Berthe Morisot, la pintora que se enamoró de Manet pero se casó con su hermano

La gran artista del impresionismo ya se escapaba de pequeña para verle pintar y llegó a ser su modelo, pero aunque la admiración y la estima eran mutuas, él estaba ya casado

Existen historias de amor que comprometen todas nuestras ideas preconcebidas del término. Una de éstas es la relación que mantuvieron la gran pintora del impresionismo, Berthe Morisot, con el precursor y padrino del movimiento, Éduard Manet. Ella era una niña cuando él comenzaba a labrarse un nombre como pintor, pero ya se consideraba hechizada por su talento. A veces, se escapaba de casa de sus padres y se escondía en las ramas de un árbol sólo para verle pintar en su estudio. La voyeur podía pasarse horas perdidas viendo a aquel hombre pintar. No sabemos si pintó porque quería a Manet o quería a Manet porque pintaba, pero el caso es que este fatuo deseo creó a una de las grandes artistas del siglo XIX y por eso tanto da.

Manet era un hombre singular, “un caballero de elegante fugura”; según Emile Zola, “al mismo tiempo enérgico y gentil”, con unos ojos “de un azul claro como las aguas del Mediterráneo a pleno sol”. Atractivo, decidido, cortés, era el hijo de un eminente juez, educado para ser un caballero del acomodado barrio de Faubourg Saint-Germain. No pudo acabar la carrera de derecho, desencantado de la vida burguesa, y después de fracasar en la marina decidió convertirse en pintor.

Morisot nació también en una familia acomodada. Entre sus descendientes estaba el célebre pintor Fragonard, así que el arte corría por sus venas. Ya desde pequeña tomó clases de pintora con uno de los discípulos de Ingres. Querían que la pequeña regalase un cuadro a su padre para su cumpleaños, pero pronto el maestro vio que aquella niña guardaba dentro de sí un enorme talento. Insistió en que aquella niña tenía que estudiar para convertirse en una pintora profesional, algo por aquel entonces totalmente disparatado. ¿Cómo iba a dedicarse una mujer de bien únicamente a la pintura? Ya era demasiado tarde para convencer a la testaruda Morisot que su vida podía ser de otra manera e inició clases con su hermana con el gran paisajista Corot.

A los 23 años ya exponía en el Salón de París. Luego participaría en 7 de las 8 exposiciones de los maestros impresionistas, incluido la primera por invitación de Degas. En 1868, por sorpresa, conocerá por fin personalmente a Eduard Manet. Otro pintor, Henry Fantin-Latour, enamorado de los cuadros de la pintora y de su belleza penetrante de ojos y cabello muy negro, hace que Manet vaya con él a su casa a conocerla. Pronto ambas familias, los Morisot y Manet, que se mueven por los mismos círculos, se harán íntimos y el pintor y Berthe se verán al menos una vez por semana.

Cuando tenga la suficiente confianza, Manet le preguntará a Morisot si puede posar para él en un cuadro que titulará “El balcón”. Ella acepta entusiasmada. No sólo podrá posar para el que para ella es el mejor pintor del mundo, sino que además podrá verlo trabajar de cerca. La conexión es tan intensa que hasta diciembre de 1874 la pintora posará para seis cuadros importantes de Manet.

La relación es cada vez más estrecha y les gusta a jugar a provocarse. Los flirteos son evidentes y la atracción incuestionable, sin embargo Manet está casado y no quiere ni comprometer a su mujer, ni a esta pequeña fuerza de la naturaleza que le ha robado por completo la razón. “Creo que tiene decididamente un temperamento encantador. Me encanta”, escribe en 1866 Morisot a su hermana Edma.

Y la idea de posar para él no es una decisión sencilla. Su última model, Vitorine Meurent, ha sido humillada y criticada de mil maneras distintas tras mostrarla en cuadros como “Olympia” o “Desayuno en la hierba” y existe el riesgo de que ella corra igual suerte. Morisot, sin embargo, lo tiene claro, su prioridad es aprender del pintor al que ama. “Cuando Manet pintaba a Vitorine, lo hacía como un objeto hermoso. Cuando lo hacía a Berthe, lo hacía con amor y ternura”, dicen las críticas de la época.

A veces la tentación es demasiado grande y la pareja se acerca demasiado, pero el decoro los aparta. Manet quiere que la reputación de Berthe quede intacta y hace todo lo que puede para escapar de una relación que puede ser la ruina para ambos. Además, existe el doble rasero en cómo son tratados como pintores. Mientras Morisot no puede más que realizar pintura de interior con temas domésticos, Manet sí puede pintarla a ella como quiera y empieza a haber un leve resentimiento. Morisot siente que Manet es demasiado protector y paternalista. “Las señoritas Morisot son encantadoras. Es una pena que no sean hombres. Sin embargo como mujeres podrían defender la causa de la pintura casándose cada una con un académico y sembrando así la discordia en el campo de esos anticuados, aunque sería pedirles un sacrificio demasiado grande”, escribe a Fantin-Latour.

Manet, por su parte, siente cierta frustración y desconcierto ante una relación platónica que a veces no entiende. Cuando Morisot le dice que no la trata como mujer, como artista, como persona, sino como un objeto delicado que hay que salvaguardar, él explota y asegura a su amigo, el escritor George Moore. “Mi cuñada no sería nada si yo no existiese”.

Morisot es demasiado orgullosa para aceptar paternalismos. “No creo que exista un hombre que trate a una mujer como su igual, y es lo único que pido, porque sé de sobras mi valor”, dirá, afirmando que su relación con Manet es, simplemente, “imposible”. Estamos en 1870 y aquí aparecerá un nuevo quebradero de cabeza, una nueva modelo y pintora, Eva Gonzalès. Casi como desplante, mientras pinta a Morisot como una femme fatale de la alta burguesía, a Eva la pintará aguantando unos pinceles. ¿Es un insulto, una provocación, una declaración de que su relación ha de terminar? “Manet vino a vernos. Para mi sorpresa y satisfacción, me dijo el cumplido más elevado, al parecer soy decididamente mejor que Eva Gonzalès”, le escribe a su hermana Edma.

La situación llega a su punto más difícil en 1873, cuando Manet presenta en el Salón de París “Le repos”, un cuadro en que Morisot aparece con un vestido blanco sentada en un gran sofá en una pose inverosímil. Será una de las burlas de la temporada, diciendo que parece mareada y que el pequeño pie que se ve no es más que un ridículo y torpe muñón. Y aún así, será el cuadro favorito de ambos, una última declaración de amor y de libertad. “Está claro que Berthe se hubiese casado con Manet si éste no estuviese ya casado”, comenta George Moore en sus memorias.

De esta forma, sin poder aguantar más una situación sin salida, el 22 de diciembre de 1874 Morisot se casará con Eugene Manet, el hermano del pintor. ¿Será el académico que aseguraba Manet que necesitaba la pintora en su carta a Fatin-Latour? En cualquier caso, Eugene Manet no sólo la verá como una igual, sino que la apoyará en su carrera y le ayudará en organizar su pintura así como sus exhibiciones. Su relación será siempre estrecha, con una hija, Julie, que nacerá en 1874. Éduard Manet seguirá teniendo una relación estrecha con la pareja, pero los recelos irán dejando paso a un distante cariño. El pintor morirá en 1883, cerrando así una historia de amor que nunca pudo ser. Lo curioso del caso es que los tres, Eugene, Berthe y Éduard están enterrados juntos en un pequeño panteón en el cementerio de Passy en París. Hay historias que nunca se acaban.