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Mary Cassatt: “¡Ninguna mujer tiene derecho a dibujar tan bien!”

La pintora y Edgar Degas eran almas gemelas hasta que la artista estadounidense se cansó de la condescendencia continua de su amigo y buscó ser todavía mejor que el maestro

A la izquierda, un autorretrato de Mary Cassatt y a su lado el retrato que le hizo Degas
A la izquierda, un autorretrato de Mary Cassatt y a su lado el retrato que le hizo Degas FOTO: La Razón Archivo

No fueron amantes. El amor tiene múltiples manifestaciones y lo que veían Mary Cassatt y Edgar Degas en cada uno era su imagen reflejada al otro lado del espejo. Edgar Degas hubiese sido Mary Cassatt si hubiese sido mujer y Cassatt hubiese sido Degas si ésta hubiese sido hombre. Como Berthe Morisot con su adorado Manet, su relación iba más allá de la enfatuación. Se conocieron en 1877 y se hicieron inseparables, pero él, como hombre, como figura pública, como introductor de la pintora al círculo impresionista, siempre sintió cierta superioridad hacia ella que molestaba a la pintora. “¡Ha intentado dar diez pinceladas a mi cuadro!”, se quejaría un día que el pintor de bailarinas visitaría su estudio.

La primera vez que Degas, un hombre de firmes convicciones conservadores, un marcado antisemitismo, y un ingenio que a veces era cruel e irascible, fue a través de un cuadro. No era la mejor de las personas, pero sabía reconocer el talento, que es básicamente todo lo que le importaba. Cuando vio en el Salón de París el cuadro de una mujer con un vestido azul, de pronto se sintió conmovido. “Aquí hay alguien que siente como yo lo hago”, dijo.

La sorpresa vino cuando supo que la responsable era una tal Mary Cassatt, una americana que había huido de su país porque allí a las mujeres no se las permitía realizar pinturas con modelos desnudos. “¡Ninguna mujer tiene derecho a dibujar tan bien”, aseguran que dijo. Éste era Degas, había proyectado todo su corazón, su sensibilidad, su talento a su obra y, como si de una inversión del retrato de Dorian Grey se tratara, a él sólo le quedó el malhumor, la indignación y la impaciencia.

Y allí tenía una mujer que sentía como él, que era como él, que también había volcado todo lo que nos hace humanos y sensibles en su obra, olvidando por completo lo poco que le quedaba después al artista. Por supuesto, Degas no iba a correr a conocer a una doble femenina, era demasiado para el orgullo de una persona tan individualista y egocéntrica, “el gran avaro”, como le llamaba George Moore, pero sí que siguió su carrera con interés.

En 1877 por fin se conocieron gracias al artista y grabador Joseph Gabriel-Tourny. La madre de Degas era estadounidense y dos de sus hermanas se habían casado con norteamericanos y vivían allí. Así empezó su vínculo, Mary que los aborrecía y Degas que le divertían. Incluso hablaron de realizar un pequeño tour por Estados Unidos para contrastar sus visiones.

A partir de aquí Degas la invitó a unirse al grupo de los impresionistas. Tenían sus estudios uno al lado del otro, apenas a cinco minutos a pie, y las visitas eran constantes. Degas le daba consejos y le ayudaba a conseguir modelos. La niña de su célebre cuadro “Niña pequeña en un sillón azul” era la hija de un buen amigo de Degas. El pintor estaba entusiasmado con el cuadro, tanto, que no podía evitar marcar ciertas pinceladas cada vez que lo veía.

Al principio Cassatt estaba abrumada y feliz que un pintor como Degas, que ella creía que era el más grande del mundo, se interesase por su trabajo, pero tanta intromisión acabó por cansarla hasta el día que le pidió que se marchara. Oía sus consejos, pero no le hacía caso, puesto que Cassatt no necesitaba hombre alguno que le dijese cómo pintar lo que ella quería. Degas respetaba esta independencia y siguieron colaborando, aunque a veces sus carácteres chocasen.

Cuando la hermana de Cassatt se instaló en París, ambas iban muchas veces al Louvre y Degas solía bromear con cualquiera que quisiera escucharle que no eran más que dos turistas americanas perdidas en el folleto del museo, incluso llegó a dibujar a las hermanas. El humor de Degas a veces podía sacarte de tus casillas, pero Mary optó por mantener la calma y mandarlo, simplemente, al diablo.

A partir de aquí empezó un ligero distanciamiento, sobre todo por un proyecto fallido, la creación de una revista artística aprovechando la imprenta que había adquirido Degas. A pesar de los esfuerzos de Mary, que había realizado hasta una serie de 50 estampas, la poca garantía de poder sufragar los gastos de la publicación hizo que Degas se retirara del proyecto y éste muriese al instante. A personas como Cassett o Degas, robarles del relato que han creado ellos mismos de lo que va a ser su vida es cómo coger uno de sus cuadros y rasgarlo por la mitad.

Y entonces apareció en 1894 el caso Dreyfus y la vida empezó a separarlos de manera definitiva. El antisemitismo de Degas era muy conocido. Llegó incluso a cortar cualquier relación con amigos judíos y apoyó de manera activa la causa anti Dreyfus. Cassatt, por su parte, había pintado cuadros de encargos de la coleccionista Moyse Dreyfus, pariente del acusado del caso.

En ese momento, Cassatt tomó el control absoluto de su carrera, su vida y su obra y empezó a trabajar no sólo su proyecto artístico, sino su reputación. Quemó la mayoría de su correspondencia privada, no alternó mucho con otros pintores, y desde luego no dejaba que nadie pensara que era “la amante de Degas”. Lo que no hay duda es que se conocieron para amarse un poco más a sí mismos. Degas siguió siendo el delicado pintor del movimiento y el cuerpo, y Cassatt esa maravillosa dibujante de la ternura de las formas. ¿Cómo es posible que dos artistas de sensibilidad tan exquisita fueran después toscos, fríos y arrogantes? Los artistas siempre pintan todo aquello de lo que carecen, está claro.

Su relación ha creado hasta una obra de teatro, de Christopher Ward, “The independents” y una novela en que se fantasea con una historia de amor, “I’ve always loved you”, de Robin Oliveira. Incluso han sido muchas las exposiciones que han conjuntado su trabajo, la primera en 1915. Al saberlo, Mary rompió a llorar. Era irónico que el gran Degas, el antisemita, el orgulloso, el independiente, el conservador, seguro de su superioridad artística y moral, viera al final de su vida cómo se juntaba su obra con la de una mujer. “Cuídale, quieres”, le dijo Cassatt a la sobrina de Degas cuando éste cayó enfermo. Murió en 1917 y Cassatt siempre lamentó que fueran demasiado iguales para haber podido vivido juntos. Su arte, sin embargo, siempre será mejor junto que por separado.