobernador no tuvo más remedio que intervenir y llamó a la Guardia Nacional. La noticia se hizo pública y se informó en todo el país del cruel relato del linchamiento de Neal. Aún así, nadie fue juzgado nunca por el crimen, ni pasó un día en la cárcel. “Estos lamentables hechos ocurrieron a causa de unas personas desconocidas”, se lee en el documento del caso.

Seis meses después, el padre de Lola fue detenido al intentar matar a un sobrino de su propia familia. Aseguraba que ellos tenían algo que ver con la muerte de su hija. Lo cierto es que su muerte le había dejado muy tocado. “Me parece a mí que no le queda sano mucho cerebro”, le dijo el juez. “Sí su señoría, estoy completamente loco”, contestó el padre.