El primer museo en la luna tiene un Andy Warhol y es ¿el garabato de un pene?

Un artista sobornó en 1969 a uno de los ingenieros del Apolo XII para dejar en la superficie lunar una serie de obras de arte,

El ser humano es supersticioso. Y lo es siempre, lo sepa o no, tanto en la Tierra como en la Luna. Los astronautas, por ejemplo, son unas de las personas más supersticiosas que hay. Hace unas semanas, cuando el SpaceX Falcon 9, el primer juguete espacial de Elon Musk, salió de la atmósfera terreste, uno de sus tripulantes, Bob Behnken, llevaba consigo, apretado con fuerza en la mano, un dinosaurio de juguete. El astronauta quería sentir la compañía de sus hijos a partir de uno de sus juguetes en un viaje tan peligroso y largo. ¿La razón tenía algo que ver con esto? No, claro que no, era algo mejor, que antecede en mucho a la razón.

El ser humano fue supersticioso y sentimental antes que lógico y racional porque sin superstición no habríamos aprendido la capacidad de otorgar valor predeterminado a ciertos elementos y a partir de esta arbitrariedad construir verdaderas maravillas. Así, primero fuimos supersticiosos y con esta capacidad empezamos a construir lenguajes, matemáticas, artes, retóricas y finalmente viajes a la luna.

En las diferentes misiones de los distintos Apolo, cada astronauta tenía permiso para llevarse con ellos un objeto que les hiciese sentir tranquilos y más cercanos a casa. La mayoría, claro, fueron fotografías familiares, aunque hubo otros un poco más osados. Buzz Aldrin, como buen cristiano, llevó un pequeño cáliz, con pan y vino, para tomar la comunión en el espacio. El primer líquido que se vertió en la luna fue vino comulgado.

En el Apolo 14, Alan Shepard, cuya única religión era el golf, llevó unos palos y varias pelotas para realizar lo que a buen seguro fue el drive más potente de la historia. Todavía dura. Charles Duke, en el Apolo 16, dejó una carta manuscrita en la que hablaba sobre quién era él y su familia. No duró tanto, la radiación del sol hizo que la carta fuese pronto ilegible.

Aunque la joya de la corona de la pequeña humanidad que se ha traído a la luna es un pequeño museo que contiene lo que parece el garabato de un pene de Andy Warhol. Además, hay piezas en miniatura de gigantes del arte como Robert Rauscenberg, que dibujó una línea recta, David Novros, John Chamberlain, Claes Oldenburg, que pintó una simplificación de MIckey Mouse y Forrest Myers, el artista al que se le ocurrió esta extravagancia.

Myers, un escultor de Nueva York, alma del movimiento artístico del Soho de los 60, era uno de los muchos que vibraron con la idea de que el hombre por fin pudiese pisar la luna. Tanta era su ilusión que no paró de llamar a la Nasa para que le ayudasen a hacer realidad su proyecto, establecer un primer museo de arte en el espacio. Su idea no era que colgasen grandes cuadros en la gravedad lunar, sino una pequeña oblea cerámica que capturase en miniatura las obras y el espíritu de sus artistas y cuyo peso hiciese que permaneciesen en la superficie lunar.

El artista contactó con la Experiments in Art and Technology (E.A.T.), una organización sin ánimo de lucro que intentaba fusionar arte y tecnología a través de la unión de sus creadores, artistas e ingenieros. Uno de sus miembros era Rauscenberg. Mayers contactó con sus miembros e idearon la manera de unir los dibujos que había reunido Myers en las obleas cerámicas. No era más que una pequeña teja con lo que a primera vista parecían simples garabatos, pero eran obras de arte, sin duda. Lo primero y esencial para que un dibujo sea una obra de arte es que alguien lo diga. Myers lo dijo. Eso sí, si Warhol quería dibujar un pene o un cohete es uno de los misterios más grandes de la historia del arte. En realidad, según el MoMA, lo que hizo fue juntar sus iniciales en una extraña forma..

El plan de Myers no hubiese ido a buen puerto si no fuese por un ingeniero del módulo lunar del Apolo XII que a cambio de una compensación se ofreció a colocar la cerámica en una de las patas del módulo lunar y dejarlo caer en la superficie cuando ésta aterrizase. EL proyecto se realizó en el más estricto secreto. No fue hasta dos semanas después de que el Apolo XII saliese de la tierra, cuando ya volvía a casa, que el “The New York Times” hizo público la historia. La luna tenía su museo,

La Nasa nunca quiso hacer demasiado caso a la noticia, pero se sabe que se realizaron 16 copias cerámicas de estas piezas y que una acabó en la luna, otra en el MoMA de Nueva York, y el resto se los repartieron los artistas y técnicos que lo hicieron posible. Ahora bien quien quiera verlo en su emplazamiento lunar tendrá que caer en el mismo lugar que aterrizó el módulo lunar o le será francamente encontrarlo.