La plantación fantasmal donde una esclava envenenó a sus crueles señores

La hacienda Myrtles, en Lousiana, colecciona historias espectrales, como la del abogado que murió en la escalera 17 de la mansión después de que una figura misteriosa le disparase en el estómago

La venganza es un plato que se sirve frío, dicen, pero lo que no añaden es el terrible precio que hay que pagar después. Chloe, una joven esclava de 17 años, consiguió liberar todos sus odios, iras y frustraciones contra la familia que la tenía esclavizada, pero al hacerlo quedó encerrada para siempre en el único sitio del que quería huir. Quien pasee hoy por la hacienda Myyrtles, una gran mansión de estilo colonial en el estado de Lousiana, quizá pueda verla, Muchos otros lo han hecho antes, lo que confirma que toda casa encantada lo es simplemente por ser el escenario de un largo confinamiento forzoso. Igual que la mansión que encerró a Drácula o la prisión que encerró a Al Capone, Chloe vivía en una plantación forzada por su condición de esclava. Su tragedia es que nació allí, murió allí y, según dicen, todavía continúa, encerrada para siempre, condenada a vengarse eternamente de sus señores.

Quien no sepa la historia de la pobre Chloe, sigue el mismo patrón que muchos esclavos que intentaron rebelarse ante la injusticia de su situación y las crueldades que sufrió . Su historia es paralela a la que sufrió el personaje de Lupita Nyong’o en “Doce años de esclavitud”. Había nacido esclava, no conocía un mundo mejor, pero sabía perfectamente reconocer la dignidad y la compasión, y allí nadie parecía saber lo que significaban estas palabras. Decían que su amo, el señor Clarke Woodruff, el juez del condado, era un hombre bueno y justo, pero la realidad era diferente. Tenía un depravada obsesión sexual por las mujeres jóvenes y forzó a Chloe a tener relaciones íntimas. Ella tenía miedo, sabía que si le rechazaba, su vida corría mucho riesgo, pero que si aceptaba, entonces sufriría lo indecible si su señora se enteraba. No tuvo más remedio que ceder a la voluntad de aquel hombre y vivir con miedo.

Su obsesión por que la familia no conociese la verdad de lo que estaba sucediendo entre esas cuatro paredes la llevó a espiar las conversaciones de los señores, con la esperanza que ella nunca fuese el tema de conversación. Sin embargo, un día la mujer de Woodruff la pilló intentando escuchar lo que decían tras una puerta semicerrada y obligó al marido a castigarla. El juez decidió que el castigo justo sería rebanarle la oreja, obligándola a llevar a partir de entonces un turbante para ocultar su deformidad.

El odio de Chloe por esa familia era ahora enorme. El juez todavía venía algunas noches a su cuarto, asegurándose que siempre llevase el turbante. Una noche en que Woodruff estaba de viaje, decidió envenenar a la familia con el pastel de cumpleaños de la pequeña Cornelia, la menor de los tres hijos del matrimonio. Su intención es que todos enfermaran y ella se quedase al cargo, demostrando el valor que tenía para la familia. Sin embargo, no sabía cuánta cantidad era letal y tres de ellos, la madre y dos hijos, murieron pocos días después.

Fueron los propios esclavos de la plantación quienes, al saber lo que había hecho Chloe y temer el castigo que podría sufrir ella, la cogieron y la colgaron en un árbol. Si la hubiese cogido Woodruff, su castigo hubiese sido mucho peor, pensaron. Sin embargo, la realidad era que la familia había muerto por un brote de fiebre amarilla. El veneno no tenía nada que ver o al menos sólo empeoró su estado. Woodruff se quedó sin su familia y sin su amante y vendió la plantación, muriendo solo en Nueva Orleans en 1851.

Chloe todavía ronda por la mansión y espía que nadie hable de ella. La ironía de esta historia es que la plantación es ahora un hotel dedicado a su figura y a otros fantasmas que la sobrevuelan. Chloe sigue encerrada en esa casa porque todo el mundo habla de ella allí. Chloe tiene que escucharlo, no sea que alguien hable de que tuvo que aceptar que el juez abusase de ella.

A partir de la figura de Chloe, la única que cumple con la idea de casa encantada provocada por un largo confinamiento forzoso, se intentó engrandar la leyenda de la casa para hacerla más atractiva para los turistas. Su primer propietario, el General David Bradford, fue uno de los líderes de la llamada Rebelión del Whiskey, levantamiento popular por el impuesto que se puso a esta bebida alcohólica y que obligó a George Washington, un gran esclavista, a intervenir con el ejército.

Bradford huyó y se refugió en Lousiana, por aquel entonces en manos de los españoles, en un terreno de 650 acres donde construyó la hacienda. Aseguran que lo hizo sobre un cementerio indio y que a veces se puede ver la presencia fantasmal de una chica de 19 años. En realidad, no deja de ser otra de las esclavas que Woodruff abusó, pero nadie quiere reconocerlo. Andrew Jackson, el séptimo presidente de los Estados Unidos perdonó a Bradford, lo que le permitió reunir a su familia en Myrtles. Su hija Sarah sería la que se casaría con el despreciable Clarke Woodruff.

Muchos años después, un abogado, William Winter, como si de un misterioso personaje de Edgar Allan Poe se tratara, recibió un disparo en el abdomen de un hombre que, gritando que tenía asuntos personales que tratar, le estaba llamando desde el jardín. Sin apenas tiempo de reaccionar, Winter cayó al suelo con el rostro desencajado e intentó volver dentro de Myrtles, suponemos para buscar protección dentro del hogar. Empezó a subir las escaleras arrastrándose con las manos dejando tras de sí un reguero de sangre. En el peldaño 17 murió. Nunca se supo quién disparó aquel tiro, ni por qué Winter subió desesperado las escaleras. Lo que sí sabemos es que consiguió su propósito, quedar encerrado para siempre en Myrtles. Temeroso de su suerte, no sale nunca. Quien visita la plantación, aseguran que a veces se puede oír a alguien que se arrastra por las escaleras. ¿Será Winter? Podría ser porque, como vemos, él sí tiene motivos para confinarse en aquella cruel plantación.